Teo Fernández
Érase una vez RomaTeo Fernández

El Esquilino y Georgia

«Como las otras basílicas y tantas iglesias antiguas de Roma que hunden sus raíces en los albores del cristianismo, es un puzzle de la historia donde cada época ha ido colocando su pieza, conformando un conjunto que sería el monumento principal en cualquier otro lugar del mundo».

Obelisco Esquilino

Obelisco EsquilinoWeb Turismo Roma

Si en la Antigüedad todos los caminos llevaban a Roma, ahora es concretamente Termini, la estación central, el nudo de comunicaciones. Y yo llegué allí antes de almorzar. Como había quedado con Giorgia a las cinco de la tarde, mi intención era dejar mi (descomunal) equipaje en consigna y dar un paseo por la zona.

Al bajarme del Leonardo Express que me traía del aeropuerto de Fiumicino, vi diversos carteles que indicaban la salita, y, dando por hecho que sería la «salida», los seguí. Aún no tenía ni idea de italiano, y desconocía que «salida» se dice uscita (ya que uscire significa «salir»). Mientras que salire es nuestro «subir». Por lo que salita implica... «subida». Así que subí y subí... y poco más salgo... pero por el tejado.

Finalmente conseguí salir de Termini (a ras de suelo) y, tras comer algo, mi primer destino fue Santa María la Mayor, que, como señalé en el primer artículo, conocía por mi viaje de fin de curso de apenas treinta meses antes.

Esta basílica fue mandada levantar por Sixto III en el 432, teniendo su fundamento en el dogma de María Theotokos (vinculado a su maternidad divina), decretado en el concilio de Éfeso del año anterior. Por eso su nombre. Sin embargo, una tradición afirma que la intervención de Sixto III se limitaría a una reforma o nueva dedicación, remontándose el origen del edificio a mediados de la centuria precedente.

En base a dicho relato, el papa Liberio y un patricio habrían tenido un sueño, según el cual, debían edificar un templo a la Virgen en el lugar que vieran nevado al día siguiente, nada menos que... ¡5 de agosto! Fue el Cispius, una de las principales cimas de la colina del Esquilino. De ahí que también se le conozca como Santa María de las Nieves o Basílica Liberiana. A pesar de que el asunto no ha sido corroborado por la arqueología, todos los 5 de agosto se sigue celebrando el climatológico milagro.

El propio Sixto III llevó a cabo en ella el oratorio de la Santa Gruta, imitando a la de la Natividad de Belén, donde se ubicarían las reliquias del pesebre de Jesús que hoy se encuentran en una capilla bajo el altar mayor; por esto también se conoce a la basílica como Santa María ad Praesepem. La teoría más aceptada, por cierto, considera que las trajo mi tocayo el papa Teodoro I, hijo del obispo de Jerusalén. Y, a decir verdad... yo ya no sé cuántos nombres tiene este sitio.

Plaza de San Pedro del Vaticano, en Roma

Plaza de Santa María La Mayor, en RomaGiovanni Paolo Pannini (S.XVIII)

A esa dimensión mariana también apuntan elementos como su antiquísimo Belén o el icono Salus Populi Romani. Y, como guinda, la posibilidad de que se erija sobre los restos de un templo dedicado a Cibeles, la «Magna Mater» diosa de la fertilidad. Además, me resulta inevitable referir, por motivos obvios, la vinculación histórica de Santa María la Mayor con España. Concretamente, con nuestra Casa Real. Como muestra más visible, en el pórtico de entrada hay una estatua de Felipe IV.

No me extenderé sobre más cuestiones del edificio, pues, como las otras basílicas y tantas iglesias antiguas de Roma que hunden sus raíces en los albores del cristianismo, es un puzzle de la historia donde cada época ha ido colocando su pieza, conformando un conjunto que sería el monumento principal en cualquier otro lugar del mundo. Y el efecto total de la urbe es un rompecabezas infinito de los siglos donde cada barrio es una ciudad que tardaríamos semanas en ver.

Aunque ahora comparte protagonismo con Piazza Vittorio Emanuele II, Santa María la Mayor ha sido desde hace casi dos milenios el referente del Esquilino, en especial desde que Gregorio XIII y Sixto V, en el último cuarto del siglo XVI, pretendieron reorganizar urbanísticamente Roma articulándola en torno a las grandes basílicas. De ahí el obelisco tras el ábside, uno de los rescatados por Sixto V y empleados como puntos focales. Aparecido unos años antes, provenía del mausoleo del emperador Augusto, y tenía la singularidad de no haber sido traído de Egipto, sino realizado de manera expresa para dicho panteón.

