Hospital de San Juan de Dios en Córdoba

Hospital de San Juan de Dios en Córdoba

El portalón de San Lorenzo

El inexorable paso del tiempo en el Hospital de San Juan de Dios en Córdoba

«Un día se presentó un fotógrafo llamado Peláez que nos dio una sesión de ventriloquia además de juegos de mano y magia para distraernos»

Recientemente he tenido que estar varios días en el Hospital de San Juan de Dios acompañando a un familiar. Hacía muchísimos años que no me pasaba por allí y me he llevado una gran sorpresa comprobando cómo se ha transformado en un moderno y eficaz centro hospitalario.

Aquellos médicos que colaboraban, como los doctores Francisco Calzadilla León, Emilio Luque Morata, Antonio Manzanares y Bonilla, Germán Saldaña Sicilia, Antonio Carreto G.-Meneses, Juan de Dios Jiménez Fernández, José Navarro Martín, José Casana Diéguez y Rafael Pesquero Muñoz, han sido sustituidos por médicos que traen como bagaje actualizado todos los adelantos en pruebas de diagnósticos y adelantos en la cirugía. Por otra parte, mientras en aquellos tiempos la mayoría de las operaciones quirúrgicas se encuadraban en la especialidad de traumatología infantil, hoy en día los quirófanos están abiertos a todo tipo de especialidades y patologías.

En medio de tanto pasillo brillante con losetas de chino rojo y numerosas dependencias clínicas eché en falta, nada más entrar, la imagen de la Virgen de Lourdes que, con su gruta y junto a un estanque de aves acuáticas, daba un sello característico al patio en aquellos años de mediados del siglo XX. Estuve allí en 1954 de niño para una intervención en el brazo y recuerdo perfectamente la imagen de esa Virgen. Como el estanque estaba muy cerca de la terraza de los pequeños muchos echaban el pan sobrante a los patos a pesar de las quejas de los hermanos José y Bernabé. Luego, en los 80, fui varias veces a San Juan de Dios en Navidad para admirar su singular Nacimiento, y creo recordar que allí seguía estando.

Otra sorpresa ha sido comprobar cómo parte de la ampliación del edificio original se ha realizado a base de quitar espacio de la iglesia, aquella que conocí donde el cura vasco don Víctor Royuela, que vino a Córdoba de la mano de Fray Albino, junto al padre Zaldúa y Fray Carlos Romero OP, hacía las veces de capellán. Hay que decir que don Víctor Royuela también se dejaría caer por la ermita de San Juan de Letrán en donde se ocupaba de formar a jóvenes desocupados, a la vez que los implicaba en la fabricación de escobas con el ánimo de que se sintieran de alguna forma útiles a la sociedad.

Y siguiendo hablando sobre la iglesia tenemos que decir que, se han suprimido las galerías superiores a ambos lados que servían para alojar las camas, las de los pequeños a la derecha, y las de los mayores a la izquierda, desde las cuales los niños podían asistir encamados a la misa. Voluntarios desinteresados ayudaban a empujar esas camas. Siempre recordaré el trasiego de las salas de convalecencia a la iglesia al poco de despertarnos, y luego en sentido contrario. Unas pequeñas palanganas blancas con agua servían en ese momento para la primera higiene. Junto a los hermanos de San Juan de Dios, había una serie de civiles repartidos entre las dos salas y en labores propias de la cocina como: Marcelino, Sánchez, Pepe, Miguel, Rodrigo o Ángel a los que considerábamos como nuestros ángeles de la guarda.

Aparte de las palanganas, los jueves era el día del baño semanal, en un cuarto de baño amplio y adaptado para los que no se podían mover. A los niños que tenían la mayoría del cuerpo cubierto con escayola los hermanos de San Juan de Dios y los voluntarios les ayudaban a asearse por completo. Luego, el desayuno, que normalmente consistía en una taza de café con leche y un pequeño bollo de pan con manteca. En determinadas festividades o celebraciones, de forma excepcional, aparecían los churros e incluso otro tipo de dulces.

Comprendemos la necesidad de adaptar las antiguas instalaciones a lo que la modernidad hospitalaria requiere hoy día, pero aquel antiguo San Juan de Dios permanece en mi memoria como el recuerdo de un pasaje feliz aunque pueda parecer extraño. Y lo echo en falta.

