Granos de café
El portalón de San Lorenzo
Hablemos del café de entonces en Córdoba
«Este amplio bar no cerraba en toda la noche mientras vivió Eduardo, y era refugio de taxistas, trabajadores y viajeros que iban y venían»
Se denomina café a la infusión que se elabora a partir de las semillas tostadas y molidas de los frutos obtenidos de la planta de este nombre, también llamada cafeto. Como es bien sabido, es una bebida altamente estimulante por su contenido en cafeína. También, por extensión, se le dio el nombre de café al establecimiento donde se expende este producto listo para consumir. Se dice que el primer local de este tipo en Europa estuvo en la famosa plaza de San Marcos de Venecia.
Por sus necesidades climáticas el cultivo del café se circunscribe a zonas más o menos de zonas tropicales. En muchos de los países productores el café es clave para su balanza exportadora y el consiguiente volumen de entrada de divisas. Una mala cosecha afecta seriamente al conjunto de sus economías, especialmente en los países más pequeños. Según los datos de julio de 2026 del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) la producción mundial se reparte entre las variedades arábica y robusta, con ligero predominio de la primera. Brasil concentra más del 35% de la producción mundial, y junto a Vietnam, Colombia, Indonesia y Etiopía aglutinan el 75% del café que se produce en el mundo.
En España y Portugal, así como algunas zonas del Río de la Plata, casi como una reliquia de los tiempos de escasez, se consume café tostado en presencia de azúcar, el llamado torrefacto. En Turquía la preparación y toma del café es todo un ritual de su cultura social y en Italia lo consumen en pequeñas cantidades, casi con un único sorbo. El café suele tomarse en el desayuno o en la sobremesa después de las comidas, y es una de las bebidas (sin alcohol) que más une a familiares, amigos y conocidos en torno a una tertulia o charla amigable. A mucha gente le gusta beberlo solo y disfrutar de sus aromas, pero la mayoría, al menos en España, lo prefiere con más o menos leche. En verano se presenta en algunas formas refrescantes cada vez más novedosas.
El café y la religión
A Europa el café, al menos con un consumo de cierta entidad, llegó relativamente tarde, en el siglo XVII. El mundo musulmán organizado en torno al imperio otomano ya era por entonces un gran consumidor y fue su gran introductor, tanto por su presencia en los Balcanes como por su comercio pacífico con las naciones europeas, particularmente con los mercaderes venecianos.
Como suele suceder con este tipo de novedades surgieron pronto algunos críticos. Algunos sacerdotes católicos más rigoristas de la cuenta lo llamaron «invención de Satanás», tanto por sus propiedades estimulantes como por ser una alternativa al vino, el cual, en su opinión, era una bebida mucho más acorde por su tradición en la Biblia, presente en el mismo Sacrificio de la Santa Cena. Se cuenta como anécdota que el propio papa Clemente VIII tuvo que intervenir en la disputa, y como le gustó mucho tras probarlo dio su aprobación.
La sensata Iglesia Católica, como suele ser habitual, fue mucho más razonable en este sentido que las confesiones cristianas de otras partes de Europa. Así, en los estados más protestantes del norte y este de lo que luego sería Alemania las prohibiciones hacia el café fueron moneda corriente. Al final fueron poco a poco aceptándolo, si bien hasta bien entrado el XIX tuvo mala fama entre los más radicales moralistas. Federico II de Prusia despenalizó finalmente su consumo pero, eso sí, lo gravó con un fuerte impuesto: ya que no le gustaba (al menos de puertas hacia afuera) que lo consumieran qué menos que sacar un buen dinero por él.
Los intelectuales y el café
Mientras en estas zonas protestantes seguían con la ojeriza hacia el café, el sur de Europa dio alegremente rienda suelta a su consumo. Igual pasó en la anglicana Inglaterra, donde a mediados del XVII comenzó a ser importado en grandes cantidades cuando Londres y Oxford fueron pioneras en abrir un buen número de cafeterías que se convirtieron en lugares de reunión de filósofos y letrados. En estos establecimientos discutían y daban a conocer sus ideas liberales. Se llegó a decir que bajo el efecto del café se aclaraban la mente y veían con más nitidez las soluciones políticas que debían ponerse en marcha.
