Isabel San Sebastián

Isabel San SebastiánSamira Ouf

Isabel San Sebastián, periodista y escritora

«La convivencia pacífica entre las tres culturas es un camelo»

La escritora repasa en Córdoba, ciudad donde nació el proyecto de esta saga literaria, los ocho siglos de Reconquista y presenta su nueva novela 'La venganza del apóstol'

Confiesa que lleva mal el calor pero se siente muy a gusto en Córdoba, que a esta hora de la tarde castiga sin clemencia a los propios y a los foráneos, agrupados estos últimos en torno a la piscina del céntrico y lujoso hotel donde nos hemos citado.

Isabel San Sebastián (Santiago de Chile, 1959) tiene siempre a esta tierra en su agenda, de la mano de una nueva novela y de su amigo José Calvo Poyato, que la ha traido para La venganza del apóstol (Plaza & Janés, 2026), un nuevo título que ilustra parte de la Reconquista, periodo histórico español en el que la autora está literaria, narrativa y espiritualmente instalada. En esta ocasión el protagonista es el joven Beltrán López de Cazorla, hijo de un héroe de las Navas de Tolosa. La misión: el rescate de las campanas de la catedral de Santiago, que acabaron en nuestra antigua mezquita robadas por Almanzor.

Conviene buscar el sofá favorito y desconectar el móvil durante una horas. Esta historia , al igual que las anteriores de la saga, también promete.

Isabel San Sebastián

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—Lleva usted instalada en la Reconquista desde hace unos cuantos años. ¿Cómo se vive ahí?

—Se vive con mucha aventura, con mucha pasión, con mucha convicción y con mucho trabajo para recrearla y reproducirla. Y, últimamente, ya con cierta comodidad, porque llevo unos cuantos siglos transitando por la Reconquista. Hay ya varias novelas; esta es la séptima. Y aquí, en Córdoba, me encuentro especialmente bien, porque es una de las protagonistas de esta novela y porque aquí nació, precisamente, el proyecto de esta saga.

— Manifiesta huir del presentismo, pero si miramos con los ojos de hoy, cuesta imaginar a los españoles actualmente aliados entre sí para echar a un invasor y recuperar una nación.

—No crea que a los de entonces les resultó fácil. La clave del éxito en la batalla de las Navas de Tolosa —la batalla decisiva de la Reconquista, sin duda— fue que los cristianos hispanos pelearon unidos. Por una vez, los reyes de Castilla, Aragón y Navarra lucharon juntos, con voluntarios de León y Portugal. Hasta entonces habían estado muy fragmentados. Al principio eran muy pocos: fundaron el Reino de Asturias y resistieron, pero en cuanto España empezó a fragmentarse en distintos reinos, encontrar esa unidad fue muy complicado. En eso no hemos cambiado demasiado, en la tendencia a ser cabeza de ratón antes que cola de león.

—¿Se puede decir que las cordobesas pasean hoy descubiertas por la calle, entre otras cosas, gracias a la batalla de las Navas de Tolosa?

—Sin duda ninguna. Si la Reconquista no hubiera ido como fue —si aquellos astures, aliados con los godos refugiados en los montes que hoy llamamos Picos de Europa, no se hubieran rebelado contra la dominación musulmana, y sus descendientes no hubieran perseverado durante ocho siglos—, hoy las cordobesas irían con la cabeza cubierta, y el resto de las españolas también. Y España se parecería más a Marruecos o a Túnez, en el mejor de los casos, que al país que es hoy: un país de la Unión Europea, libre, democrático y paritario.

Isabel San Sebastián

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—Ese episodio bélico, la batalla de las Navas de Tolosa, ¿sirve para construir la personalidad y el destino del protagonista de la novela?

