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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

La extracción

Un amigo me pide encarecidamente que cuente su pesadilla recurrente, a mí me parece una gamberrada, pero a fuerza de insistir…

Uno de mis amigos lleva varios días con su particular cachondeo: «A ver, Luigi, ¿cuándo vas a contar mi pesadilla en un artículo?». Intento escaquearme: «La veo excesiva, no sé…». Pero ayer me volvió a llamar y seguía con su coña: «¿Qué pasa con mi pesadilla, Luis? Para justificar escribirla siempre puedes decir que estoy tan agobiado con este sueño recurrente que he consultado a un psicoanalista –argentino, por supuesto– y me ha dicho que la única terapia para superarla es ‘verbalizarla’, como dicen los tertulianos del corazón de Telecinco?, y dicho esto se empieza a reír él solo a cuenta de su pesadilla. Y me acaba contagiando. Así que, con la venía, procedo a reproducir su agobiante sueño tal y como me lo ha contado:

Todo empieza en la Casa Blanca. Donald, reunido con Rubio y Vance, estalla y da una palmada sobre una carpetilla del servicio secreto, clasificada «only for you eyes», que reposa sobre su mesa del Despacho Oval. «Esto de que haya ido hasta Pekín a decirle al chino que lo apoya para que invada Taiwán es inaceptable. Esto ya lo supera todo. Esto es la gota que colma el vaso. Este tío juega con fuego. Se acabó. ¡Vamos a por él!». Rubio, con su rostro hierático, calla cautamente. Vance intenta una objeción técnica: «No se puede, presidente, están en la OTAN…». Pero Trump lo silencia con un gesto imperioso. Ya ha tomado su decisión: «A por él, muchachos». Una llamada al Pentágono… y en el mayor de los secretos comienza la «Operación Pavo Rojo».

Tres y media de la madrugada en Madrid. El traqueteo de unos helicópteros militares rompe el silencio en las afueras de la metrópoli. Las naves descienden sobre un jardín palaciego. A pesar de la sofisticación de sus silenciadores, el sonido del batir de aspas sobresalta a las docenas de fontaneros que todavía trabajan en la Moncloa, porque el Líder Supremo quiere que su ejército de asesores mantenga activa la máquina de propaganda las 24 horas del día. La insólita imagen de los helicópteros MH-47 y MH-60 aterrizando en la zona más despejada del jardín provoca el pánico. Los asesores huyen en tropel aterrados, como una estampida de bisontes.

Los especialistas de los Delta Force acceden rápidamente al interior del Palacio, porque los agentes de seguridad están distraídos jugando al mus en su caseta, o escuchando en podcast el resumen de los carruseles deportivos, y son rápidamente inmovilizados.

Una ímproba labor de espionaje, en la que ha colaborado con entusiasmo el Mossad, ha facilitado a los comandos estadounidenses el plano detallado del edificio. Saben a donde tienen que ir, donde van a encontrar al objetivo que hay que extraer, denominado con el nombre en clave de ‘Pavo Rojo’. Así que en menos de un minuto acceden al dormitorio. El asalto a la suite presidencial es tan vertiginoso que cuando irrumpen los soldados, la pareja se encuentra todavía en el lecho, en el mítico colchón cuya compra relata detalladamente el aclamado libro de memorias ‘Manual de Resistencia’.

El líder, que arrastra severos problemas de insomnio por sus múltiples problemas políticos y morales, se encuentra en vela, mirando fijamente el techo con una expresión entre ida y furiosa. La primera dama ronca todavía a su lado, con la faz cubierta por una mascarilla de belleza de color verde pistacho, que asusta un poco a los Delta Force en el primer vistazo. El líder se encara con los comandos embozados: «Mi Persona no va a permitir esto. Están ustedes violentando todas las convenciones del derecho internacional. Quiero dejarles bien claro desde ya que estoy en el lado correcto de la historia».

«OK, lad», le dicen los soldados como quien oye llover antes de llevárselo. Mientras tanto, otra unidad lleva a cabo un rápido registro del resto del Palacio. En el Cuarto de la Música encuentran al Maestro Azagra, agazapado bajo un piano de cola. Su envergadura delata su torpe escondrijo. Pero los Delta Force no se lo llevan: «He’s just de freak musician of ‘Danza de las Chirimoyas’. Keep on going…».

La primera imagen que se difunde de Mi Persona es ya en Nueva York, bajando de un helicóptero en chándal, con chancletas de goma y unos calcetines de El Ganso. Se le ve todavía más desmejorado que de costumbre, aunque intenta una sonrisa a lo Joker al ver las cámaras. El pueblo español asiste atónito a la emisión, que divide al país. La extracción suscita numerosas y enérgicas protestas, pero también la apertura de incontables botellas de espumoso. La operación ha concluido con éxito. ¿Qué pasará ahora?

Y aquí concluye el relato de mi amigo tal y como me lo ha contado. «Qué disparate», le digo. Pero él sigue riéndose solo: «Pues está haciendo méritos, ya no le falta de nada».

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