El rodadero de los lobosJesús Cabrera

La experiencia cordobesa

«Ni los vinilos, ni las macetitas pintadas de azul con geranios más que famélicos levantaron pasiones entre los visitantes del expositor de la capital»

Nos cuentan que Córdoba dispondrá en la próxima edición de Fitur de un doble stand. La cita anual con la Feria Internacional de Turismo da este año un salto de calidad con una propuesta que rompe los moldes habituales y se acomoda, dicen, a las necesidades del mercado.

Nunca he sabido descifrar qué es más importante, si estar en Fitur o que se sepa que estás en Fitur. Muchos dudan de su utilidad y todos los gobiernos municipales que ha tenido Córdoba han defendido la rentabilidad de participar en esta cita mientras desde la oposición se ha cuestionado el beneficio reportado a la ciudad. Al margen del plano político, el ciudadano de a pie, alejado de disputas partidistas, sólo recibe en los días de Fitur un aluvión de fotos, vídeos y demás, con una presencia absoluta de cordobeses, en muchas ocasiones copa en mano. De ahí lo de Fritur.

Pero para el próximo año se piensa cambiar la estrategia. Córdoba espera sorprender a los denominados prescriptores turísticos con su doble expositor: el clásico, que es el de toda la vida, el de los folletos, las azafatas, las mesas altas con taburetes y un miniauditorio que cada día se llena de cordobeses ávidos de que les cuenten lo que ya saben de Córdoba, de los Patios, de la Semana Santa, de las Caballerizas Reales o del salmorejo.

El nuevo stand, dicen, será algo distinto, «un espacio de carácter experiencial», que tiene el objetivo de «crear un vínculo emocional entre el turista y las actividades que realiza en el lugar visitado»; es decir, como estar en Córdoba pero sin pisar Córdoba.

Se ve que la recreación de otros años de patios de pega no ha dado resultado. Ni los vinilos, ni las macetitas pintadas de azul con geranios más que famélicos levantaron pasiones entre los visitantes del expositor de la capital. Por eso, quizás, se ha dado el salto de la simulación a la experiencia, con un recinto del que se saldrá con la misma sensación con la que los turistas bajan la escalera mecánica de la estación de trenes camino de su casa.

Ese «espacio de carácter experiencial», se supone, hará vivir el impacto de entrar en un patio bañado del sol primaveral, pleno de color y naturaleza, con el sugerente olor del sofrito que sale de la cocina. O acaso reproducirán los empujones y codazos al cangrejear delante de un paso en la calle Deanes.

Las verdaderas experiencias se viven en Córdoba. Es asomarse a un patio que ni siquiera se presenta a concurso y que le digan a uno «pase usted». Que pregunte dónde está el Palacio de Viana y que la señora cargada de bolsas te acompañe hasta la puerta o escuchar de madrugada el sonido del agua en la fuente del Potro, de la Fuenseca o de la Piedra Escrita.

Las experiencias, repito, hay que vivirlas en Córdoba. Hay que quejarse de la dureza del empedrado de la plaza de Capuchinos para comprender al instante que ese lugar no admite otro pavimento o distinguir entre las campanas de San Andrés y de San Lorenzo. Es recibir a bocajarro la respuesta desabrida de un tabernero cordobés o el placer de desliar un palillo de pan envuelto en papel de seda.

Estos, y muchos más, son los «vínculos emocionales» que la ciudad establece con el visitante y viceversa. Una pantalla de alta resolución o unas gafas en 3D difícilmente pueden sustituir lo que se ha ido moldeando con el paso del tiempo y de generaciones. Deseando estoy de que se inaugure Fitur.

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