Paco Acedo
Paco Acedo, documentalista
«Tengo una curiosidad incontrolable»
El explorador cordobés, que compagina la docencia con sus expediciones y su colaboración en Cuarto Milenio, presenta 'Los pueblos sumergidos', un viaje a la memoria de la España que desapareció bajo las aguas
Los mapas tienen la mala costumbre de dar por conocido cuanto representan. Pero hay lugares que se resisten a ser reducidos a un nombre, unas coordenadas o una mancha de color sobre el papel. Lugares donde el hielo esconde otros mundos, donde la selva apenas deja pasar la luz o donde el agua guarda los restos de vidas que un día transcurrieron a cielo abierto. Por algunos de ellos ha pasado Paco Acedo (Córdoba, 1976), un hombre al que la palabra aventurero quizá se le quede corta y la de explorador. auqneu no le guste, le siente mejor. Ahora mismo su territorio habitual esté bastante lejos de esos paisajes extremos: las aulas cordobesas, donde continúa ejerciendo como maestro. Músico en otra etapa de su vida, viajero infatigable y colaborador de Cuarto Milenio, su biografía discurre entre geografías que parecen pertenecer a siglos distintos.
Ahora, después de haber recorrido algunos de los confines del planeta, Acedo ha dirigido su mirada hacia una geografía mucho más próxima y, paradójicamente, casi invisible. En Los pueblos sumergidos (Anaya Touring), el libro que presenta el próximo jueves 12 de noviembre en la Casa del Libro de Córdoba, se adentra en esa España que yace bajo las aguas de los embalses, entre campanarios, calles y hogares a los que el progreso cambió para siempre su destino. Hay algo profundamente evocador en la imagen de un maestro que, al terminar sus obligaciones cotidianas, cambia los libros y la pizarra por un equipo de buceo para buscar lo que otros dejaron atrás.
Porque hay muchas maneras de explorar el mundo, y no todas exigen llegar hasta sus extremos. A veces basta con descender unos metros para encontrarse con un pasado que sigue esperando a que alguien vuelva a mirarlo.
Paco Acedo
- ¿Cuándo se dio cuenta de que Córdoba era demasiado pequeña?
- No sabría decir exactamente en qué momento sentí esa curiosidad por empezar a salir de Córdoba, porque aquí he tenido mis luces y mis sombras. Es verdad que disfruté mucho del ambiente, sobre todo del musical, que fue mi gran ilusión durante la adolescencia. Viví intensamente aquella etapa como músico en Córdoba, pero, a medida que pasaban los años y empezaba a cansarme de esa rutina, sentí la necesidad de salir y conocer mundo.
Empecé a hacerlo desde Madrid, también como músico. Curiosamente, la primera vez que cogí un avión fue para viajar al desierto del Sáhara, a un campamento de refugiados saharauis, donde actué en formato acústico con una cantautora. Fue allí donde descubrí que existía otro mundo, otra realidad. Aquella experiencia me produjo una especie de despertar, un clic mental que me hizo comprender que había algo más allá de la música. Ese viaje terminó condicionando mi vida. Después llegaron otras experiencias y circunstancias que hicieron que acabara saliendo de Córdoba.
Pero siempre voy y vengo. Me marcho, me lleno de experiencias y, de repente, empiezo a sentir añoranza de Córdoba, de mi familia y de mis amistades. Creo que sería incapaz de vivir definitivamente fuera de aquí.
- Usted ha sido músico, maestro, buceador y explorador. ¿Es un hombre de muchas vocaciones o de una sola inquietud?
- Yo diría que tengo una curiosidad incontrolable. Es algo sobre lo que reflexiono a menudo. Siento curiosidad por algo, lo experimento, me meto de lleno y, cuando empiezo a conocerlo, mi curiosidad me lleva hacia otra cosa. Y después hacia otra.
A veces me da un poco de rabia, porque eso hace que no llegue a especializarme completamente en nada. No soy exclusivamente buceador, ni músico, ni explorador, que además me parece una palabra demasiado grande. Me gusta viajar, conocer países, documentar culturas y comunidades indígenas, pero me interesan tantas cosas que a veces no sé hacia dónde tirar. Cuando estoy en la selva, echo de menos Groenlandia; cuando estoy en Groenlandia, tengo ganas de volver a bucear. Al final acumulo muchas experiencias, pero nunca profundizo al cien por cien en una disciplina concreta.
