La verónicaAdolfo Ariza

Un singular maestro de espiritualidad

«Perdí el control de mí mismo. Dejé de ser el piloto de mi alma, sin darme cuenta»

No hace mucho que, junto con un grupo de alumnos, he podido adentrarme en el De profundis del más que controvertido y decimonónico escritor inglés Oscar Wilde. Es lo que tiene la literatura que, de forma sorpresiva, te sitúa en un nivel de pensamiento y de consideraciones a las que en un principio nunca hubieras pensado llegar y te da la sorpresa de ofrecerte una luminosidad que sobrepasa toda etiqueta o juicio previo. Por lo que en este escrito - fruto de su estancia en la prisión de Reading durante dos años – de repente se revela un singular maestro de la más genuina espiritualidad cristiana. Tal y como es confesado por Wilde «el amor no regatea en el mercado, ni usa balanzas», «su dicha, como la del espíritu, está en sentirse vivo» y «su esfuerzo consiste en amar, ni más ni menos». Es este impulso y este motor el que hace de la narración de su experiencia un verdadero espejo de almas.

Wilde, de vida no precisamente ejemplarizante, se puede permitir ese lujo en función del nexo «intimo e inmediato entre la verdadera vida de Cristo y la verdadera vida del artista» que cree percibir. Es «la humildad del artista» la que le lleva a «aceptar sin condiciones todas las experiencias, así como su amor estriba sencillamente en su sentido de la belleza, que revela al mundo en cuerpo y alma».

El romántico ha sido objeto de aquel odio que «ciega a las personas» y que impide «ver más allá del reducido jardín» de los «deseos cotidianos»; un jardín, por otra parte, «cercado y ya marchito por el placer». Para el autor del De profundis el drama radicaría en «una terrible falta de imaginación» – «un letargo moral» - que no hace sino ver únicamente «los intereses más mezquinos y los objetivos más pobres» y en el peor de los vicios que es la superficialidad. Tenía muy claro que «los pecados de la carne no son nada» puesto que «son enfermedades que puede curar el médico, si es que conviene acceder a su curación»; «pero los pecados del alma, aisladamente considerados, son vergonzosos». Con qué claridad barrunta que no puede «tener siempre en el corazón una víbora que nos devora, y levantarse cada noche para sembrar espinas en el jardín del alma». Hay sabiduría en Wilde al lamentarse por haber olvidado que «la más pequeña de las acciones de cada día forma o destruye el carácter, y que, por lo tanto, algún día habremos de gritar desde el tejado lo cometido en el secreto de la alcoba». Con resolución reconoce: «Perdí el control de mí mismo. Dejé de ser el piloto de mi alma, sin darme cuenta».

Contra toda lógica considera que «allí donde hay dolor es lugar sagrado» y tiene muy claro que las únicas personas que quiere tener junto a sí «son los artistas y aquellos que han sufrido, los que conocen lo que es la belleza y el dolor». «En realidad el dolor es una revelación, pues, por él uno conoce aquello en que nunca se había pensado, y se considera la historia bajo un muy distinto punto de vista».

De la Divina Comedia de Dante ha aprendido a situar «en las profundidades del infierno a los que se obstinan en vivir en la tristeza»: «los que están sumidos en la dulzura de la melancolía viven bajo el lodo del infierno, y gimen para siempre entre suspiros: ‘Tristes estuvimos / en el aire dulce que con el sol se alegra’». Es plenamente consciente de lo que la accidia tiene de verdadera enfermedad del espíritu. Confiesa que le cuesta «comprender cómo Dante, que dice que ‘el dolor nos vuelve a unir a Dios’, podía mostrarse tan duro para aquellos enamorados de la melancolía, si es que verdaderamente los había» y sin embargo es una de «las mayores tentaciones» de la vida. ¿Qué se gana con un permanente envolverse «en una aflicción profunda, como un rey en su púrpura»?

Para este tan singular maestro en el espíritu «Cristo tiene su lugar entre los poetas». «Ni en Esquilo ni en Dante, el austero maestro de la ternura; ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas; ni en todos los mitos y leyendas célticas, en los cuales la gracia del mundo brilla a través de una niebla de lágrimas, y la vida de un hombre no vale más que la de una flor, no hay nada que, por su pura sencillez, unida a la sublimidad del efecto trágico del que nace, no hay nada que pueda equipararse, ni siquiera acercarse, al último acto de la historia de la Pasión de Cristo». En la profecía de Isaías - «Era el más despreciado y el más indigno de los hombres, estaba lleno de dolor y enfermedades. Tan despreciado era, que nos ocultamos el rostro ante él» - intuye, contemplando a Cristo, que «toda obra de arte es el cumplimiento de una profecía, pues toda obra de arte es la conversión de una idea en imagen» ya que «toda criatura humana debería ser igualmente el cumplimiento de una profecía, ya que toda criatura humana debería ser el cumplimiento de un ideal […] a los ojos de Dios».

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