Lo que no son cuentas, son cuentosSamuel Díaz

¿Llegamos tarde al futuro?

«No es que España carezca de talento: es que demasiadas veces le obliga a correr con lastre»

El mal economista sólo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá"Henry Hazzlitt

España no tiene un problema de falta de futuro. Tiene un problema de acumulación de pasado. Mientras la economía mundial se disputa la productividad, la inteligencia artificial y las inversiones del mañana, nosotros seguimos pagando la factura de decisiones que sucesivos gobiernos prefirieron aplazar. Y, aunque la economía crezca, crecer no siempre significa avanzar.

Durante décadas, ejecutivos de distinto signo han convertido las grandes reformas en una partida de la «patata caliente». Como en aquel Grand Prix de los años noventa, la consigna parece sencilla: pasar el problema al siguiente antes de que explote. La diferencia es que aquí no hay risas ni premio para el ganador. Hay salarios, viviendas, impuestos y jubilaciones en juego.

La vivienda es quizá el ejemplo más doloroso. Durante años se ha permitido que construir sea lento, que el suelo disponible no se transforme con agilidad en hogares y que las administraciones se pasen responsabilidades. Hoy muchos jóvenes no pueden emanciparse y numerosas familias destinan una parte asfixiante de sus ingresos al alquiler o la hipoteca. Cuando vivir cerca del empleo se convierte en un lujo, también pierde competitividad la economía.

Con la fiscalidad sucede algo parecido: retoques, excepciones y anuncios a corto plazo, pero falta un debate honesto sobre cómo recaudar de manera más eficiente, equitativa y previsible sin castigar la creación de valor. En el gasto público, discutir únicamente si hay que gastar más o menos evita la pregunta incómoda: ¿Estamos gastando bien? Cada euro mal empleado es un euro que no fortalece la educación, la innovación o las infraestructuras.

Y luego está el gran elefante en la habitación: las pensiones. Proteger a nuestros mayores es irrenunciable; fingir que el envejecimiento no plantea tensiones financieras, irresponsable. La AIReF ha advertido de los riesgos fiscales a largo plazo. Añadamos una deuda pública elevada, cuyos intereses compiten con otras prioridades, y el resultado es un Estado con menos margen para invertir cuando más lo necesita.

El precio de tantas «no decisiones» no figura entero en los presupuestos. Se esconde en empresas que no crecen, inversiones que no llegan, productividad que avanza demasiado despacio y salarios que no alcanzan. Se ve en empleos que no ofrecen un proyecto de vida y en generaciones que reciben promesas, pero heredan restricciones. No es que España carezca de talento: es que demasiadas veces le obliga a correr con lastre.

No se trata de exigir milagros ni de negar los avances conseguidos. Se trata de entender que ninguna reforma seria cabe en un eslogan electoral. Necesitamos pactos duraderos sobre vivienda, pensiones y fiscalidad; evaluar el gasto con rigor; contener los desequilibrios sin asfixiar la inversión; y colocar la productividad en el centro de la política económica.

¿Llegamos tarde al futuro? Todavía no. Pero cada legislatura que confunde gobernar con ganar tiempo nos acerca un poco más a esa respuesta. El futuro no espera a que termine la música del Grand Prix. Y esta vez, cuando la patata caliente explote, no será en las manos de los políticos: será en los bolsillos de los ciudadanos.

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