No sé si eso es bueno o malo. Me siento muy enriquecido por todo lo que he vivido, pero también me gustaría poder decir que soy un experto en las comunidades indígenas del Amazonas, por ejemplo. Sin embargo, aunque conozco muchas cosas, no me considero experto en ninguna.
Tribu Mentawai, Sumatra
- Vivió de cerca el 11-S y ha contado que aquella experiencia le hizo replantearse sus valores. ¿Qué dejó de importarle aquel día?
- Creo que aquella experiencia removió mi ego y me hizo dar un salto de madurez. Me obligó a contemplar algo que hasta entonces no había tenido tan presente: la fragilidad de la vida y de las personas. Comprendí que todo puede cambiar radicalmente en cualquier momento.
En aquella época estaba muy volcado en la música. Quería convertirme en un gran músico, tocar con grandes artistas, destacar y conseguir reconocimiento. Había un componente de vanidad en todo aquello que, después de lo que viví, se vino abajo, igual que las Torres Gemelas. Me di cuenta de que lo que realmente quería y necesitaba era ser feliz haciendo lo que hiciera, más allá de buscar el reconocimiento de los demás.
Aquello contribuyó a que poco a poco me fuera alejando de la música y descubriera otra faceta de mí mismo que me ha llenado mucho más. Me permitió encontrar mi verdadera vocación, aunque haya sido a una edad relativamente avanzada.
- ¿Ha sentido alguna vez más miedo del hombre que de la naturaleza?
- Sí, sin duda. Muchísimas veces. Normalmente, cuando viajo a determinados países o me encuentro en circunstancias complicadas, el miedo procede de las personas. Cuando sales de tu país, en determinados lugares no eres nadie. Hay países donde la vida humana tiene muy poco valor. Alguien puede matarte por un teléfono móvil, por absurdo que parezca. Esa es la realidad. Por eso, en determinados destinos, mi principal preocupación es encontrarme en un entorno seguro y evitar que alguien pueda hacerme daño.
Paco Acedo, durante la entrevista
Y eso que he vivido situaciones bastante extremas en la naturaleza: terremotos, erupciones volcánicas y otras experiencias que, al principio, incluso llegas a contemplar con cierta fascinación. Puedes encontrarte viendo un volcán en erupción y pensar: «¡Qué experiencia estar aquí presenciando esto!». Naturalmente, cuando la situación empieza a ponerse seria, cambia tu percepción. Pero sigo pensando que las personas pueden ser mucho más peligrosas que la naturaleza.
Trubi Asmat, Papúa Occidental
- ¿Cómo acaba un maestro cordobés buceando bajo el hielo de la Antártida?
- Queriendo experimentar por mí mismo las cosas que veía en televisión. De pequeño veía aquellos documentales de La 2, las aventuras de Cousteau y todos esos programas que nos acompañaban durante las largas siestas. Pensaba que sería maravilloso vivir algo parecido. Con el tiempo empecé a preguntarme por qué tenía que conformarme con verlo en televisión. Si aquello existía y estaba ahí fuera, ¿por qué no iba a poder conocerlo personalmente? Todo dependía de dar el paso y hacer el esfuerzo necesario.
Así empezó mi interés por las regiones polares y el buceo bajo el hielo. Un día descubrí que existía la posibilidad de viajar a la Antártida a bordo de un barco científico ruso. Falsifiqué unos documentos en los que aseguraba tener experiencia suficiente para bucear bajo el hielo. Pero la realidad era que jamás lo había hecho y ni siquiera había utilizado un traje seco, que es el equipo especial que se emplea para esas inmersiones. Aun así, conseguí embarcar y llegué a la Antártida.
Buceando en la costa este de Groenlandia
Aquella experiencia cambió mi vida. Descubrí un lugar que parecía otro planeta y que despertó todavía más mi curiosidad. Si aquello existía allí, ¿qué habría en el desierto, en la selva o en otros rincones del mundo? Fue, en cierta manera, el comienzo de todo.
- ¿Qué le hizo cambiar los hielos del Ártico por los pueblos que duermen bajo nuestros pantanos?