—Sirve para construir su destino más que su personalidad, porque el héroe de esa batalla es su padre. Mi protagonista se llama Beltrán López de Cazorla; el héroe de las Navas es don Pedro López de Cazorla, su padre. Esa heroicidad, ese linaje, marca a mi protagonista y le obliga a intentar emular, al menos, a su progenitor. Eso le impone una carga durísima, porque él no está muy dotado por la naturaleza para ser un guerrero: es más bien enclenque, más bien torpe, y tiene que buscar otras formas de alcanzar la gloria y la heroicidad que ansía.

—La tradición histórica sitúa en Córdoba las campanas que Almanzor robó de la antigua catedral de Santiago.

—Esas campanas, que Almanzor se llevó como botín cuando saqueó Compostela en el año 997 —tras destruir la ciudad y recoger por el camino largas cuerdas de cautivos, no compostelanos, porque la ciudad ya había sido evacuada—, llegaron junto con las puertas de la basílica a Córdoba, entonces capital del califato. Allí Almanzor mandó transformarlas en lámparas y colgarlas de la mezquita de Córdoba. Permanecieron así 250 años, hasta que en 1236 Fernando el Santo reconquistó la ciudad. La crónica de Jiménez de Rada y la de Lucas de Tuy narran que el rey encontró aquellas campanas convertidas en lámparas, colgadas de la mezquita, para vergüenza del pueblo cristiano, y ordenó que fueran devueltas a Compostela. Y a Compostela fueron llevadas, dice la crónica, a hombros de sarracenos.

—¿De ahí la venganza?

—De ahí la venganza, claro. Al apóstol le habían robado sus campanas, que eran su voz. En la Edad Media las campanas no eran cualquier cosa: eran la voz del dios cristiano y, en este caso, la voz del apóstol Santiago, una figura tan importante para los hispanos como lo era la Meca para los musulmanes. Santiago era el patrón de España desde el siglo VIII y, además, el capitán de la hueste cristiana: la Reconquista se hizo al grito de «¡Santiago, y cierra España!». Descolgar esas campanas, convertirlas en lámparas para alumbrar la mezquita erigida en nombre de Alá, fue una humillación gigantesca, cargada de simbolismo. Por eso, cuando esas campanas se recuperan, se devuelven a Compostela y se vuelven a fundir, es la venganza del Apóstol: recupera su voz y priva al islam de la luz que le había estado dando.

—¿Cómo se construyen las tramas y subtramas de una novela alrededor de un hecho histórico?

—Al principio pensaba resumir toda la historia de las campanas de Santiago en una sola novela. Pero cuando empecé a adentrarme en la época y a estudiarla, me di cuenta de que pasaban tantas cosas que era imposible condensarlo todo: habría sido interminable. Al final me salieron cuatro novelas: Las campanas de Santiago, La dueña, La temeraria y ahora La venganza del Apóstol. La trama de las campanas, en realidad, queda condensada entre la primera y la última: esa es la historia legendaria —que es historia, no leyenda— que recorre toda la saga.

Portada de la novela

Portada de la novelaSamira Ouf

¿Cómo se hace? Yo ya conozco muy bien esa época, transito por ella con cierta comodidad, y siempre he tenido mucha imaginación. Hay que trasladarse a la época, estudiarla, conocer cómo se vivía, cómo se pensaba, cómo se rezaba, cómo se sentía, cómo se vestía. Y, a partir de ahí, imaginar una trama de ficción que cautive al lector. En este caso, la historia de este protagonista, hijo de un héroe de las Navas de Tolosa y de una dama de la reina Berenguela, que además va a enamorarse de una mujer —lo cual me permite hablar de esas figuras y episodios históricos. Hay que saber enamorar a través de la ficción, intrigar, entretener, y a la vez instruir mediante pinceladas históricas que tienen que ser rigurosas.

—Usted avisa al principio de la novela de que huye, como escritora, de la corrección política. ¿La novela histórica exige una semántica y una estructura determinadas, o la también periodista se permite alguna licencia?

