El rodadero de los lobosJesús Cabrera

La lección de Adamuz

«En ambos accidentes ferroviarios se ha repetido una situación que, posiblemente tenga su explicación, pero que es profundamente inhumana»

La tragedia ferroviaria de Adamuz está tan reciente, tan terriblemente reciente en la memoria de todos que las comparaciones brotan solas con el accidente de Urda. Las escenas son las mismas, con vagones volcados, grúas, ambulancias, helicópteros, camillas y un enjambre de personas, entre servidores públicos y ciudadanos anónimos que trabajan sin mirar el reloj rescatando cuerpos, atendiendo heridos, consolando familiares.

Las imágenes se repiten en carpas, polideportivos adaptados, cajas con bocadillos y puertas de hospitales que forman parte de un guion tan doloroso en cada línea que encoge el estómago a cualquiera. Qué pocas diferencias hay entre lo de Adamuz y lo de Urda, tan pocas que hasta los responsables políticos siguen siendo los mismos, como si el más del centenar de muertos fuera cosa de otro.

En ambos accidentes ferroviarios se ha repetido una situación que, posiblemente tenga su explicación, pero que es profundamente inhumana. Es el despiadado peregrinar de los familiares por hospitales buscando y rebuscando a sus parientes, y topándose de frente con una negativa que puede tener su explicación técnica, que puede ser lógica en las primeras horas pero no tiene justificación alguna al día siguiente y al otro. En pleno siglo XXI cuenta entender esas situaciones.

Frente a estas similitudes hay dos aspectos que se han reforzado desde Adamuz a Urda. Uno de ellos es el descaro del Gobierno en hacer saltar por los aires el tan pregonado principio de transparencia. La información ha circulado con mucha mayor dificultad, con obstáculos incluso y siempre orientada a derivar responsabilidades y a buscar culpables ajenos al Ejecutivo. El numerete de la llegada de los heridos a la estación de Córdoba fue más digno de un país no democrático que de España. Sólo se ha informado de lo que reforzaba el relato del Ejecutivo, con el objetivo de desviar toda la responsabilidad hacia quien menos culpa tiene en esta historia. De vergüenza, vamos.

El otro aspecto que se ha incrementado en estos meses transcurridos entre ambos siniestros ferroviarios es el de la presencia de la espiritualidad como un elemento que se muestra sin complejos. Si en Adamuz jugó la Iglesia un papel que fue agradecido por una inmensa mayoría, en el caso de Urda ha ido incluso más allá. Afortunadamente se ha perdido el miedo a hablar de la religión en estos momentos límites. Desde el miércoles hemos escuchados numerosos testimonios en los que la fe en Dios no sólo ha estado presente sino que ha brillado como hacía años que no ocurría.

Las víctimas de Adamuz, mayoritariamente de Huelva, sentaron un precedente de los que marcan época cuando se negaron a la ceremonia laica que pretendía imponer el Gobierno de Pedro Sánchez. Como es normal, optaron por un funeral que fue todo un ejemplo de cómo es la sociedad actual que no se ha dejado adiestrar.

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