En 1678 el monarca inglés Carlos II intentó el cierre de estos cafés, argumentando que allí se conspiraba en contra del propio rey. Pero la orden provocó unas airadas reacciones ciudadanas que hicieron que tuviese que dar marcha atrás. Como las cosas siguieron igual la famosa compañía de seguros Lloyd’s de Londres tendría su origen poco después en una cafetería fundada en 1688. La devoción de los ingleses hacia el café era enorme, y si hoy tenemos otra imagen de ellos es porque con su posterior expansión en la India entraron en contacto con las grandes zonas productoras de té y, siendo el pueblo inglés un pueblo tan eminentemente práctico, vieron que les salía más barato traer el té de estas colonias que importar el caro café.
El antiguo Café Lion de Madrid
Mientras, otras partes de Europa hacían también famosos a sus cafés, como Viena, en la católica Austria, donde el luterano Bach, alejándose de los prejuicios de su religión luterana, compuso en 1734 su ‘Cantata del café’. Allí, entre sorbo y sorbo, se jugaba al elegante ajedrez, surgiendo grandes jugadores y el primer campeón del mundo oficial, Wilhelm Steinitz (1886). También abundaban entre la clientela los poetas, escritores e intelectuales, y ya en el XX discutirían las últimas novedades científicas o filosóficas los integrantes del llamado Círculo de Viena. Qué decir de los artistas reunidos en los famosos cafés de París, repletos de bohemios, o en nuestro país los famosos cafés Gijón, Lyon, Varela, La Estrella, etcétera, centro de charlas que traen recuerdos de principios de nuestro agitado siglo XX.
El café en las casas cordobesas
Aterrizando en nuestra ciudad, en los 40 y primeros 50 cada casa tenía sus medios, costumbres y aficiones propias hacia el café, aunque se mantenían unas características comunes. Por lo pronto, se tomaba solo, ya que el escaso cuartillo de leche era para los niños pequeños o para los enfermos. El famoso café con leche no empezó a hacerse habitual hasta que no llegó la leche en polvo americana allá por el 1954. El propio café, como tantos otros productos, era un bien muy escaso, y en ocasiones había que recurrir al estraperlo para conseguirlo.
Ese café de la mayoría de las casas populares estaba hecho a base de granzas, es decir, los restos del café que quedaban en las máquinas de las tabernas. Eran tiempos en que los nenes íbamos por las que tenían cafetera italiana y preguntábamos: «¿Tienen ustedes granzas?» El tabernero, generalmente de pocas palabras, miraba en el cajón de la cafetera, y si tenía te llenaba el cacharro que llevaras por dos gordas. Hubo veces que para conseguir una cantidad apreciable de estas granzas tuvimos que recorrer incluso hasta bares del centro.
La cafetera que usábamos era una especie de puchero, con un pitorro que se llenaba de agua y se echaba una cantidad de granzas proporcional. Arrancaba a hervir y en la ebullición todas las granzas se movían con las burbujas del agua. Este hervor sacaba a los restos de café toda la sustancia que aún le quedara. En las casas más humildes se daba hasta un segundo hervor para tratar de extraer un poco más. Con todo, este café de puchero se diferenciaba claramente del que nuestros padres se tomaban en las tabernas o bares acompañado de su copa de anís o coñac. Aquello, según ellos, era «otro mundo».
Con el paso del tiempo fue apareciendo el café de cebada a base de cebada tostada. Se molía, bien con una botella esmerilada en forma de rulo, o en un molinillo para quien lo tuviera. La cebada se vendía en paquetes pequeños liados a mano en papel de estraza. Su precio era de 25 céntimos de peseta el paquete y también muchas veces había que recurrir al estraperlo para conseguirlos.
Una vez molida la cebada solía mezclarse con una proporción de granzas, aumentando el nivel del café. Al hervir dentro del agua soltaba un color y sabor que daba lugar a una especie de café que, sin embargo, quitaba el estreñimiento de maravilla.
El colador
Con los restos de granzas y demás cosas que se le echaban al café el colador se convertía en un instrumento imprescindible para las cocinas de aquellos tiempos. Tener este utensilio indicaba que la casa respiraba cierto grado de bienestar porque, aunque parezca mentira, no todo el mundo lo tenía. Algunos se habían quedado en el jarrillo de lata como principal menaje.
