Quien habla no sentenciaJulia Marín Martínez

Qué escribir cuando no sabes sobre qué escribir

«Hoy toca hablar de la vida. De la mía, concretamente, que últimamente parece escrita por alguien con bastante imaginación y muy poco sentido de la responsabilidad»

Hay semanas en las que las ideas fluyen solas y otras en las que a una le cuesta más encontrar un tema que aparcar en el centro un sábado por la mañana. Esta, por lo visto, pertenece al segundo grupo.

A quienes estamos acostumbrados a producir ideas también nos llega la huelga de la fábrica. El cerebro se declara en servicios mínimos, la inspiración presenta una baja laboral y una se queda delante del ordenador esperando que ocurra un milagro. Y no será por falta de recursos. Hoy contamos con la inteligencia artificial, ese compañero de trabajo que nunca duerme, nunca se queja y siempre tiene algo que decir, aunque a veces tampoco sepa muy bien de qué está hablando. Tampoco faltan acontecimientos públicos, aunque, visto lo visto, hay semanas en las que lo más saludable para la salud mental es no prestarles demasiada atención.

Pero esta columna nació precisamente para otra cosa. Para contar lo que sucede a nuestro alrededor, para detenernos en esas pequeñas historias que normalmente pasan desapercibidas y que, sin embargo, tienen bastante más interés del que les concedemos. Bastante tenemos ya con las grandes columnas de política, economía y actualidad como para convertir también este pequeño espacio en una reunión del Consejo de Ministros.

Así que hoy toca hablar de la vida. De la mía, concretamente, que últimamente parece escrita por alguien con bastante imaginación y muy poco sentido de la responsabilidad.

¡Menuda semanita!

Las semanas con festivos tienen la curiosa capacidad de alterar mi percepción del tiempo. Pierdo el hilo, el compás y, en ocasiones, hasta la noción del día en el que vivo. Este jueves, por ejemplo, sigo convencida de que es miércoles y espero el viernes con la misma ilusión que un funcionario espera que llegue agosto. Mi único objetivo vital es dormir.

El martes comenzó llevando el coche al taller. Una actividad que, por sí sola, ya tiene algo de deporte de riesgo para la economía doméstica. Nada más llegar, el mecánico decidió regalarme una dosis de realidad: en febrero toca revisión, unos 400 euros; después, la ITV; y, por supuesto, habría que añadir el pequeño capítulo de las multas que llevo acumuladas este año.

No es que me crea un personaje de Fast & Furious, ni que haya decidido convertir las carreteras en un circuito de Fórmula 1. Lo mío es bastante más humilde: la zona azul, la Policía Local —sí, llevaba el móvil en la mano, no hace falta que me lo recuerden— y la grúa han desarrollado conmigo una relación de lo más estrecha. A este paso, en lugar de puntos en el carné, voy a necesitar una tarjeta de fidelización.

El miércoles amaneció con mejores perspectivas. Empezaba mis clases de entrenamiento personal y acudía con la ilusión de quien ha decidido cambiar de vida. La ilusión duró exactamente lo que tardaron mis músculos en descubrir que tenían trabajo pendiente.

La primera sesión me ha dejado unos andares difíciles de clasificar: una mezcla entre un Playmobil, una muñeca de Famosa y una señora que está a punto de convertirse en clienta habitual de la ortopedia de la esquina. Subir escaleras se ha convertido en una actividad de alto rendimiento y sentarme requiere una planificación previa. Dicen que el deporte es salud. De momento, yo solo puedo confirmar que es sufrimiento con cuota mensual.

Pero la jornada todavía tenía margen para empeorar.

Del gimnasio me fui directamente a misa. Una combinación que no recomendaría a nadie después de una sesión de entrenamiento personal. Primero tropecé con un banco y, cuando parecía que ya había cumplido mi cupo diario de incidentes, mi subconsciente decidió que había llegado el momento de cambiar de profesión y hacerse sacerdote.

En plena consagración, con la iglesia en absoluto silencio y todos los asistentes recogidos en sus pensamientos, decidí parafrasear al cura. Eso sí, no lo hice en voz baja ni con discreción. Lo hice con el mismo volumen que un altavoz de verbena en las fiestas del pueblo. Hay quien va a misa a buscar la paz interior; yo fui a comprobar si todavía me quedaba alguna posibilidad de conseguirla.

Y hablando de gritos, hagamos un salto temporal hasta el sábado, porque la semana todavía tenía reservada otra sorpresa.

Decidimos ir al bingo. Yo, empeñada en no llevar el DNI encima, inicié una negociación con la recepcionista que estuvo a punto de convertirse en un asunto de Estado. Litigué con ella, con el director y, de haber hecho falta, habría solicitado la presencia del presidente de la Junta de Andalucía. Después de semejante despliegue diplomático, conseguí entrar.

Mi amigo Álvaro cantó bingo. Hasta ahí, todo normal. Lo extraordinario llegó cuando decidí cantarlo yo también, con la fuerza de un huracán y la convicción de quien acaba de ganar la Lotería de Navidad. El problema es que, cuando vinieron a entregarme el premio, descubrí que me faltaba un número.

Y allí estaba yo, tan tranquila, anunciando que había cantado bingo sin tener bingo. La seguridad con la que defendí mi victoria merecía, como mínimo, un premio de consolación. O un curso de matemáticas básicas.

Quizá lo mejor, o lo peor, todavía esté por llegar. Este sábado me voy al Castillo de las Guardas con toda la ilusión del mundo. Aunque, teniendo en cuenta el historial de esta semana y el currículum de aventuras que llevo acumulado en la vida, no descarto que de allí salga algún vídeo digno de hacerse viral.

Al final, quizá de eso se trate escribir una columna: de encontrar una historia incluso cuando parece que no la hay. De mirar alrededor, reírse un poco de lo que nos sucede y entender que, a veces, la actualidad más interesante no está en los grandes titulares, sino en las pequeñas calamidades que nos regala la vida.

De momento, seguiré buscando temas, intentando llegar a fin de mes sin nuevas facturas del taller y procurando no cantar ningún bingo sin los números correspondientes.

Y si el próximo viernes no encuentran mi columna en estas páginas, no piensen que ha vuelto el bloqueo creativo. Puede que haya encontrado una vocación más rentable: la de influencer. Aunque, visto lo visto, antes de hacerme famosa tendré que aprender a llevar el DNI encima, distinguir los días de la semana y, sobre todo, contar hasta quince.

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