La verónicaAdolfo Ariza

No tomarás el nombre de «Inteligencia» en vano

«La tarea del alumno ha dejado de ser el interpretar el texto para convertirse en una mera presentación de sus propias opiniones e intereses en conexión con el tema mencionado en el texto█

La omnipresente IA nos ha llevado a multiplicar por centenas o millares el uso del término «inteligencia». Lo cual en sí no tiene nada de malo – si se me permite una cierta valoración moral -. Aún así creo que es más que pertinente hacer una cierta clarificación. Ya el Papa Francisco lo dijo muy claro: «[…] el uso mismo de la palabra ‘inteligencia’ en referencia a la IA es ‘engañoso’». Más recientemente el Papa León XIV, en su encíclica Magnifica humanitas, ha sido igualmente explicito: «[…] evitar el equívoco de equiparar esta ‘inteligencia’ a la humana». Y todavía más: El buen usuario de la IA – con la sesera en su sitio – sabe que «la IA no debe verse como una forma artificial de la inteligencia, sino como uno de sus productos» (Dicasterio para la Doctrina de la Fe).

Nos jugamos mucho entendiendo y valorando las palabras en su más genuino campo semántico y significado. Y lógicamente el término inteligencia no puede ser una excepción. Si para no confundir hay que aclarar, no se me ocurre un mejor modo que acudir a uno de los grandes del pensamiento como es Santo Tomás de Aquino. En su monumental Summa Theologiae nos recuerda el Buey mudo que «el término intelecto se deduce de la íntima penetración de la verdad; mientras razón deriva de la investigación y del proceso discursivo». Por lo que con el Aquinate se puede considerar que el intellectus se refiere a la intuición de la verdad, mientras que la ratio se refiere al razonamiento real, es decir, al proceso discursivo y analítico que conduce al juicio.

Aclaremos y desbrocemos el galimatías. Definirnos como seres racionales no puede significar autoreducirnos a un modo específico de pensamiento, sino reconocer que la capacidad de comprensión intelectual de la realidad conforma e impregna todas nuestras actividades de las que no se puede dejar de tener de presente que son ejercitables en el bien o en el mal.

Además, esta inteligencia humana, que no la artificial, en su doble acepción de intellectus-ratio es la grandiosa posibilidad de acceder a aquellas realidades que van más allá de la mera experiencia sensorial o de la utilidad, ya que ‘el deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre. Lo cual es especialmente visible en las capacidades típicamente humanas de la comprensión semántica y de la producción creativa.

Hasta aquí todo bien. El problema viene cuando se ha sabido recientemente de la muerte definitiva (para todas las Comunidades Autónomas) del comentario de texto en «Selectividad» (actual PAU). En un empeño por una Selectividad «no memorística» y más «competencial» (hipotética suma de creatividad + reflexión+ madurez) la cabeza de turco tenía que ser, entre otras, la del comentario de texto. Puede que la privación deje al alumno sin la más mínima capacidad de distinción entre un texto científico o un texto opinativo. El problema viene cuando surge la pregunta, ¿dónde queda el espíritu crítico de los alumnos? Y si a eso le sumamos la merma en la capacidad de lectura comprensiva y la consecuente pobreza en el vocabulario obtendremos un alumno muy limitado en su capacidad para leer entre líneas. El espíritu crítico se cultiva con práctica. Aquí no suele haber ciencia infusa. ¿Qué queda reduciéndolo todo a la búsqueda de datos y descartando un entrenamiento en la parte de la deducción? Si bien el problema viene de «un lejos» no muy remoto. Viene de un lejano no muy remoto cuando la tarea del alumno ha dejado de ser el interpretar el texto para convertirse en una mera presentación de sus propias opiniones e intereses en conexión con el tema mencionado en el texto.

Así las cosas, creo que estas medidas que, en principio, no son muy favorables a la capacidad de comprensión semántica de la inteligencia humana nos llevan a un perentorio interrogante: Si una correcta concepción de la inteligencia humana, por tanto, no puede reducirse a la mera adquisición de hechos o a la capacidad de realizar determinadas tareas específicas, ¿qué sentido tiene usar el nombre inteligencia en vano?

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