—Mi amigo y maestro Pepe Calvo, que me ha presentado en Córdoba, suele decir que los hechos históricos demostrados y conocidos son sagrados: esos no se tocan. Pero donde la historia deja lagunas —y deja muchas, sobre todo en esta época— es legítimo construir una historia plausible, coherente con su tiempo. Un ejemplo claro de esta novela: las crónicas nos dicen que Fernando encontró aquellas campanas convertidas en lámparas, ordenó devolverlas a Compostela y que fueron llevadas allí a hombros de sarracenos. Eso es lo que sabemos. Lo que la historia no cuenta es cómo fue ese viaje, por dónde pasaron, con qué peligros se encontraron o qué ocurrió a su llegada. Ahí es donde la escritora teje la ficción, después de estudiar a fondo el territorio por el que transitarían esas lámparas, a quién pertenecía, en qué situación se encontraba y cómo sería la Compostela a la que llegaron. Es, a la vez, un ejercicio de imaginación y de investigación.

—¿Hacía tanto calor en la Córdoba del siglo XIII como en la de ahora?

—No estuve, pero supongo que sí (ríe). Tal vez un poco menos, no lo sé, pero haría mucho calor. Y, encima, las mujeres tenían que ir muy tapadas, con la cara y la cabeza cubiertas, así que pasarían mucho más calor que ahora.

—Córdoba es un personaje más de la novela, no solo un escenario. ¿Qué proceso de documentación ha seguido para introducirse en esta ciudad?

—He leído mucha historia y muchos cronistas. Yo no leo árabe, así que no puedo acceder a las crónicas musulmanas en su idioma original, pero sí he leído algunas traducidas. He recurrido a historiadores españoles como Claudio Sánchez Albornoz, que estudiaron a fondo esas crónicas, y también a historiadores contemporáneos. Además, he tenido el lujo de que Pepe Calvo, egabrense enamorado de Córdoba y catedrático de historia, me guiara por las calles de la Córdoba medieval, mostrándome dónde había un martinete, dónde un molino, por qué puerta entraron los almogávares que tomaron la ciudad o dónde estaban las mazmorras del alcázar donde se retenía a los cautivos. Una cosa es documentarse intelectualmente leyendo, y otra muy distinta es ver e imaginar in situ los lugares donde va a transcurrir la trama. Sin él no habría podido hacerlo del mismo modo, y le estoy muy agradecida.

Isabel San Sebastián, durante la entrevista

Isabel San Sebastián, durante la entrevistaSamira Ouf

—Comentaba antes que todo esto nació, de alguna manera, en Córdoba. ¿Cómo fue eso?

—Estaba presentando Las campanas de Santiago en un club de lectura del ABC, que entonces todavía los organizaba, y había bastante gente. Me presentaba también Pepe Calvo. En un momento dado, respondiendo a una pregunta del público, dije que la Reconquista tenía tantos episodios fascinantes que merecería ser novelada entera. La gente empezó a aplaudir, y estuvo aplaudiendo un buen rato. Cuando llegué a Madrid, de vuelta, se lo conté a mis editores y me preguntaron: «¿Te atreverías?». Les dije que lo intentaría, a ver qué pasaba. Y, dicho y hecho, de ahí nació La dueña, sobre las mujeres de frontera que tuvieron un papel tan importante en los siglos XI y XII; después La temeraria, sobre la reina Urraca de León; y ahora La venganza del Apóstol, ya en el siglo XIII, con las Navas de Tolosa, la reconquista de Córdoba y de Sevilla, y el regreso de aquellas campanas. Se cierra así el círculo de una historia que resume, de forma muy novelesca y literaria, toda la Reconquista.

—Tenemos una historia apasionante en España.

—Sin duda.

—Llama la atención que se esté arrebatando esa historia a las nuevas generaciones. Por la Reconquista casi se pasa de puntillas, y además con un marcado carácter ideológico: se presenta como algo negativo.