- Creo que ambas cosas van de la mano. Cuando buceas en un lugar prácticamente inexplorado, como sucede en muchas regiones polares, inevitablemente te preguntas qué habrá allí abajo. Qué animales, qué seres vivos, qué arrecifes o qué paisajes submarinos puedes encontrar. Con los pantanos sucede exactamente lo mismo. Saber que bajo el agua existe algo que puedes explorar, siempre que la profundidad lo permita, despierta inmediatamente mi curiosidad. Es como si se activara una especie de demonio interior que me dice: «¿Por qué no bajas a verlo?».
No me basta con contemplar fotografías o vídeos. Puedo verlos después y pensar que están muy bien, pero sé que la experiencia de haber estado allí, de haberlo visto con mis propios ojos, ha sido muchísimo más emocionante. Por eso, para alguien tan inquieto como yo, la exploración submarina forma parte de una misma necesidad de descubrir cosas, independientemente de que se trate de los fondos de un océano polar o de un pueblo sumergido en un embalse.
- Ha reconocido que los pantanos le producen miedo. ¿Qué tienen esas aguas turbias que no tienen los océanos?
- Me producen muchísimo miedo. Y creo que tiene bastante que ver con mi infancia. Fui un niño que sufrió muchos terrores nocturnos. Recuerdo especialmente las películas de Freddy Krueger y Viernes 13. No sé exactamente cuándo vi alguna de ellas, pero me pasé años teniendo pesadillas, llorando por las noches y sintiendo verdadero terror. Curiosamente, ahora me encanta el cine de terror. Pero creo que parte de ese miedo a los pantanos procede de aquellas películas, de esas historias en las que alguien había muerto en un lago y después regresaba convertido en asesino.
Al mismo tiempo, ese miedo alimenta mi curiosidad. No se trata únicamente de descubrir qué hay bajo el agua, sino también de enfrentarme al desafío que representa un pantano. El propio entorno, las aguas embalsadas y la oscuridad generan una sensación muy particular. Además, la visibilidad suele ser prácticamente nula. A veces no ves nada y, en el mejor de los casos, puedes alcanzar uno o dos metros. Eso convierte cada inmersión en un reto.
Restos del Faro de Alejandría, Egipto
Y después está la parte histórica. Saber que ahí abajo hubo un pueblo, que vivieron personas, que existieron calles y casas, me lleva a preguntarme qué quedará de todo aquello. ¿Cómo estarán las viviendas? ¿Qué encontraré al atravesar una puerta sumergida? Una vez más, termino siendo víctima de mi propia curiosidad y acabo metiéndome en el agua.
Los pantanos me producen muchísimo miedo. Y creo que tiene bastante que ver con mi infancia. Fui un niño que sufrió muchos terrores nocturnos"
- En el prólogo de su libro habla de una deuda moral con los habitantes de aquellos pueblos. ¿En qué momento dejó de sentirse explorador para convertirse en depositario de sus historias?
- Creo que fue algo bastante natural. El proyecto de los pueblos sumergidos, que finalmente ha dado lugar a este libro, surgió a raíz de mi colaboración con Cuarto Milenio, durante el confinamiento por la pandemia. Javier Pérez Campos, uno de los colaboradores del programa, me llamó y me planteó la posibilidad de investigar qué quedaba bajo el agua de aquellos pueblos. Como no podíamos viajar al extranjero, habían pensado en desarrollar ese proyecto. La idea me entusiasmó inmediatamente. Primero, porque me permitía salir del confinamiento, y segundo, porque me parecía una historia extraordinaria.
Cuando empecé a investigar, a hablar con los vecinos, a llamar a los ayuntamientos y a recopilar información, comenzaron a aparecer historias humanas que merecían ser contadas. Siempre me he preguntado cómo era posible que nadie hubiera publicado antes un libro sobre todo aquello. Son historias que sucedieron en muchísimos pueblos españoles y que, aunque siguen presentes en la memoria de sus habitantes, apenas han recibido atención. Me parecía necesario que alguien se preguntara qué quedaba bajo el agua y que, al mismo tiempo, se rindiera homenaje a todas aquellas personas.
