José Manuel BelmonteSamira Ouf

José Manuel Belmonte, escultor

«Nunca he necesitado un psicólogo porque el arte ha sido mi mejor terapia»

Se ha inaugurado esta semana en Córdoba la retrospectiva 'Forma y fondo', una exposición que viene de triunfar en Madrid y que recoge más de 40 años de la obra de este escultor

La voz de José Manuel Belmonte (Córdoba, 1964) es una escultura sonora. Profunda, viril, con callo. Dicen que la cara es el espejo del alma pero la voz refleja mucho más de una personalidad que el color de los ojos o el perfil luminoso de un rostro. Belmonte es un creador de voz recia y por tanto sin imposturas, lo cual ha provocado ciertas miradas de admiración oblicua en un mundo de artistas de tono aflautado y sin musas que llevarse a la galería, la plaza urbana o el edificio gubernamental, salvo las convenientemente subvencionadas por los que no entienden de arte pero sí de política.

Este escultor es ante todo un hombre sin ataduras que va por libre como un verso suelto y figurativo en un mundo, el del arte contemporáneo, que produce dolor de cabeza. Las esculturas de Belmonte no son, de todas maneras, un analgésico: apelan a sentimientos mayores y humanos, invitan a cuestionarse, transmiten belleza y una serenidad no exenta de crítica.

Ahora regresa a Córdoba, de la que realmente nunca se ha ido, con una retrospectiva que ha triunfado en Madrid. El éxito en la capital es como un diploma necesario, pero Belmonte solo le da la importancia que tiene el cariño recibido. Ahora parte de sus obras, seleccionadas personalmente por él, están en el Teatro Cómico de una ciudad que también, en sus calles y plazas, acoge esculturas ya inmortales de un artista enorme, de voz marmórea y mirada limpia.

José Manuel BelmonteSamira Ouf

- ¿En esta plaza se torea mejor que en Madrid?

- Es más cómoda y más cercana y, además, estamos hablando de mi tierra, donde me he formado, donde me he criado. Son las calles que he transitado y con la gente que me quiere. La verdad es que me siento mucho más cómodo que en Madrid. Aunque Madrid me sorprendió muchísimo y me sentí muy arropado y querido. Madrid se volcó y fueron muchos sentimientos y muchas emociones las que viví allí. Vi a gente llorando también con muchas de mis obras, y es algo que me conmovió porque es a lo que aspira cualquier artista: que su obra trascienda y le provoque al espectador algún tipo de sentimiento o emoción.

- ¿Y con qué ojos ve el artista sus primeros trabajos?

- La verdad es que me sorprendo. Hay trabajos de cuando me estaba formando en la Escuela de Artes y Oficios que ya dejaban entrever a ese escultor que se iba a dedicar vocacionalmente a esto. Veo a ese joven al que se le daba muy bien el dibujo, porque hay que recordar que modelar es dibujar en tres dimensiones, y he visto retratos de aquella época que no desdicen nada de los que pueda hacer ahora.

- ¿Qué emociones provoca ver en perspectiva cada etapa cubierta durante 40 años?

- Me da muchísimo vértigo ver cómo no he desperdiciado ni un minuto de mi vida. El trabajo ha sido una constante. Cuando vienen muchos chavales de la Escuela de Artes y Oficios y me preguntan cuál es la clave para llegar, siempre digo lo mismo: trabajo, trabajo y trabajo. Quizás también es algo que me inculcó mi padre, que era fontanero; en mi familia todo se ha conseguido a base de esfuerzo. Ver cada una de mis obras me retrotrae a la etapa en la que las hice, a lo que pensaba y sentía en aquel momento, a la anécdota que hay detrás de cada escultura: lo que me costó sacarle el molde a una o modelar otra. Pero estoy contento, porque el arte me ha llevado a sitios impensables cuando comenzaba en este apasionante mundo y me ha permitido conocer a grandísimas personas, como Antonio López, al emperador de Japón, o la reina Fabiola. Gracias al arte he conseguido enriquecerme como escultor a través de todas estas personas.

José Manuel BelmonteSamira Ouf

- ¿El éxito es peligroso?