El cuadro del hermano Gerardo

Accediendo por la entrada principal del hospital recordé que allí estaba, en aquellos lejanos años, Baldomero, ese portero de nariz larga y frases alegres, que sin ser médico utilizaba su bata blanca. Era quien atendía a todo familiar que llegase a la puerta del Hogar y Clínica de San Rafael, como se llamaba oficialmente el hospital. Pasada la entrada, a mano derecha, he subido estos días por la elegante y antigua escalera. Y allí, entre tantas cosas que ya no están, aún permanece el cuadro del hermano Gerardo, en un descansillo poco antes de llegar a la segunda planta, lugar en donde en su día estaban las salas (a izquierda y derecha) y la terraza que en aquellos tiempos alojaban a los chicos hospitalizados.

Seguramente muchos de los que se pasan diariamente por San Juan de Dios y hayan visto este cuadro, tanto personal sanitario como enfermos y familiares, desconocerán que no representa una imagen idealizada por un pintor, sino que refleja una situación y unos personajes reales y concretos. Pintado en febrero de 1954, muestra a un hermano de esos años, el hermano Gerardo, junto a una serie de niños pequeños que conocí durante mi convalecencia ese mismo año. El Yepes, entonces de ocho años, es el que aparece en la cama, operado de un tumor de cadera. Manolo, de seis, es el pequeño que sostiene cariñosamente el hermano Gerardo en brazos, operado de poliomielitis en ambas piernas. El Campanillas, también de ocho años, que entró en el Hogar y Clínica de San Rafael prácticamente paralítico con apenas movilidad en el cuello y manos, está pintado con muletas, ya con cierta movilidad. Y dejo para el final al mayor del grupo, a Esteban, de nueve años, de Ciudad Real, que como se puede apreciar tenía los pies zopos (o zambos) metidos hacia dentro.

Cuadro con el hermano Gerardo y los niños pintado en febrero de 1954

Cuadro con el hermano Gerardo y los niños pintado en febrero de 1954M. Estévez

Nunca olvidaré cuando unos años después, en 1959, estando ya en la Universidad Laboral, al salir de la clase de tecnología que se daba en el aula de talleres me encontré por sorpresa con Esteban, que estaba allí en su banco del taller de ajuste dale que te pego a la lima, intentando dejar plana aquella pieza que tenía sujeta en su tornillo. Me acerqué, nos reconocimos mutuamente y saludamos con mucha alegría. Pude comprobar que andaba con toda naturalidad y aquello me dio mucha alegría.

Por último, como idea, para que no se pierda para la posteridad, quizás no vendría mal que junto a este entrañable cuadro quedasen reflejados los nombres de sus protagonistas.

El antiguo quirófano

Volviendo a la entrada principal del hospital, contrasta ahora la cantidad de ascensores que existen por todas las galerías y limpios pasillos del hospital con aquel sencillo y único ascensor que desde la segunda planta (donde estaban las salas de los niños) descendía a esta planta baja. En el pasillo que aún se ve a la izquierda, enfrente de las escaleras, (y donde está la administración) se localizaba el único quirófano de entonces, con un rótulo en latín. Era extraño, pero sólo el hecho de estar en latín te inspiraba confianza.

En mi caso ingresé un lunes de 1954 y el jueves estaba previsto que me operasen del brazo izquierdo. Ese jueves estaba ahí abajo esperando junto a las camas de los chicos que también iban a ser operados esa misma tarde. En primer lugar el citado Esteban, al que le tendrían que sacar de sus pies unos huesos que tenía de más y que tendrían que acoplárselos a otro chico llamado Pelotillas, natural de Castuera (Badajoz), al que, por el contrario, le faltaban. Allí en ese pasillo, en la cama, la espera se me hizo interminable, y al final tuvieron que subirme sin operar pues la operación de estos dos compañeros se prolongó más de la cuenta.

Colocación de una escayola a un chico operado de columna

Colocación de una escayola a un chico operado de columna

El principal protagonista de aquel quirófano era don Francisco Calzadilla León y su equipo, con anestesista, y un practicante como Miguel Cabrera. A veces ayudaba algún joven médico en formación, como don Gonzalo Briones, con el que coincidiría en Cenemesa. Junto al polifacético hermano Gerardo completaban aquel escueto equipo quirúrgico. Don Francisco, toda una institución en San Juan de Dios, de forma totalmente desinteresada operaba y luego atendía en su consulta a cientos y cientos de niños venidos de la provincia de Córdoba y colindantes. No he visto ni un rótulo en un despacho ni nada que recuerde hoy en el hospital a este benemérito profesional, aunque espero estar equivocado porque es muy grande y no he llegado a verlo por completo.

