España, paraíso woke
El caso de Noelia no es una excepción, puede haber más en el futuro porque la ley se hizo como todo: deprisa, corriendo y sin querer escuchar a quienes están tratando con este drama día a día
Andaba Pedro Sánchez muy ocupado, concediendo a los medios internacionales las entrevistas que niega sistemáticamente a los periodistas de aquí, cuando nuestro país fue noticia por otro motivo distinto a los habituales desplantes de nuestro presidente contra Trump. El rostro de Noelia Castillo con esos enormes ojos anegados de desesperanza se coló en las webs y las redes sociales de medio mundo. España fue noticia porque en este país una joven de 25 años, con serios problemas mentales y acreditadas pulsiones suicidas, recibió la ayuda de los poderes públicos para lograr su terrible objetivo.
Mientras no le vimos la cara a Noelia, su caso era apenas una línea perdida entre la maraña de informaciones que deglutimos cada día: un padre y una hija pleiteaban en los tribunales por la eutanasia que solicitaba la joven; la cosa apenas pasaba de disputa familiar, pero en cuanto la muchacha salió a los medios, tomó cuerpo el drama de la eutanasia. Hay películas, episodios de series de televisión e incluso algunos anuncios comerciales en otros países que se empeñan en presentarnos el rostro amable de la eutanasia, el morir bonito, la supuesta dignidad, la libre elección del momento del adiós, pero el caso de Noelia ha barrido de golpe tanta propaganda. El dolor que hoy sentimos por ella y el estremecimiento que nos ha causado su muerte es el que ignoramos mientras debatimos sobre la eutanasia como un más de las banderas de la guerra cultural, como los toros, el cambio climático o el consumo de carne de vacuno.
El caso de Noelia no es una excepción, puede haber más en el futuro porque la ley sobre este asunto tan fundamental se hizo como todo, deprisa, corriendo y sin querer escuchar a quienes están tratando con este drama día a día. Tampoco constituyen una excepción las pulsiones suicidas de esta desgraciada muchacha, los problemas de salud mental de nuestros adolescentes se han multiplicado en los últimos años, al igual que las cifras de suicidios. Hoy el suicidio es la principal causa externa de muerte entre jóvenes y adolescentes; las consultas y las hospitalizaciones psiquiátricas se han disparado a raíz de la pandemia, pero era una tendencia que ya venía de atrás.
Después de la polémica de estos días, me pregunto a cuántos de esos miles de jóvenes con problemas se les ha animado a pensar que su solución puede ser la que Noelia buscó con tanta tenacidad.
Presentar la muerte voluntaria como algo bonito y noble o como un canto al libre albedrío es una atrocidad, siempre y en cualquier circunstancia, cuando se trata de una joven de 25 años, pero también cuando se trata de un anciano enfermo, cuya vida merece la misma dignidad y consideración. No hace falta ser creyente para entender que la vida es el mayor don que recibimos y merece toda la protección que seamos capaces de brindarle.
La respuesta del Gobierno a la terrible conmoción que ha causado el suicidio asistido de Noelia ha sido el anuncio de que se van a acelerar los plazos de la eutanasia para los casos urgentes. Curiosa urgencia por parte de un Gobierno que demoró más allá de lo razonable las ayudas que los enfermos de ELA tuvieron que reclamar durante años. No sé si pretenden convencernos de que hubiera sido mejor que Noelia muriera a los 23 años y no a los 25 después de haberle ganado a su padre la batalla legal por su suicidio. España se ha convertido en el paraíso de la sinrazón, lejos de enmendar una ley que ha permitido esta tragedia, el Gobierno nos propone que se acelere.