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Agua de timónCarmen Martínez Castro

Los cocineros de Kitchen

En el juicio no se dilucida como creen algunos la palabra de Bárcenas contra Rajoy, sino la de Bárcenas y Villarejo contra un grupo de policías con años de experiencia

El Debate recordaba ayer uno de los grandes bulos de la política contemporánea, la anotación con el nombre de Mariano Rajoy en los famosos papeles de Bárcenas. Ante la justicia se acreditó que los papeles habían sido manipulados por el propio tesorero del PP para incriminar a Rajoy y a otros cargos políticos. Hasta Bárcenas lo reconoció: los papeles eran falsos, pero ello no les impidió abrir ciertos periódicos durante años y ser todavía hoy material de batalla en redes sociales.

Lo mismo puede decirse de los famosos ordenadores de Bárcenas. Siete años de instrucción, de portadas y de interminables tertulias para acabar en la absolución de todos los implicados. Otro invento de Bárcenas, pero esos cargos socialistas que borran sus teléfonos en cuanto los cita un juez, siguen haciendo chanzas en mítines y sesiones parlamentarias con la trola de los famosos ordenadores destruidos a martillazos.

A algunos compañeros no les ha gustado nada que Rajoy dijera esta semana que el caso Kitchen no existe y que en este escándalo no hay más que el intento legal de unos policías de encontrar la fortuna que un ladrón había escondido en el extranjero. La duda es más que razonable. ¿Para qué montar una operación ilegal de destrucción de documentos cuando esos mismos documentos habían estado almacenados más de dos meses en un despacho de Génova? Algo tan absurdo como llamar a Rajoy, el asturiano.

Las fuentes de autoridad sobre las que se construye este caso son Bárcenas y Villarejo y ambos han acreditado sobradamente su capacidad de mentir y de utilizar los medios de comunicación en su beneficio. La última hazaña de Villarejo fue librarse de un fiscal incómodo gracias a la oportuna filtración sobre un supuesto lío con la abogada de Podemos. Falso pero útil, la cosa acabó en nada, pero el fiscal ya había quedado fuera de la investigación.

Rajoy dijo en el juicio que el PP confió en Bárcenas hasta que supo que tenía 48 millones en Suiza. Políticamente pagó con creces aquel error de juicio. Lo mismo ocurre a quienes trataron con Villarejo, ahora son víctimas de aquella relación tóxica: a Francisco González, expresidente del BBVA, le piden 173 años de cárcel –supongo que si escribe una cartita de arrepentimiento como un etarra cualquiera, podrá librarse–, Francisco Martínez se sienta en el banquillo y Dolores de Cospedal ha visto lastrada su carrera profesional por sus conversaciones con el comisario. Los únicos que han salido indemnes del contacto con Villarejo son los periodistas cuando, sin ellos, Villarejo nunca hubiera podido crear sus redes mafiosas. El episodio entre el comisario y «Javierito» Ruiz ilustra sobradamente la naturaleza de esas relaciones tan poco altruistas.

En el juicio de Kitchen no se dilucida como creen algunos la palabra de Bárcenas contra Rajoy, sino la de Bárcenas y Villarejo contra un grupo de policías con años de experiencia y una larga trayectoria profesional que hoy son víctimas de este par de delincuentes expertos en jugar a su antojo con la conversación pública en España. Todos los procesados en este episodio no llegan ni en sueños al patrimonio que han conseguido amasar sus guionistas.

La prensa hace mucho que dictó sentencia sobre el caso Kitchen: allá donde haya un político hay un culpable. Esa es la que algunos llaman verdad «periodística» convenientemente diseñada por los cocineros de este caso. Ahora toca esperar que la justicia dictamine la verdad a secas.

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