Los cantos de sirena de la política sonarán más fuertes hasta el 29-N
«¿Cómo está realmente España y, sobre todo, como estamos los españoles?»
En tiempos de hipocresía política, los cantos de sirena son mensajes llamativos preñados de seducción, diseñados no para gobernar, sino para comprar obediencias"
Entre el ruido político, las promesas y los grandes titulares económicos, corremos el riesgo de perder de vista la realidad del país y la factura que pueden dejarnos las decisiones de hoy. En La Odisea, Homero relata cómo Ulises, consciente del peligro que representaban los cantos de las sirenas, ordenó a sus marineros taparse los oídos con cera mientras él permanecía atado al mástil. Sabía que aquellas melodías prometían algo maravilloso, pero escondían un destino fatal.
No puedo evitar encontrar cierto paralelismo con la España de nuestros días. Durante los últimos meses, los españoles hemos vivido inmersos en un auténtico bombardeo informativo. Escándalos, enfrentamientos políticos, promesas, titulares económicos triunfalistas y una sucesión interminable de acontecimientos que apenas dejan tiempo para comprender lo verdaderamente importante: ¿Cómo está realmente España y, sobre todo, como estamos los españoles?
Desde el Gobierno socialista se insiste en las virtudes del crecimiento económico, la creación de empleo y la fortaleza de nuestra economía. Y esos avances existen, al menos de forma nominal y no de la forma que los cuenta el gobierno, pero existen. Negarlos sería tan irresponsable como aceptar que explican por sí solos la prosperidad de un país. Porque mientras las estadísticas anuncian crecimiento, muchas familias descubren que trabajar ya no garantiza ahorrar, que independizarse se convierte en una carrera de obstáculos y que llegar a fin de mes exige un esfuerzo creciente.
Los números merecen ser escuchados, aunque desafinen con el relato. La inflación adelantada de septiembre alcanza el 4,9%; la vivienda se encareció un 12,2% interanual en el segundo trimestre y la deuda pública, aunque reduce su peso respecto al PIB, continúa aumentando en términos absolutos. Son datos que obligan a preguntarnos qué clase de prosperidad estamos construyendo. Aquí aparece lo que considero uno de los grandes espejismos de cierta política económica socialista: confundir la capacidad del Estado para gastar y redistribuir con la capacidad de una sociedad para generar riqueza.
Las ayudas pueden aliviar situaciones difíciles, pero no sustituyen la productividad. El gasto público puede ser necesario, pero no es gratuito. Y una recaudación creciente no significa automáticamente que las familias sean más prósperas. Tampoco toda la inflación ni todos los problemas estructurales pueden atribuirse a un único Gobierno. Pero gobernar consiste precisamente en afrontar esas dificultades, no en esconderlas detrás de indicadores favorables.
Quizá el peligro económico más silencioso no sea una crisis repentina, sino acostumbrarnos a una pérdida gradual de expectativas: aceptar que nuestros hijos tengan más dificultades para acceder a una vivienda, que ahorrar sea un privilegio o que una subida salarial apenas compense el encarecimiento de la vida. Y mientras tanto, las sirenas siguen cantando.
Por eso, de aquí a las elecciones del 29 de noviembre, mi invitación es sencilla: hagamos como Ulises y atémonos al mástil. Al mástil de la razón, del pensamiento crítico y de los datos contrastados. Escuchemos las promesas del Gobierno y también las de quienes aspiran a sustituirlo, pero examinemos sus costes, sus resultados y sus consecuencias.
No dejemos que el ruido político nos impida distinguir entre crecimiento y bienestar, entre propaganda y realidad, entre prometer riqueza y hacer posible que se genere. Porque las sirenas nunca dejaron de cantar por voluntad propia. Fue Ulises quien decidió no dejarse arrastrar. Y España necesita, más que nunca, ciudadanos capaces de escuchar el canto sin perder el rumbo.