A medida que fui profundizando en la investigación y conociendo el sufrimiento que había detrás de cada pueblo, comprendí que el proyecto tenía una dimensión mucho mayor que la aventura. Ya no se trataba únicamente de explorar un lugar sumergido, sino de recuperar una historia humana que no se había contado con suficiente detalle. Por eso sentí casi una obligación moral de reunir aquellos reportajes de Cuarto Milenio en un libro que recogiera las fotografías, las historias y las leyendas que todavía permanecen vinculadas a esos lugares.
Paco Acedo
Muchos antiguos vecinos y descendientes me han agradecido el trabajo. Se han volcado conmigo, me han buscado fotografías antiguas y algunos están deseando que vaya a presentar el libro a sus pueblos, porque en sus páginas aparecen lugares de los que apenas se había hablado e incluso historias de sus propios abuelos. La dimensión humana tiene un peso fundamental en este proyecto.
- Los embalses llevaron agua y progreso a muchos lugares, pero también borraron otros del mapa. ¿Cree que España ha saldado su deuda con quienes pagaron aquel precio?
- Creo que en España, aunque no sé si es algo exclusivo de nuestro país o de la condición humana en general, tenemos el defecto de olvidar demasiado pronto. Suceden las tragedias, se producen los dramas, la gente llora y, durante un tiempo, los políticos se implican. Pero después pasan los años y todo empieza a diluirse. Salvo que los afectados continúen manifestándose y reclamando atención, llega un momento en que esas historias desaparecen de la memoria colectiva.
Son pocos los pueblos y las personas que han recibido un reconocimiento por lo que sufrieron. Y eso sin hablar de las compensaciones económicas, que en muchos casos fueron ridículas, cuando las hubo. Creo que existe una tendencia a mirar hacia otro lado y olvidarse de las tragedias. Quizá no sea tanto una cuestión de la naturaleza humana como de quienes tienen responsabilidades políticas y pueden contribuir a mantener viva esa memoria o permitir que desaparezca.
Me gustaría que los políticos tuvieran un perfil más humano y que no se olvidaran tan pronto de las personas que han sufrido. Porque mañana podrían ser ellos mismos o sus familiares quienes se encontraran en una situación semejante. Por tanto, creo que esa deuda sigue pendiente.
Tribu Korowai, Papúa Occidental
- De todos los pueblos que ha explorado, ¿qué historia humana le ha resultado más difícil dejar atrás?
- Hay varias historias que me han impresionado, especialmente las relacionadas con las personas mayores. Imagínese a alguien que lleva cuarenta o cincuenta años viviendo en su pueblo, con su huerto, sus animales y sus costumbres. De repente, alguien llega y le dice que tiene que marcharse, que recibirá una cantidad de dinero y que podrá comprarse un piso en una ciudad para pasar allí el resto de su vida. ¿Qué puede sentir esa persona? De pronto le arrebatan todo lo que conoce y la obligan a vivir en un mundo que no es el suyo.
Se dieron muchos casos de personas que acabaron muriendo de tristeza, de pena. Eran personas mayores que ya no tenían posibilidades de encontrar otra profesión, pero tampoco una ocupación que diera sentido a sus días. Para ellas, ir cada mañana al huerto, cuidar de sus animales o mantener sus costumbres era su forma de sentirse útiles y felices. Al trasladarlas a un piso, aunque materialmente tuvieran una vivienda, les habían arrebatado su vida. Para muchas de ellas, su existencia, tal como la habían conocido, terminó en aquel momento.
Algunos psicólogos han comparado la pérdida del hogar en esas circunstancias con la muerte de un familiar. Es como perder a un hijo o a un marido y quedarse completamente desorientado, sin saber cómo reconstruir la vida ni qué esperar del futuro. Por eso, detrás de aquellos desplazamientos hay historias de una tristeza enorme, que en algunos casos terminaron también con la muerte de esas personas.
Tribu Matses, Amazonas
- Este año cumple diez años colaborando con Cuarto Milenio. ¿Qué le ha enseñado Iker Jiménez a mirar que antes le pasaba inadvertido?