En cuanto al hermano Gerardo, un hombre bueno en el sentido total del término, tenía a su cargo la enfermería con las escayolas y vendas que en aquellos tiempos se usaban con profusión, pues hay que tener en cuenta que había más de cien niños ingresados de entre cinco y quince años. Pude ver cómo a algunos prácticamente los suspendían del techo para poder escayolarlos, sobre todo los que tenían una operación de columna. Y allí, a su lado, estaba siempre el hermano Gerardo.

El material quirúrgico y de cura a su disposición era escaso y muy elemental, las vendas eran de telas lavadas que eran tratadas oportunamente por las mellizas, dos encantadoras mujeres que vivían en la casa de vecinos conocida como La Nevería (hoy un bloque de Vimcorsa) en la calle María Auxiliadora.

Para dormir a los que iban a ser operados se utilizaba una mascarilla con cloroformo. Esa mascarilla, tan desagradablemente unida hoy al Covid 19, era una especie de protección adaptada a la cara, que creo era de alambre. Sobre un pequeño paño blanco puesto encima echaban las gotas de cloroformo, que al entrar en contacto con la respiración te atosigaba. Se hacía insoportable hasta que finalmente caías vencido por el sopor y ya no sentías nada. Pero el recuerdo de esa dichosa mascarilla no se nos iría tan fácilmente, y medio en broma, cuando nos regañaban durante la convalecencia una vez operados nos amenazaban con volver a ponérnosla.

Como hemos indicado, abajo estaba el quirófano, y subiendo la escalera había dos salas para los operados, una a la derecha, la de los pequeños, en donde podría haber unos cuarenta niños de edades comprendidas entre los cuatro y diez años, y a la izquierda la de los mayores, con igual número de chiquillos entre los once hasta los catorce o quince años. En la de los pequeños coincidí con el más veterano de todos esos compañeros, José (diez años), que llevaba varios años esperando un hueso de cadera porque entonces no había prótesis ortopédicas. Allí estaba con su pierna contrapesada y toda la antigüedad del mundo esperando pacientemente en esa sala. Luego estaban Ponce, Lucena, Castro, Fernández, Vioque, Ramírez, Lozano, Yáñez, Polo y Carrasquilla, que yo recuerde.

Pero no cabe duda, de que en aquella Sala de pequeños, había unos muchachos que con sus escayolas, y sus pies vendados, con sus señaladas cojeras, hacían el esfuerzo continuo de andar de un lado para otro al servicio de los demás compañeros. A estos, todos los compañeros encamados le llamábamos Los levantados.

Aquellos levantados

Existía una figura fundamental en ese hospital a mediados del XX: Los levantados, esos chiquillos internados que después de sus complicadas operaciones necesitaban rehabilitación y se les ordenaba que anduvieran de un lado para otro, aunque les costase mucho trabajo. A pesar de las dificultades, ante el ejemplo de otros que lo intentaban, se ponían manos a la obra. Así, mientras estuve internado se presentó un día un fotógrafo llamado Peláez que nos dio una sesión de ventriloquia además de juegos de mano y magia para distraernos. Quedó gratamente sorprendido al ver cómo aquellos niños eran felices tratando de andar y recuperarse. Recuerdo al hermano Gerardo sonreír y decirle: «Ver un día y otro andar a un compañero les estimula para arrancar a andar solos. Los niños son capaces de todo».

Además, supliendo de alguna forma la figura que hoy puede representar un ATS o auxiliar, esos niños que ya se podían levantar se ayudaban unos a otros, y cuando alguien presentaba algún problema, fuese de dolores, tos, o hasta fiebre, rápidamente lo advertían y notificaban a cualquier hermano más próximo, con lo que la eficacia y la inmediatez estaba garantizada con ellos.

Puedo dar fe de esto cuando me escayolaron el brazo izquierdo operado. Sería el levantado Antonio García, de Badajoz, el que observó que yo tenía los dedos de la mano escayolada inflamados, y le faltó tiempo para poner este hecho en conocimiento del hermano Gabriel, que enseguida pidió que me acercaran al cuarto que hacía de botiquín de curas. Allí, con una cortadora de disco, me rompió la escayola, me revisó la herida, y aplicó un vendaje sobre la escayola partida en dos mitades.