El colador que eliminaba las granzas
Ante la necesidad, había muchas clases y tipos de coladores, algunos improvisados, como me contaron mis amigos Pepillo Millán y Manolo Vargas nada más llegar yo en la mili como novato al Campamento de Cerro Muriano (CIR número 5). Me explicaron lo que hacían los cocineros sacando y metiendo un saco en un caldero de agua hirviendo. El saco contenía achicoria y cebada tostada junto con un poco de café molido, y servía lo mismo de cafetera que de colador. Los cantineros dejaban el saco con su contenido dentro del caldero hirviendo, y cuando calculaban que había estado el rato suficiente, lo sacaban y ya estaba el café hecho. El saco les duraba unos quince días, tiempo a partir del cual convenía cambiarlo, si es que podían.
La verdad es que no se puede decir que aquel café estuviera ni bueno ni malo, pero sí podíamos alegrarnos de que, al menos, estaba caliente.
El estraperlo
Los que no podían pasar sin un café por la tarde o buscaban un producto de mejor calidad que las granzas no tenían inconveniente en ir a los estraperlistas cercanos para conseguirlo. En el mismo San Lorenzo estaba una mujer mayor soltera con una alacena llena de gloria bendita. Allí tenía café de Colombia del bueno, y por una peseta te daba un paquetillo en papel de estraza, con doce granos de café.
Muy cerca, en la calle Cristo, había otra mujer cuyos paquetes tenían un grano más, hasta trece, aunque según se decía era de peor calidad de tueste, pues era portugués. En la inmediata calle Velasco, que sale de la misma calle Cristo, enfrente de donde estaba la casa del escultor Antonio Castillo Ariza, tenía su negocio otra estraperlista, muy profesional, que vendía paquetes de café combinados con cebada en distintas proporciones.
Por San Andrés y Santa Marina en la calle Ocaña trajinaba otro famoso estraperlista que contaba con un gran y surtido almacén de productos donde no solía faltar el café. En la esquina con Hermanos López Diéguez estaba un tostador de café, pero a juicio de muchos era algo caro. En la calle Espejo había otra estraperlista, algo tramposa, pues mezclaba el caro café de Colombia con el barato portugués. La más acreditada por esa zona era la estraperlista de la plaza de la Lagunilla, exactamente en una casa a espaldas de la estatua de Manolete, que vendía unos paquetes con catorce granos por una peseta. El café de cebada era a real el paquete.
Por la Ribera andaban otros estraperlistas de renombre, la mayoría reconocidos a través de algún mote. Algunos de ellos, sorprendentemente, ofrecían por las propias casas sus productos transportándolos a hombros.
El café en la taberna
Como hemos indicado antes, la principal materia prima del café que se elaboraba en las casas eran los restos del que servían en las tabernas, si bien esto sólo lo hacían unas pocas puesto que la mayoría no contaban con máquina de café. Era considerada un lujo, sobre todo aquellas italianas de la marca Faema, como el equipo ciclista, al que pertenecieron: Miguel Poblet, Eddy Merckx y nuestro Antonio Gómez del Moral brillante triunfador del Tour del Porvenir de 1962.
El ciclista cordobés Antonio Gómez del Moral
Las tabernas que sí la tenían era porque estaban al paso de grandes grupos de trabajadores que madrugaban para ir al trabajo (o salían del relevo nocturno), y el café servía para calentarlos junto a las indispensables copas de anís o coñac.
Casa Basurte
Estaba situada enfrente de la Puerta del Campo (calle Cárcamo), esquina con San Juan de la Cruz. Esta taberna solía abrir a las cuatro y media de la mañana para atender a los numerosos trabajadores en torno a las instalaciones industriales (maderas, aceite, maquinaria, fundiciones...) de la avenida Obispo Pérez Muñoz (Ollerías).
Le faltaban incluso manos a Antonio el tabernero para poner copas de coñac, copas de anís y cafés. Cuando llegaban las doce de la mañana le decía a su hermana, con la que vivía: «Ya está el taquillaje del día hecho». Y cerraba. De entre sus numerosos clientes queremos recordar a Juan Cámara, Antonio Blanco, Antonio Hungría, Rafael López, Juan Castañón, Miguel Escudero y Martín Pedregosa.
Casa Eduardo
Hablar de Casa Eduardo es hablar del servicio permanente durante las 24 horas para la antigua Estación de Ferrocarriles. Este amplio bar no cerraba en toda la noche mientras vivió Eduardo, y era refugio de taxistas, trabajadores y viajeros que iban y venían. Tenían fama de hacer un excelente café, y su buena relación con los taxistas así lo atestiguaba. Clientes como Evaristo López, Juan Carretero, Juan Rodríguez, Juan Tapia, Elías Llanos, El Carrataca, El Cabeza Buque, El Barba, El Simplón, El Choco, los hermanos «Barriga al lado» y El Sorna lo confirmaban. Al morir Eduardo su mujer Dolores se quedó con el bar y siguió durante unos años haciéndoles a los taxistas el mejor café del mundo con el mayor de los cariños.