- A Iker le tengo un gran respeto. Creo que para valorar realmente su trabajo hay que conocer el contexto de Cuarto Milenio. Es un programa que en sus comienzos tuvo esa etiqueta de programa de fantasmas, pero que, en mi opinión, se ha convertido en uno de los pocos espacios culturales que quedan en televisión. Sé que puede parecer una afirmación arriesgada, pero creo que es así. Hoy aborda ciencia, tecnología, investigación, antropología e historia, siempre con ese componente de leyenda y misterio que forma parte de su identidad.
Mi aportación al programa tiene mucho que ver con esa dimensión misteriosa o mística de determinadas culturas y lugares, pero siempre desde realidades que existen. No estamos hablando necesariamente de fantasmas, sino de comunidades indígenas que creen en determinados espíritus, que realizan rituales en la selva o que recurren a ciertas sustancias para entrar en contacto con ellos y buscar respuestas a sus problemas. Son creencias y prácticas reales que forman parte de esas culturas.
Paco Acedo
De Iker he aprendido, sobre todo, la importancia de mantener la autenticidad. Es una persona auténtica, que ama lo que hace y cree profundamente en ello. Y eso me parece fundamental: conservar la pasión por lo que te gusta y no perder nunca esa curiosidad casi infantil. Creo que nos parecemos bastante en ese sentido. A él algo le llama la atención, empieza a investigarlo, se apasiona, profundiza y después lo comparte con el público.
En cierta manera, eso es lo que hacían los primeros exploradores. Sentían curiosidad por conocer un lugar, una cultura o una comunidad, viajaban hasta allí, descubrían cosas y después las mostraban. No pretendo compararme con aquellos exploradores, pero sí creo que compartimos esa inquietud. Iker puede acercarse a los temas desde una perspectiva más misteriosa, científica o tecnológica, pero lo importante es esa necesidad de conocer y descubrir, y no permitir que la edad adulta termine apagándola.
De Iker he aprendido, sobre todo, la importancia de mantener la autenticidad. Es una persona auténtica, que ama lo que hace y cree profundamente en ello"
Cada vez que voy a grabar con él regreso con las pilas cargadas. Tiene una energía y una autenticidad que me encantan.
Ceremonia de chamanes, Mongolia
- Cuando uno tiene tanta curiosidad, ¿no corre también el riesgo de acabar decepcionándose?
- Claro, el desafío está en mantener viva esa curiosidad y evitar que las cosas que antes te sorprendían terminen pareciéndote normales. Por ejemplo, he viajado muchísimas veces a Groenlandia, que es un lugar que me encanta, y a veces me descubro contemplando determinadas cosas con una naturalidad que antes no tenía. Ya no me sorprenden tanto, y eso me produce cierta decepción. Quizá por eso voy saltando de una actividad a otra. Cuando siento que he saciado mi curiosidad por algo, busco otra experiencia que vuelva a estimularme.
Pero creo que el mundo es tan grande y existen tantas cosas interesantes que basta con mantener un poco de voluntad para seguir descubriendo. Incluso me parece positivo cambiar de profesión. Respeto muchísimo a quien dedica toda su vida a la música, por ejemplo, pero a veces me pregunto si no siente curiosidad por descubrir otras facetas de sí mismo. Quizá la pintura, la poesía, los viajes, el buceo o cualquier otra actividad también puedan llenar su vida.
Kulusuk, Groenlandia
Tenemos una existencia muy corta. Si a alguien le encanta comer pollo, estupendo, pero ¿va a pasarse toda la vida comiendo pollo sin probar nada más? Espero no tener tiempo de decepcionarme. Si algún día algo deja de interesarme, buscaré otra actividad, otro destino o una experiencia que me permita volver a sentirme como un niño, disfrutando e ilusionándome con cada descubrimiento.
- Ha dicho que siente la necesidad de regresar siempre a Córdoba. ¿Regresa también con el ánimo de redescubrirla?
- Me esfuerzo en redescubrirla. He pasado muchos años de mi vida aquí y creo que he exprimido bastante Córdoba. Llegó un momento en que tenía la sensación de encontrarme siempre con lo mismo: los mismos bares, las mismas zonas, el mismo ambiente. Ibas a un sitio y diez años después te encontrabas prácticamente en el mismo contexto.
