El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Flora y el matojo rodante

«El festival se ha transformado en un cachondeo, con obras de carácter contemporáneo en las que el artista te suelta un discurso kilométrico, vacuo y superficial, para poner un poto tuneado, mientras se lleva un pastizal a cargo del erario»

Cuando entré en el Palacio de Orive, ahí estaba: ese pedazo de matojo.

- ¿Pero no empezaba hoy Flora, o todavía la están montando?

- No sólo empesaba hoy sosio, sino que ehte ha ganao, s'a llevao ventisico mil leuroh. Er tío eh franséh según parese.

Imagino al gabacho como algunos personajes de cómic, con dos bolsas de dinero, una en cada mano, atravesando los pirineos de puntillas para que no se note. El hombre llegó, vio el patio, y se dijo:

- ¡Oh la lá! Incroyable este patió. Me subo un gatito a Los Villagues y cojo unos matogales de ahí y de allá.

Así lo hizo según la reconstrucción de los hechos. Y soltó los matojos y los pegó con Loctite, haciendo un matojo gigante, como un matojo Godzilla o King-Kong.

- Sosio, er de Diputasión sí que era güeno, un campo de mini-golf. Yo me llevao hahta el palo pa cuando se dehpiteh el de seguridá echarme unoh hoyoh.

- ¿Y eso que hay allí qué es?

- Un perro roboh, sosio, como der futuro, ni caga ni ná.

Viendo los ganadores de Flora de este año, además de muchas instalaciones de las últimas ediciones, uno no puede evitar echar la vista atrás, hacia los comienzos de este evento. En principio fue una actividad muy original y novedosa, con muchas obras, algunas desiguales, otras quedaban destrozadas por la lluvia, a alguna se le chuchurrían las flores, pero la idea era magnífica. Y los inconvenientes incluso entrañables. Surgía a la vez que otro festival muy interesante y de escasa duración: el Festival de las Callejas.

Era aquel un modo distinto de engalanar diversos enclaves durante el otoño, y pese a lo dispar de las propuestas, algunas quedaron en el recuerdo de muchos ciudadanos. Poco duró el alborozo, y muy pronto empezaron a colocarse obras de dudoso mérito artístico, a disminuir el número de instalaciones y a incrementarse el de las llamadas actividades complementarias. Finalmente el festival se ha transformado en un cachondeo, con obras de carácter contemporáneo en las que el artista te suelta un discurso kilométrico, vacuo y superficial, para poner un poto tuneado, mientras se lleva un pastizal a cargo del erario. Además, en muchísimos casos, las obras toman formas siniestras u oscuras a propósito, en un canto a la negatividad, lo que contrasta enormemente con los patios que, en teoría, deberían realzar. A su alrededor, cien mil millones de actividades sin sentido, muchas de ellas en días entre semana, lo que supone un derroche de dinero público completamente alucinante.

Esto es así hasta tal punto de que se ha creado el género de comentarios de Flora, donde el público, en foros, grupos o muros de las redes sociales, van dejando sus graciosas impresiones, repletas de guasa andaluza, sobre los muy habituales bicharracos que los supuestos artistas van dejando en el lugar que les tocó, y contra el que parecen querer atentar. Flora es hoy día un verdadero reguero de bobadas y salidas de tono, cuando no directamente estafas, al estilo de aquella escalera de caracol de Yoko Ono en el museo C3A. Que no sé yo por qué no se ha invitado ya a Yoko Ono a que nos ponga unas macetitas, porque es la que falta.

El festival adolece, por tanto, de activitis, esa tendencia a multiplicar las actividades intentando batir un récord de no se sabe qué competición, también de modernitis, con una selección cada vez más elitista y absurda de creadores dispuestos a pegar un plátano a la pared y llamarlo «su obra». Y de regaditis, ese riego de dinero procedente de los impuestos de los cordobeses que parece que no es de nadie, y acerca del que nadie debe responder.

- Por ventisico mil leuroh pongo yo en la prósimah edisión un matojo rodante, que cuando vayah a verlo ya no ehté ahí porque ha rodao pa otro lao, como si fuera la naturalesa efímera de la presensia imposible de fijáh en un ehpasio concreto, eh desí, una absolutah subversión de la obra como ohjeto permanente y una metáfora de la fugasidá.

- ¿Y eso que lleva ahí?

- Er perro mecánico de la Diputasión, sosio, que m'e encariñao con él.

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