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El dolor y la responsabilidad

Si los españoles deciden el próximo 29N pasar página y enviar al sanchismo al estercolero de la historia que le corresponde, no será por un necesario ejercicio democrático, que también, sino porque estarán, como estamos, agotados de tanto dolor.

Los casos de corrupción destapados, conocidos y juzgados producen hartazgo, ciertamente. Pero lo que acaba por quebrar es el dolor que dejan sus consecuencias.

Cuando el pasado miércoles un numeroso grupo de cordobeses acompañó a las distintas autoridades congregadas para guardar un minuto de silencio a las puertas del consistorio, lo que se palpaba en los rostros y en el ambiente era la crudeza amarga que produce el dolor. Dolor por la dana, por los incendios, por Ceuta, por Adamuz y por la nueva catástrofe ferroviaria.

Frente al tono festivo e inmoral de quienes apelan al amor y a la alegría en su desvergonzada manera de entender la política —y una campaña electoral—, queda el doloroso resultado de un Gobierno embriagado de indecencia y poder. Se ha repetido en estos días que el socialismo mata, que la corrupción deja víctimas, pero en realidad todo se reduce a algo tan simple como grave: seguir respaldando con un voto este destrozo de una nación y no pedir responsabilidades.

Ahora más que nunca los españoles deben ser exigentes no solo ante las urnas, sino como pueblo histórico y grande que, por pura indolencia, se ha dejado arrebatar la soberanía.

Porque este dolor debe llevarnos a pensar en cómo también lo hemos permitido. En cómo hemos mirado a otro lado, o en cómo queremos ponernos siempre frente a quien no piensa igual solo por no reconocer la miseria de los que creemos representantes nuestros.

Exigir responsabilidades, cuestionar al partido que gobierna, ir más allá de las orillas ideológicas, decirlo en voz alta y defender la decencia no es odiar, como tratan de hacernos creer los hipnotizadores de masas para así ocultar su maldad y su egoísmo.

Esto tiene que dar un vuelco que permita recuperar la España que hasta hace nada fuimos. Una que sí era alegre, próspera y optimista. La España actual está machacada por un dolor infligido en sucesivos episodios de ignominia y perversión. Y eso no hay cuerpo ni español que lo aguante.

Y porque ya son demasiados los muertos y demasiadas las familias rotas que exigen justicia y reparación.

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