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Agua de timónCarmen Martínez Castro

Fátima o la bondad

Ella contribuyó a hacer de España un país mejor y quienes hemos disfrutado del privilegio de su amistad podemos decir, como Lope de Vega del amor, que hemos probado la bondad y gracias a ella sabemos lo que es

Vengo de enterrar a Fátima y sé que mi vida será mucho más triste a partir de ahora. Ya no tendré esas largas conversaciones de cada mañana para comentar las noticias del día, ni las liadas para asistir a cualquier acto inverosímil, tampoco ese WhatsApp que echaba humo. Con sus enredos y sus planes inagotables, Fátima era la energía que nos iluminaba a todos. Era materialmente imposible no ser amiga de ella; se empeñaba en buscarte, en acogerte, en cuidarte. No te daba opción: tenías que quererla, sí o sí.

No escribo este artículo para despedir a una amiga irreemplazable ni para dejar constancia de un dolor que comparto con tantas otras personas. No vengo a lamentar mi pérdida personal, sino la pérdida para España de esta mujer única. Allá donde estuviera Fátima, estaba trabajando por el bien común: negociando una reforma laboral o buscando un cargamento de botas de agua para los equipos de limpieza tras la Dana; en el Gobierno, en el Partido Popular o en su querida Fundación de la CEOE, a la que dedicó tantísima energía. Fátima siempre estaba trabajando por su país, en lo grande y en lo pequeño, si es que hay algo pequeño cuando se trata de mejorar la vida de la gente.

Se desvivía por España tanto como se desvivía por sus amigos y hoy, en su despedida, compruebo reconfortada que, en contra de lo que pudiera parecer, la bondad no pasa inadvertida, resplandece por encima de tanta miseria y, cuando se hace presente, aun en condiciones tan dramáticas, nos hace mejores a todos. Fátima nos enseñó que la bondad existe y que no está reñida con la competencia, ni con la alegría, ni con las risas, ni con su puntito de mala leche.

Al homenajear a Fátima en su despedida, hemos recordado algo que casi habíamos olvidado: que la política no tiene por qué ser un estercolero, que se puede ser un gestor muy eficaz sin dejar de ser amable o de rezar a esa Virgen del Rocío que hoy la tiene a su vera. Habíamos olvidado que la virtud, la ejemplaridad o la decencia no son extravagancias, sino el auténtico fundamento moral de nuestra sociedad y lo que deberíamos esperar de nuestros representantes. Recuerdo la generosidad de Fátima y veo esa misma grandeza en todas las personas y los servidores públicos que se han volcado por atender a las víctimas del accidente en el que perdió la vida. Si ella estuviera con nosotros, ahora mismo estaría revolviendo Roma con Santiago para ayudar a todos los damnificados, al igual que hizo en el accidente de Adamuz.

En nuestras bromas privadas, Íñigo Méndez de Vigo le había puesto el mote de «la ministra victoriosa» porque lo fundamental de su reforma laboral había sobrevivido a los destrozos de este Gobierno. Hoy pienso que esa es sólo la menor de sus victorias. Pasó por la vida pública arreglando problemas, haciendo el bien y sin dejar de hacer amigos, que casi tiene más mérito. Además, en esta última hora, nos ha recordado la política a la que tenemos derecho a aspirar y nos ha dado esperanza; no estamos condenados a tolerar esta pesadilla porque sabemos que existen políticos como Fátima Báñez.

Ella contribuyó a hacer de España un país mejor y quienes hemos disfrutado del privilegio de su amistad podemos decir, como Lope de Vega del amor, que hemos probado la bondad y gracias a ella sabemos lo que es. Intentaremos hacer honor a su ejemplo, aunque será muy difícil sin sus llamadas, sin sus whatsapps y sin sus enredos.

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