Casa Currito
Situada en el antiguo y simpático barrio del Campo de la Verdad congregaba muchos arrieros a la hora temprana de la mañana para tomar café, solo o, a falta de tortas o magdalenas, complementado con su copa de coñac o anís. Allí entraban Rafael Uceda, Enrique Fernández, Rafael González, Agustín Guerra, José Cabezuelo, Francisco Muriel, Manolo Arias ‘El Poli’, Manolo Carrasquilla. Andrés Lora, Javier Caballero, Antonio Ventura, Manuel Jalón y Doménech, El Chatarrero, El Nicasio, El Manos Limpias, El Barbo... También paraba tres veces en semana Antonio Jiménez, que hacía de cosario de Espejo y era un enamorado de su pueblo.
El 89
Clásica entre las clásicas, esta taberna del Realejo era paso obligado para todos los trabajadores que, a horas intempestivas, desde los barrios bajos de la Ajerquía, tenían necesidad de ir al centro para trabajar o coger en las Tendillas, junto al edificio de La Bilbaína y los servicios para caballeros, el autobús verde de la empresa San Rafael para desplazarse hasta la Electromecánicas o la Constructora Nacional.
En la Letro unos entraban a la seis de la mañana y otros salían a la misma hora, por lo que era elevado el trasiego de trabajadores que subían y bajaban por el Realejo a esas horas. Por todo ello El 89 abría a las cuatro y media de la mañana siendo Luis, el padre, el encargado de la apertura. Más tarde se incorporaban a la tarea su hijo Rafaelito y su hermana Conchita, que no daban abasto para servir cafés, copas de anís y coñac. Algunos clientes, al venir recién cobrados de la paga semanal, y con algo de apetito, solían pedir además del café «un bombero», que no era otra cosa que el costillar de un conejo. Más de una vez apareció por esta taberna, tras una noche intensa, el cantaor Pepe Marchena, acompañado de su amigo y telonero Manolo Montoro.
Eran clientes habituales de El 89 Fermín Gómez ‘El Chato’, Rafael Vázquez ‘Falines’, Antoñito Gutiérrez ‘El Chanfli’, parientes míos, este último trabajaba como panadero en la Intendencia militar de la Trinidad, También entraba mi padre José Estévez Milla, y su hermano Manolo, y los hermanos Antonio y Rafael Blanco, Antonio Obrero ‘El Vela, los Amaro y los Coloraos, Enrique Navajas ‘Navajitas’, Salvador ‘El de los plátanos’, Rafael Medina ‘El Bancalero’, Rafael Torres ‘El Farolero’, Enrique Mejías ‘El Ocaso’, Rafael Rodríguez ‘El Miajones’ o Carlos Herrera ‘El Lotero, entre otros muchos.
Taberna Los Mochuelos
Otra taberna clásica de Córdoba, en donde por primera vez oí la expresión "Desde aquí a la calle Ravé”. Ubicada en el entrañable barrio de Santiago, estaba regentada por Pepín, persona agradable, singular y apasionado forofo del Atlético de Madrid y del fútbol en general. Por allí se pasaba habitualmente Rafael García Repullo ‘El Tinte’, antiguo jugador del Atlético de Madrid, con el que mantenía una gran amistad.
Taberna Los Mochuelos
En una ocasión nos encontramos un cuadro que había en la taberna de Miguel Reina colgado boca abajo. Era producto del enfado de Pepín, porque aquel excepcional portero del equipo Candelaria, el Santiago, el Córdoba y el Barcelona (luego del Atlético de Madrid), también otro gran amigo suyo, había venido por Córdoba y no se había llegado a saludarle. Así era el bueno de Pepín, aunque luego se le pasaba el enfado.
A nivel de cafés podemos decir que por su ubicación era paso obligado para gran parte de aquella ferviente afición al Córdoba CF de los años 50 a 70, camino del Arcángel, que venía desde las repletas calles Ravé, Barrionuevo, San Pedro, Puerta Nueva... Había domingos que despachaba más de setecientos cafés como preámbulo del partido. Luego, a la vuelta, las cosas irían según como le hubiese ido a nuestro equipo.