—Exacto. El otro día me decía una profesora: «Mis alumnos ya no estudian la Reconquista, ya no la conocen. Intento mencionarla, pero ya no se estudia». De hecho, hasta la propia palabra «reconquista» parece sonar mal en lo políticamente correcto. Y no le cuento cómo era hace veinte años, cuando yo empecé: soy una hereje de lo políticamente correcto, porque ando novelando, nada más y nada menos, que la Reconquista. Ahora se utiliza con frecuencia la palabra «conquista», como si no hubiera existido una conquista musulmana previa, como si los musulmanes hubieran estado siempre aquí y fueran los cristianos hispanos quienes emprendieron una guerra de conquista. Pero no: este territorio fue primero romano y después cristiano, el reino visigodo de España. En el año 711 sufrió una invasión musulmana, coincidente con la de otros muchos territorios de la cuenca sur del Mediterráneo y más allá. De toda aquella expansión islámica, España fue el único territorio que logró desislamizarse, reconquistarse, porque antes había sido cristiano y formaba parte del Imperio romano, plenamente occidental. Fue una reconquista en toda regla, y así la entienden todas las crónicas, aunque el término «Reconquista» sea relativamente reciente, del siglo XIX; antes se hablaba, por ejemplo, de «restauración», pero con el mismo significado: el afán de recuperar lo que había sido. Esa idea está presente desde el principio, ya en las crónicas de Alfonso III, en el siglo IX, y en todas las posteriores.

—Recientemente, durante la visita del Papa, ha vuelto a aparecer el mito de la convivencia pacífica de las tres culturas, esta vez en boca de un pontífice, lo que llama aún más la atención.

—El Papa no tiene por qué conocer al detalle la historia de España; no es su obligación. Alguien le habrá preparado ese discurso, y quien lo hiciera sí debería conocer esa historia y saber que la convivencia pacífica entre culturas es un camelo. Un compañero escritor, Yeyo Balbás, publicó hoy un comentario a propósito de la referencia explícita del Papa a Maimónides y Averroes: recordaba que Maimónides escribió un tratado sobre la conversión forzosa porque él mismo tuvo que convertirse forzosamente en el siglo XII, y que las obras filosóficas de Averroes fueron quemadas públicamente en una plaza en torno al año 1120. La convivencia pacífica nunca existió: hubo dominación absoluta de la religión dominante allí donde dominaba, y sumisión absoluta de la dominada. La diferencia es que, a medida que los cristianos avanzaban, los musulmanes se retiraban, de modo que, hasta muy al final de la Reconquista, no hubo apenas población musulmana bajo dominio cristiano. En cambio, sí hubo mucha población cristiana bajo dominio musulmán, cada vez menor, porque lo que al principio fue una opresión fiscal —pagar más impuestos, no poder tocar las campanas ni profesar la fe en público— terminó convirtiéndose en conversiones forzosas o expulsiones. Cuando llegamos a la época de los almohades —de la que también hablo en la novela— prácticamente no quedaban mozárabes en España: se habían convertido, habían sido pasados a cuchillo o vendidos como esclavos en África. Hubo momentos de mayor tolerancia, como bajo Abderramán III o en algunos episodios puntuales de las taifas, pero fueron la excepción, no la regla.

Isabel San Sebastián, vista por Samira Ouf

Isabel San Sebastián, vista por Samira Ouf

—Pues lo que sí parece claro es que La venganza del Apóstol llega justo a tiempo para el verano. ¿La recomendaría como lectura de vacaciones?

—Sin duda, es muy entretenida. Aquí hablamos de historia y puede parecer un ensayo, pero no lo es: es una novela de aventuras en la que al protagonista le suceden muchas cosas, se enamora, hay amor, aventura y batallas. Tiene todos los ingredientes para resultar muy entretenida, y así lo reflejan las primeras críticas que me llegan, también las reseñas de los lectores en plataformas como Amazon: que atrapa desde la primera página, que se lee con facilidad, que está bien documentada pero resulta accesible. En eso he puesto todo mi empeño, y espero que se note. Sin renunciar a hablar de la tolerancia o de la situación de las mujeres de la época, todo eso queda integrado en la trama, como una parte más de la aventura.

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