Un par de décadas después, haciendo equilibrio con él, Pablo V Borghese mandó colocar ante la fachada una columna también de origen romano (concretamente, la única que quedaba de la basílica de Majencio), que se remató con una escultura de la Virgen María.

El Esquilino en general siempre tuvo un carácter periférico, que sería la causa de su nombre (viene de ex colere) y de que una importante extensión del mismo quedase fuera de las primeras murallas de Roma. Siempre marcado por ese carácter excéntrico, parte de él tuvo un uso funerario, pero luego surgieron villas, como las del poeta Virgilio o el famoso Mecenas. Y el mismo factor facilitó que allí nacieran muchos espacios vinculados al más antiguo culto cristiano, los llamados tituli.

Cuando Sixto V llevó a cabo la reforma urbanística antes señalada, uniendo las principales siete basílicas, el nivel del barrio subió y de nuevo destacó por sus villas, como la de ese mismo papa o la del Marqués de Palombara, que traté en el artículo anterior. Luego, Pío IX y la capitalidad de Italia cambiaron por completo la densidad y la imagen de la zona. Actualmente, al menos en lo que al entorno de Piazza Vittorio Emanuele II se refiere, me remito al libro Le splendide città d'Italia, de 1979, que dice que se trata de un «peligroso barrio que es mejor, por la noche, tenere alla larga». O sea, del que mejor mantenerse lejos.

Aquel paseo por el Esquilino, por esta colina a veces olvidada pero llena de historia, arte y leyendas, fue el primero de los centenares que he dado a solas por Roma. Empecé, además de a vislumbrar esos claroscuros, a descubrir una ciudad flamante por las restauraciones que se habían llevado a cabo de cara al Jubileo del año anterior, cuyos andamios la afeaban en mi viaje fin de curso de 1999. Una ciudad también tematizada, por decirlo de alguna forma, con el escudo y los colores de la Roma (el equipo de futbol), que poco antes había ganado el Scudetto (nuestra Liga). Y en él vi otras cosas además de Santa María la Mayor. Algunas os las detallaré en el próximo artículo, pero tengo (tuve) que irme. Porque, como empecé diciendo, había quedado en Termini con Giorgia.

Giorgia y Teo en la playa de Soverato (Semana Santa de 2002)

Giorgia y Teo en la playa de Soverato (Semana Santa de 2002)

No nos conocíamos en persona. Contacté con ella en la distancia gracias a un amigo común, Antonio, que vivía en Granada, donde Giorgia había estado el curso anterior disfrutando de una beca Erasmus (como yo entonces estaba en Roma).

Giorgia estudió en la capital pero es de Soverato, una localidad costera de la sureña Calabria. Con su español entonces fluido, una sonrisa de oreja a oreja y la extrema hospitalidad mediterránea de rigor, me alojó en su piso de estudiantes de vía Nocera Umbra durante lo que iban a ser un par de días, hasta que encontrase alojamiento definitivo. Los dos días se convirtieron en nueve, incluyendo el famoso 11 de septiembre del atentado de las Torres Gemelas... y de un partido de fútbol que os contaré en otro momento.

Han pasado veinticinco años y la vida ha cambiado mucho, como es normal. Especialmente, la suya: Giorgia ahora tiene cuatro hijas (le digo, en broma, que es una expendedora de niñas) y se ha convertido en un rostro conocido en todo el país, pues trabaja como presentadora de noticias y otros programas de actualidad en Rai 3 (mi querido lector puede googlear a Giorgia Rombolà). Pero ni esos cambios ni la distancia han afectado a la amistad que comenzó aquel 4 de septiembre de 2001 en el Esquilino (o a pocos metros del mismo) y que ha trascendido etapas vitales. Lo poco que no ha cambiado es que ha vivido siempre por el mismo barrio... y que aún suele ser mi anfitriona en Roma.

Giorgia Rombolà

Giorgia RombolàUsuario Teodoro Fernández

Por ejemplo, la primera vez que volví allí tras mi Erasmus, ella trabajaba en la librería Feltrinelli que hay (precisamente) junto a Termini, y también entonces me alojé en su apartamento de alquiler, que era otro diferente. Saltando en el tiempo, la última, en su piso ya en propiedad, dormí en el sofá-cama del salón, destinado a los invitados (habitualmente, la madre de Giorgia). La segunda de sus hijas, Allegra, se me acercó por la mañana, yo aún acostado y ella todavía en pijama, y un poco indignada pero con el tono cantarín de los niños italianos, me reprochó dulcemente: «dormi nel letto della nonna» (duermes en la cama de la abuela).

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