Fundado en 1910
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Al revés que Lord Jim

Resulta gratificante descubrir tan tarde, cuando ya no está por aquí abajo, que fue un héroe anónimo que supo tomar la decisión más dura

Como es sábado, disculparán que les cuente un cuento de la vida real. Una historia que comienza con un polaco en Ucrania y acaba con un gallego en los mares de Irlanda.

No muchas personas habrán llevado una vida más errante que Jòsef Teodor Konrad, nacido en 1857, en el seno de una familia polaca de la pequeña nobleza, afincada en una Ucrania entonces rusa. Su padre era un escritor con veleidades revolucionarias, que acabaron mal y llevaron a su prole de aquí para allá. Su hijo Jòsef les salió letraherido y muy sensible. Como tantos sentimentales, en la edad adulta ocultó su emotividad a flor de piel con una careta de impasibilidad. Además, sufrió severas depresiones y hasta intentó descerrajarse un tiro en el pecho.

A los 13 años, Jòsef Konrad sorprendió a los suyos comunicándoles que quería ser marino. Dicho y hecho: a los 17 se plantó en el puerto de Marsella para iniciar su carrera en la mercante, que se prolongó durante 19 años en cargueros franceses e ingleses. Al final de la veintena se instaló en Inglaterra. Tardó mucho en hablar inglés de manera fluida. Pero al final se convirtió en Joseph Conrad, un pequeño -o gran- clásico de la narrativa en la lengua de Shakespeare.

A los 32 publicó su primera novela y dejó de navegar, con la ambición de convertirse en escritor de huella. Lo consiguió, buceando en las entrañas del alma humana, con sus sombras y sus fogonazos de luz, y captando la atmósfera de los imperios europeos de entonces. Coppola se inspiró en su breve relato El corazón de las tinieblas para componer el viaje alucinado a la guerra de la soberbia e inagotable Apocalypse Now.

En el comienzo del siglo XX, Conrad publica Lord Jim (que cuenta también con su excelente película, protagonizada por el hipnótico borrachín Peter O’Toole). Jim, un joven marino inglés, se enrola en el mercante Patna como primer oficial para trasladar a la Meca a 800 peregrinos. Todo discurre en calma, hasta que una noche revienta el casco. El pasaje percibe con alarma que el navío se está yendo a pique. Jim implora a sus superiores que arríen los botes de salvamento para auxiliar a los pasajeros. Pero el capitán y dos tripulantes se niegan, pues quieren salvarse ellos. Nada les importan las vidas a su cargo.

Jim se enfrenta entonces a un dilema angustioso, de esos que se dan una vez en la vida y desvelan de qué pasta moral está compuesta una persona. Puede elegir quedarse a bordo y cumplir con su deber. O puede salvar su vida a costa de su honor y de vulnerar las leyes del mar. Vencen el egoísmo y la cobardía y Jim salta al bote del capitán. Pero el miserable comportamiento de los tripulantes acabará siendo descubierto. Ese desdoro marcará el resto de la vida del marino. Su existencia se convertirá en un permanente intento de enjugar aquel fatal error de juicio, una decisión equivocada que tomó en solo unos segundos.

En su día leí el Lord Jim de Conrad y también he visto la película que rodó Richard Brooks en 1965. Me he acordado de ellas de nuevo porque de manera inesperada, y a una edad en la que ya no contaba con ello, me he topado con un gratificante reverso de esa historia. Yo ya sabía, por supuesto, que mi padre, Roque Ventoso Oujo, había naufragado en el Gran Sol unos años antes de casarse con mi madre. Era él un jovencísimo patrón de pesca, que mandaba un cascajo de madera achacoso llamado Monte Jaján. Un temporal de Gran Sol desarboló el barco y él organizó el salvamento de toda su tripulación y fue el último en saltar. Esquivaron la hipotermia y el ahogamiento porque se dio la bendición de que faenaba cerca otro pesquero gallego de más porte, El Espenuca, que los rescató. El feliz desenlace y su llegada a tierra fue noticia en portada de la prensa coruñesa de entonces.

Pero hace unos días, tomando café con mi madre en su casa, resulta que a sus 88 años le dio por relatarme la historia completa. Tras pasar a la tripulación al otro barco, resultó que a bordo del Monte Jaján, que ya se empezaba a hundir, quedaban todavía dos hombres, pero solo había medios para rescatar a uno de ellos. Esos últimos de la fila eran el patrón de pesca, mi padre, y el patrón de costa, su hermano mayor, José.

Y aquí es cuando llega la novedad que me ha contado ahora mi madre: «Aunque en verdad en el barco mandaba tu padre, que era el patrón de pesca, formalmente, según las leyes náuticas, el primer oficial del barco era tu tío, como patrón de costa de a bordo. Así que él tenía que ser el último en abandonar el barco. Pero tu padre le dijo: 'José, tú tienes hijos y yo no. Así que sálvate tú y yo me quedo'». Así lo hicieron.

Pero el patrón del barco rescatador no se resignó: «Ese hombre no va a morir ahí solo como un perro. Nuestro barco es más fuerte, vamos a empujar contra el suyo y que salte». Hicieron la aproximación, mi padre, con la agilidad de los veinte años, saltó. Salvó su vida y por eso puedo estar contándoles hoy estas batallitas, para mí tan emotivas.

En la misma tesitura que Lord Jim, aquel marinero sin miedo –o capaz de controlarlo–, tomó la decisión contraria antihéroe de la novela de Conrad. Y nunca alardeó de ella. Ahora, cuando empiezo a encarar el tramo crepuscular de mi vida, resulta que he enterado de que soy hijo de un héroe del mar. Confieso que no me ha disgustado.

Algún día, un cineasta de buen pulso, o un literato con arte, tendrá que contar la historia de todas aquellas personas anónimas que hicieron prosperar a sus familias arando los mares bravos, grises y fértiles del Gran Sol.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas