Manolete siempre
Aquellos que iban a la plaza no asistían a una faena corriente, percibían su presencia, su esencia, la importancia simbólica de su toreo
Manuel Rodríguez Sánchez, 'Manolete'
Setenta y nueve años después de la fatídica tarde de Linares, seguimos recordando la figura de Manolete y la vigencia del legado de un artista que compuso su obra a partir de los mismos elementos que los demás, pero cuyas consecuencias definieron la tauromaquia posterior.
Casi ochenta años después, observar una fotografía o un mínimo vídeo de Manuel Rodríguez y quedar subyugado en silencio durante unos segundos, son una misma cosa. ¿Qué está ocurriendo en nuestro cerebro durante esos segundos? Que estamos pensando. Pensando en la belleza, en la verdad, en la pureza, en la honradez a la que nos transporta un hombre creando una composición estética efímera mínimamente detenida en el tiempo. Esa visión posee fascinación porque tiene, en palabras de Valle-Inclán, «condición de eternidad», es decir, que está fuera del tiempo. Así, el toreo de Manolete sigue produciendo una profunda emoción, resulta moderno y actual porque provoca el convencimiento de que quien ve torear a Manolete admira algo único, con condición de eternidad.
Por ello, los análisis simplistas que recibió y aún recibe su toreo, que suelen calificarlo de limitado y sin recursos, desdeñan la importancia técnica y sobre todo simbólica, que su obra regaló a la tauromaquia. Fue el primero en observar la quietud como elemento compositivo primordial, lo que motivó una incuestionable evolución técnica y estética. Se le acusó de poseer un repertorio escaso, sin calibrar la sincera esencia minimalista con la que se manejó ante los toros, obviando además su entrega total y, todo ello, generado desde la sencillez de un natural. Pase nuclear en el que por su desnudez, resulta difícil esconder trampas y ventajas. Un trapo apoyado en un palo. Mínimo elemento para la expresión más pura. Mismo material que otros toreros pero que en esta ocasión sobrepasa la expresión artística hasta convertirse en un eje simbólico. ¿Cómo se explica esto? Si acudimos al concepto que el propio Manolete hizo público de esta suerte, comprobaremos que para él se reduce a presentar la muleta a la altura del cuerpo hasta esperar que el toro llegue a rozarla para alargar la mano todo lo que se pueda, estando sólo permitido adelantar el engaño en el cite cuando el toro tarda en arrancarse. Sencillo.
A partir de esta descripción podemos extraer diversas consecuencias. En primer lugar, Manolete no lucha con el animal, deja que éste elija su camino y decida sobre qué quiere acometer, si sobre la muleta o sobre el cuerpo, lo que revela un compromiso mayúsculo por parte del matador que deja a elección del toro el objeto de su embestida, ganando la suerte en emoción y en simplicidad. Todo lo que no sea eso, para Manolete, es tan sólo una ventaja.
Fotomontaje de Manolete en la Plaza de Capuchinos
Con todo, lo más importante que podemos extraer de su pase natural parte de la realidad de que se trata de un boceto, un apunte, un esbozo a partir del cual transportarnos hacia otro concepto artístico superior que utiliza la composición taurina solo en su apariencia. El toreo resulta ser la excusa para conformar un arte integral en el que el pase natural y su forma son el mejor vehículo para simbolizar otro estadio superior. Así, elude su forma extensa, evocándolo vagamente, de tal modo que la lejana alusión origine el replanteamiento del toreo en su conjunto sin la necesidad de ser descrito expresamente. Las posibilidades interpretativas que se abren para Manuel Rodríguez son mayores y más ricas, puesto que aquello que el artista evitó dibujar sobre la arena aumenta su impacto emocional, la encarnación de una idea, de un temperamento, de un estado de ánimo, de un alma, en lugar de una simple construcción técnica. La estética prevalece, es evidente, pero a partir de ahí comunica un pensamiento simbólico más complejo. Manolete rompe con todo lo anterior y confirma su decisión personal mediante un toreo estático, equilibrado de masas, de muletazo escueto y preciso, la precisión de la forma y el dominio del trazo con una poética sencillez. Un lugar en el que se siente cómodo y que le permite comunicar un mundo interior rico e inquieto. Su muletazo se transforma no en un simple objeto de admiración de lo bello, sino en un medio que expresa un orden emocional superior, donde se acumulan y entrecruzan reflexiones sobre el compromiso, la vida y la muerte. Manolete intuye que la verdad no es la que descubren los ojos, sino aquella que desvela el espíritu en conexión con un oculto ritmo de emoción, de armonía y de goce estético. Un tiempo fuera del tiempo. Un tiempo sin tiempo, sin movimiento. Todo quietud, sin transcurso. El desafío al tiempo a través del reposo, como indicara John Ruskin. Manolete simplifica su muletazo, lo poetiza, lo sublima, lo minimaliza a su mínima extensión para darle su máxima expresión y un significado distinto, superior. De ese descubrimiento quedará impregnado todo su toreo, o quizá sea justamente a la inversa, de su poética sencillez quede preñado su natural y desde éste, su obra.
Manolete logró, usando el toreo como excusa y el natural como herramienta, sencillamente que su presencia, por encima del resultado de la corrida, subyugase al espectador. Es la personificación de una obra de arte. Aquellos que iban a la plaza no asistían a una faena corriente, percibían su presencia, su esencia, la importancia simbólica de su toreo. Los juicios técnicos sencillamente no tenían sentido porque se limitaban a juzgar una apariencia. Manolete encontró una alusión sutil que estremecía y dejaba ver un oculto sentido de la vida a partir de un escueto natural.