El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

La patocracia española

«El espectáculo teatral sobre la vivienda que contemplamos desde días antes del anuncio de las elecciones es tan sólo una función más de esta particular patocracia de más de medio siglo de existencia en la que el PSOE gana hasta cuando pierde»

Si antañazo, que diría Francisco Umbral, una ardilla podía atravesar la Península Ibérica saltando de árbol en árbol, hoy el roedor podría hacerlo de azotea en azotea de piso comprado por preboste del PSOE. Allá donde no alcanzan las ramas, llega la inversión inmobiliaria de aquellos que se muestran en contra de los fondos de inversión mientras firman acuerdos con ellos. Cuando nombraron sus sedes como casas del pueblo, lo hicieron adrede: la casa era literal y ellos el pueblo. Hay un Idealista o Fotocasa alternativo, como la deep web, en la que alquilan, venden y especulan los grandes tenedores del puño y la rosa, que siempre se oponen a que los grandes tenedores sean los demás.

«Sabemos que nos mienten. Saben que nos mienten. Saben que sabemos que nos mienten. Sabemos que saben que sabemos que nos mienten. Y aún así, siguen mintiendo». A estas conocidas frases sobre el totalitarismo soviético atribuidas a Alexander Solzhenitsyn, habría que añadirle otro puñadito en la democracia liberal del 78, hasta que el retruécano se convirtiera en una auténtica parrafada con mentiras de ida y vuelta que concluyesen en lo mismo: «Y aún así siguen mintiendo». Porque no pueden hacer otra cosa.

En el libro 'Ponerología política', del polaco de apellido impronunciable Andrzej Łobaczewski, se analiza cómo determinados regímenes pueden elevar a cotas de poder de todo tipo a psicópatas, sociópatas o trastornados de diversa índole. A su vez estudia el camino contrario, es decir, los mecanismos de influencia que este tipo de personalidades ejercen una vez tienen algún puesto de mando. Finalmente, la conjunción de factores hace que los gobernados -por presión social, miedo o conformismo- claudiquen ante la corrupción, la manipulación y el embuste generalizados. Al resultado lo llama patocracia.

Aunque el autor vivió bajo dos yugos, el comunismo y el nazismo, sus tesis quizá valgan incluso más aplicadas a la tiranía de la democracia, que travestida de libertad individual es capaz de asimilar verdaderas aberraciones que serían severamente rechazadas en dictaduras, autocracias o gobiernos catalogados de represivos. El espectáculo teatral sobre la vivienda que contemplamos desde días antes del anuncio de las elecciones es tan sólo una función más de esta particular patocracia de más de medio siglo de existencia en la que el PSOE gana hasta cuando pierde.

Pero si bien son los socialistas los actores aventajados de esta pantomima, quienes mejor representan el método sin duda alguna, sería injusto decir que trabajan solos. El resto de partidos parecen obedecer a intereses completamente ajenos a la patria e incluso estos mismos días aparecen nuevos y pequeños partiditos, como setas tras las primeras lluvias de otoño, que ni siquiera se molestan lo más mínimo en disimular que tienen a uno o varios lobbys detrás y un generoso patrocinio por el que aparecen en programas de televisión de máxima audiencia día sí, día también.

La mascarada socialista, quizá más histriónica, ruidosa, violenta, retorcida e hipócrita, es sólo la parte más podrida de un cuerpo mucho más amplio y en descomposición. Y esa gangrena afecta a más partidos, instituciones y, como consecuencia, a gran parte de la población. El show electoral ha empezado fuerte. Pero la película tendrá el mismo final de siempre, el que se repite desde hace 50 años, si no se ponen los mimbres para una renovación política verdaderamente profunda que, al menos hasta el momento, ni está ni se la espera.

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