Quiero también recordar entre aquellos levantados a Fernando, Lorenzo, Lucena, Enrique, Claudio y a uno al que popularmente llamábamos El Pirata por su color de piel excesivamente oscura. Como el resto de levantados tenían sus camas aparte de la sala general, en una zona que se llamaba el cuarto de los levantados. Además de su labor de vigilancia ayudaban en el movimiento de camas de un lado para otro, en distribuir las palanganas con agua para que los impedidos se pudieran lavar, ayudaban a los hermanos a repartir los orinales para sus necesidades, a retirarlos y dejarlos limpios, ayudaban en el reparto de la comida… En suma, ayudaban en todo y creo que es de justicia reivindicar su recuerdo. Porque nada más verlos andar por aquellas galerías, ello indudablemente, hacía que se respirase el mejor aire de la rehabilitación posible.

Además nos formaban

Si se fijan, en la primera planta del nuevo edificio de consultas externas hay colgadas algunas fotografías antiguas donde se ven niños del hospital recibiendo clases.

Durante esas tardes de mediados del XX, tras reposar la comida, el hermano Bernabé, salmantino del campo charro, nos daba clases de Historia. Salían a la palestra vívidamente Aníbal, Julio César o nuestro Gran Capitán. Le apasionaba dar clases y se notaba, porque todos disfrutábamos con sus narraciones. También no hablaba de los ríos, de los lagos, de los océanos, de las ciudades donde pasaban estas historias… y aprendíamos Geografía casi sin darnos cuenta. También nos diría que el San Rafael que coronaba el Hospital fue obra de un joven escultor cordobés llamado Juan Martínez Cerrillo.

Además de la Geografía y la Historia, también nos daban otras asignaturas como Matemáticas, para que el tiempo que estuviésemos internados no perdiéramos el ritmo escolar, ya que algunos chiquillos (no fue mi caso) se tiraban meses y hasta años ingresados sin poder salir.

Por otra parte, a este sencillo fraile salmantino le cupo la satisfacción de llegar muy de mañana ese 12 de febrero de 1954 en que nevó copiosamente en Córdoba. Nos encendió las luces de la amplia sala, y lleno de alegría como un chiquillo más, nos dijo: «Niños, mirad por los ventanales cómo se ve caer la nieve sobre la sierra de Córdoba». Aquella nevada fue un espectáculo impresionante. Hasta en el antiguo Viaducto, que se vislumbraba abajo a lo lejos, se podían ver los trenes aparcados con una abundante capa de nieve depositada en sus techos.

El hermano Bonifacio plasmado en un cuadro

El hermano Bonifacio plasmado en un cuadro

El listado de hermanos

El Hospital de San Juan de Dios, con el enorme mérito y categoría humana que tuvo, no era solamente el hermano Bonifacio, allí había otros hermanos entregados a bregar con los niños en todas sus necesidades y padecimientos diarios. Muchas veces, en multitud de labores y cuidados que no trascendía a la calle. Y así podríamos citar al hermano Gabriel, ese excelente sanitario, que lo mismo te ponía una escayola, quitaba los puntos, vendaba y protegía la herida después de una operación o echaba una ayuda en el quirófano. Y luego estaba el hermano Bernabé, que nos hacía viajar por los campos de Cannas con Aníbal y de Ceriñola con el Gran Capitán. Seguramente él también viajaba en su mente por allí, ayudando y socorriendo a los heridos de ambos bandos. Además esa comunidad tenía como superior al padre Tomás, que se arremangaba cuando hacía falta como el que más. Luego estaba el vice-superior, el «padre Vice», encargado de toda la intendencia, cocinas, alimentos y comidas, y que era el de mayor edad de todos ellos. También estaban los hermanos José, Rafael, Rogelio, Felipe y Enrique. Eran los hermanos de San Juan de Dios. Nunca mejor aplicada la coletilla «… de Dios».

Pero es verdad, que de ese Hogar y Clínica de San Rafael en Córdoba queda justamente en el recuerdo de la gente la popularidad del hermano Bonifacio, un limosnero ejemplar que se hizo famoso por su dedicación diaria a tratar de costear las necesidades de «sus niños».

Es justo reconocer que desde primera hora hubo en el Hogar y Clínica de San Rafael una serie de miembros de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, como los padres Guillermo Llop y Juan Grande y los hermanos Adrián Touceda y Crescencio Olivares entre otros. Que fueron los pilares sobre los que se cimentaría él Hogar y Clínica de San Rafael. Lo de «padre» era en razón a la edad, pues esta orden Hospitalaria solo tuvo sus propios sacerdotes a partir de los años de 1960.

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