Lo que no son cuentas, son cuentosSamuel Díaz

Colau en el Ritz: cuando faltan ricos, se fabrican

«¿De verdad vamos a resolver los problemas estructurales de nuestras cuentas públicas con otra vuelta de tuerca fiscal?»

La diferencia entre la muerte y los impuestos es que la muerte no empeora cada vez que el congreso se reúneWill Rogers

La izquierda vuelve a sacar su receta favorita: subir impuestos a los ricos. El problema es que cada vez necesita llamar rico a más gente. El escenario no podía ser más simbólico. Ada Colau, desde el lujoso hotel Ritz de Madrid, aprovechó su intervención en Nueva Economía Fórum para recuperar uno de los grandes clásicos del populismo económico: que paguen los ricos. Nada nuevo bajo el sol. Cambian los protagonistas, cambian los eslóganes, pero la receta permanece intacta: más impuestos, más recaudación y más Estado. Lo verdaderamente sorprendente no es la propuesta, sino la facilidad con la que se redefine quién merece llevar la etiqueta de rico.

Colau propone gravar con un 2% los patrimonios superiores al millón de euros y con un 3% los que superen los 50 millones. Pero hagámonos una pregunta incómoda: ¿Alguien cree realmente que tener un millón de euros de patrimonio convierte automáticamente a una persona en ultrarrica?

Un millón de euros es mucho dinero, evidentemente. Permite vivir con cierta tranquilidad patrimonial. Pero una vivienda, un pequeño negocio y unos ahorros acumulados durante toda una vida pueden acercar a alguien a esa cifra sin convertirlo precisamente en un magnate.

Ser acomodado no es sinónimo de ser millonario de película. Y mucho menos de ser ultrarrico. Sin embargo, cuando escasean los ricos que encajan en el discurso, parece que la solución es sencilla: bajar el listón hasta encontrar suficientes contribuyentes a los que señalar.

La propuesta de Colau aspira a recaudar unos 10.000 millones de euros anuales mediante varias medidas fiscales. Una cantidad que, presentada en un mitin, parece capaz de solucionar todos los males nacionales. Pero pongamos los números sobre la mesa.

10.000 millones de euros. Apenas 14 días, 3 horas y 36 minutos de pensiones, según el cálculo planteado. Todo un prodigio de ingeniería fiscal para financiar poco más de dos semanas de una de las principales obligaciones del Estado. ¿De verdad vamos a resolver los problemas estructurales de nuestras cuentas públicas con otra vuelta de tuerca fiscal?

Y hay algo todavía más preocupante: un impuesto sobre el patrimonio no grava necesariamente lo que se gana, sino lo que se posee. Se puede tener patrimonio y carecer de liquidez. Se puede pagar por unos activos que apenas generan rentabilidad. Y se puede terminar consumiendo capital simplemente para satisfacer al fisco.

España necesita una fiscalidad justa y progresiva, desde luego. Pero también previsible, competitiva y respetuosa con el ahorro, la inversión y el esfuerzo. ¿Hasta cuándo vamos a confundir justicia fiscal con castigo al patrimonio? Quizá haya llegado el momento de sustituir estos discursos económicos caducos por preguntas mucho más relevantes: ¿por qué no exigimos mayor eficiencia en el gasto público? ¿Por qué no hablamos de productividad, crecimiento empresarial, salarios y creación de riqueza?

Porque el verdadero progreso no consiste en conseguir que haya menos ricos, sino en lograr que haya menos pobres y más ciudadanos prósperos. El Ritz puso el escenario. Colau puso el eslogan. Y, como siempre, la factura pretende pagarla el contribuyente.

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