Eso tiene también su encanto, porque Córdoba conserva cierta esencia de pueblo, pero creo que le vendría bien cambiar, evolucionar y abrir un poco más sus horizontes al mundo. Cuando regreso me gusta reencontrarme con sus calles tal como las recuerdo, aunque reconozco que a veces tengo la sensación de que es una ciudad que apenas cambia, que permanece detenida en el tiempo. Quizá tenga que ver con su carácter histórico y con esa continuidad que mantiene a lo largo de los años.
En cualquier caso, me encanta volver, estar aquí y empaparme de Córdoba. Después necesito salir de nuevo, alimentarme de otras experiencias y continuar con ese juego de ir y venir que, de alguna manera, llena mi vida. Además, aquí está mi familia, que es una de las razones fundamentales por las que siempre regreso.
Y procuro descubrir una Córdoba diferente cada vez que vuelvo. Me obligo a visitar otros lugares, a no frecuentar siempre las mismas zonas y a conocer barrios que antes apenas había recorrido. Quiero que Córdoba siga teniendo la capacidad de sorprenderme.
Paco Acedo, visto por Samira Ouf
Dos noches en un calabozo egipcio por un dron
El explorador cordobés había viajado a Dahab para grabar un reportaje sobre el Blue Hole, un conocido punto de buceo del mar Rojo, famoso por los submarinistas que han muerto en sus inmersiones. Quería documentar el lugar para un posible trabajo de Cuarto Milenio. «Yo voy, grabo y luego regreso y se lo cuento. Nunca trabajo por encargo», explica. Sabía que estaba prohibido entrar en Egipto con un dron, pero decidió arriesgarse. Buscó un sitio discreto desde el que hacerlo volar y empezó a grabar. «Me columpié. Bajé mucho el dron para conseguir unas tomas muy bonitas, prácticamente a ras del agua». La policía detectó el aparato y se puso a buscar al dueño.
Llegó en mal momento, recuerda Acedo: las autoridades estaban en alerta por un episodio reciente con drones. Lo que parecía una simple infracción administrativa se fue complicando. Los agentes revisaron las imágenes, comprobaron su documentación y llamaron a sus superiores. «Aquello fue una bola de nieve. Cada vez venían más policías, con más galones y caras más serias». Primero lo llevaron a su alojamiento, después a una comisaría turística y por último a la principal, donde le tomaron declaración. Tras seis o siete horas de interrogatorios y gestiones, le dijeron que pasaría la noche detenido.
«Me quitaron los zapatos, abrieron un portón y allí había ocho o nueve personas tiradas en el suelo, cada una con una sábana o una manta. Había un agujero para orinar y nada más». Pasó las primeras horas muy nervioso, también por el comportamiento de algunos detenidos. Logró calmarse pensando que a la mañana siguiente alguien de la Embajada española iría a ayudarlo. No fue así.
Al día siguiente lo sacaron del calabozo, lo esposaron a un policía y lo subieron a un vehículo. «No sabía adónde me llevaban. Miraba por las ventanillas y solo veía montañas y desierto. Ahí tuve uno de los mayores ataques de ansiedad». El agente que lo custodiaba apenas hablaba inglés y trataba de tranquilizarlo repitiéndole que no había ningún problema. Horas después supo que lo llevaban a un juzgado de otra ciudad.
Allí esperó, todavía esposado, hasta comparecer ante un juez. Lo interrogaron de nuevo y revisaron las grabaciones. Descartaron que fuera un espía o un terrorista y lo sancionaron por volar el dron. Según recuerda, la multa superó por poco los mil euros y se quedaron con el aparato. Creyó que ahí acababa todo, pero al volver a la comisaría le comunicaron que pasaría otra noche encerrado.
«Me puse bastante farruco. Quería hablar con la Embajada, pero apareció uno que se puso más farruco todavía y comprendí que no había nada que hacer». Volvió a dormir en el suelo, esta vez en un calabozo distinto, con más detenidos, cucarachas y una luz encendida las veinticuatro horas. Al día siguiente le tomaron las huellas, completaron los trámites y quedó en libertad.
Aquello no le quitó las ganas de arriesgarse. Tiempo después viajó a la India para grabar desde el aire el Ganges en Benarés, aunque sabía que allí también hay restricciones para volar drones. Incluso volvió a pasar por Egipto en una escala. «Me lo detectaron, pero me dejaron continuar. Supongo que si algún día pasa algo, por allí estaré fichado», comenta.