- Mal llevado, sí. Cuando estaba en la Escuela de Artes y Oficios, un profesor me dio un grandísimo consejo que he intentado llevar a cabo toda mi vida: «Nunca te lo creas». En el momento en que un artista se lo cree, acaba como artista y normalmente empieza a copiarse a sí mismo. Yo eso no me lo he permitido nunca; mi inquietud y mi evolución son constantes y me voy poniendo metas continuamente. Creérmelo no me creo nada, porque hoy día hay un plantel de jóvenes artistas impresionante, sobre todo en el mundo del arte figurativo, digno de admirar y de los que sigo aprendiendo. Es una cuestión de humildad. El ego hay que tenerlo en el taller. Cuando entro siempre digo: «Aquí va el mejor escultor del mundo», porque si no me lo creo yo, ¿quién se lo va a creer? Pero cuando cierro las puertas del taller, el ego se queda allí encerrado e intento ser la persona más normal del mundo.

- ¿Un medio de vino en La Fuenseca o unos espetos en El Tintero?

- Unos espetos en El Tintero acompañados de un medio de La Fuenseca.

- ¿Qué ausencias aparecen en una retrospectiva?

- Las de toda la gente que me ha acompañado en este camino, de quienes me han aportado desde profesores hasta familiares y amigos que ya no están conmigo. Muchos de ellos incluso están reflejados en mis esculturas. Eso me sobrecoge, porque todos somos consecuencia de la gente que nos ha apoyado en nuestra vida. En realidad, esta exposición también es un homenaje a todos los que, en los momentos complicados, siempre han estado ahí.

- ¿El plagio es un homenaje o un robo?

- Yo pienso que es un robo, y triste, porque lo único que denota es la poca creatividad de algunos artistas. ¿Qué sentido tiene copiar la obra de otro? O como los grafiteros que pintan sobre la escultura pública: quieren hacer una obra vandalizando otra, y lo veo totalmente aberrante. Coge un lienzo en blanco, el spray y desarróllate como artista. En el caso de los plagiadores de la escultura, hay que estrujarse mucho el cerebro para hacer algo nuevo. Interpretar o copiar algo que ya está hecho no aporta nada a la sociedad.

José Manuel Belmonte, durante la entrevistaSamira Ouf

- ¿Se ve haciendo otra cosa que no sea escultura?

- No, hoy día ya no. Tengo 62 años; vamos a suponer que me quedan otros diez de actividad máxima y, a esta altura, no podría hacer otra cosa. Además, soy muy exigente: cualquier cosa que hiciera la abordaría con la misma exigencia que aplico a la escultura. Lo poco que me queda se lo voy a seguir dedicando a esa novia tan exigente y tan celosa que es el arte.

- ¿Córdoba está siempre presente en su obra o le estoy preguntando un topicazo?

- Sí. Me considero cordobés, pero sobre todo ciudadano del mundo. Córdoba es la ciudad ideal para cualquier artista: el clima, la luz, la arquitectura, la historia… Todo eso me ha forjado y hay una influencia intrínseca de nuestro pasado en cada uno de nosotros. Pero mi visión no se queda en Córdoba; últimamente intento que mi trabajo esté cada vez más fuera, porque es una ciudad que se amortiza muy rápidamente.

José Manuel BelmonteSamira Ouf

- ¿Hay una constante que se mantiene en su obra durante estos 40 años o cada propuesta tiene su propia personalidad?

- Hay una constante, aparte del oficio y la técnica. Siempre digo que la herramienta de un pintor no son los pinceles ni los óleos, ni la de un escritor la pluma y el papel, ni la de un escultor el barro y el palillo de modelar; es la sensibilidad. Siempre he intentado escudriñar en mi interior y sacar esos sentimientos más profundos para plasmarlos en cada obra, que se vea parte de mí. Es una forma de extrapolarme a través de mi obra; en realidad me estoy desnudando psicológicamente en cada una de ellas.

José Manuel Belmonte, visto por Samira Ouf

Nunca he necesitado un psicólogo porque el arte ha sido mi mejor terapia. Al revés: cuando no trabajo me siento fatal, incluso con ansiedad por no estar en contacto con la materia. Intento darle a cada obra una carga emocional, un discurso, un relato; que no sea solo estética o decorativa, sino que transmita sentimientos, que abra una puerta a la imaginación del espectador, que haga reflexionar y formularse preguntas. Quizá así también se consiga ver el mundo de otra manera.

- Si se la encargaran, ¿qué escultura le haría a las víctimas del tren de Adamuz?

- Eso habría que pensarlo muy bien, porque sería una obra muy genérica que tendría que recoger el sentimiento de las víctimas, de los familiares, del pueblo de Adamuz y de lo que ha significado para una ciudad como Córdoba. No deja de ser un sentimiento abstracto que habría que materializar en una obra, pero habría que reflexionarlo mucho para que todo el mundo se sintiera identificado.