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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

De la dimisión Netflix de Puente al Cuerpo presente del delito

«Ahí tenéis a Cuerpo de vicepresidente para desfogaros con él, estúpidos!», me permití escribir hace ocho meses. Después de fracasar su primer intento del trampantojo Cuerpo con sus zapatillas deportivas, su chaleco de antiguo labriego rico, Sánchez vuelve a asirse a ese palo para sucederse a sí mismo si pierde el Gobierno

En esta política Netflix, en la que la ficción es imitada milimétricamente hasta convertirla en realidad por los guionistas de La Moncloa, cuando el martes por razones de cierre hube de mandar mi artículo a El Debate justo a la mitad de la comparecencia del ministro Puente ante la Diputación Permanente, me quedé con la sensación de dejar a medias un capítulo de House of cards antes de que se produjera el previsible giro imprevisto de los acontecimientos coordinado con el Telediario de la noche. No en vano, en la Fábrica de La Moncloa, los creadores de contenidos han reemplazado a los politólogos –spin doctor, según la terminología también popularizada por la televisión– como antes hicieron estos con los catedráticos de Derecho constitucional tras la irrupción de la nueva vieja política con el 15-M del 2011 y, a su vez, estos con sus colegas de Derecho Político en un proceso devaluación creciente de la clase gobernante.

Por la mañana, Puente había vuelto a presumir en la rueda de prensa posterior al Consejo de ministros de contar con el respaldo del presidente al no comprometer el proyecto de su «Puto amo», como había blasonado a las pocas horas de la catástrofe de Urda. Pero también de los plácemes de los ministros de Sumar que así se lo habrían testimoniado en la reunión semanal del gabinete. «¿Dimitir –se había preguntado– para reconfortar a las víctimas? Buff... Cuánto reconfortaría de cero a cien a quien ha perdido un hijo, un padre o una pierna».

Sin embargo, por la tarde, en su comparecencia en las Cortes a la que llegó con una carpeta roja, el antaño actor aficionado Puente escenificaba su momento Netflix. Justo el capítulo de House of cards en el que el maquiavélico Frank Underwood, interpretado por Kevin Spacey, se presenta de improviso en el comité del Congreso que investiga sus crímenes como presidente de EEUU. Tras expeler una acerada diatriba contra aquellos a los que entierra en insultos y acusa servir a ruines intereses ocultos, vira en redondo notificando su dimisión cuando más aferrado al Despacho Oval se mostraba.

El mefistofélico Underwood no lo hacía por convencimiento ni arrepentimiento, sino por cálculo político. Estaba en la naturaleza de quien se encumbró primero a esa posición tan cimera sin ganárselo en las urnas y atrincherarse más tarde suspendiendo las votaciones en dos Estados que le eran adversos esgrimiendo una falsa amenaza terrorista. Apartándose a un lado, Underwood posibilitaba su sustitución por su esposa, a la que antes había designado vicepresidenta en otra jugada de naipes, para que ésta le agraciara con un indulto. Esa medida de gracia le facultaría para operar a la sombra de la Casa Blanca sin miedo a la cárcel.

Así, cuando Puente miró su móvil al aproximarse la hora del telediario, después de emplearse a fondo contra la oposición, abrió la susodicha carpeta roja donde figuraba la dimisión remitida desde La Moncloa –a falta del motorista que usaba Franco para sus destituciones– para revestir de dignidad un cese por exclusivas razones de partido ante la caída a plomo de las expectativas electorales por el segundo siniestro ferroviario en el corredor de la muerte de la antaño modélica línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. La dignidad resultó reversible como una gabardina para los diputados de la izquierda que primero aplaudieron con gran encomio su resistencia y que, ipso facto, ovacionaron como igual frenesí que les participara de su marcha.

Pero la liebre que se creyó galgo sabía que, de no hacerlo, Sánchez volcaría sobre él muchas de las inmundicias que conocía de él como con Ábalos luego de consentirle a ambos todo lo que fue menester. De hecho, al presidiario Ábalos las cosas le fueron de dulce hasta que se dio de bruces con la trama del joyero Zapatero. A partir de esa hora, el dossier contra Ábalos se aventó desde La Moncloa después de meses tildando de bulos las informaciones periodísticas sobre la mano derecha de Sánchez en el PSOE y en el Gobierno. Por eso, la carpeta roja de Puente tenía el simbolismo de las carillas de ese color que afloraban en los 'librillos' de liar pitillos avisando de que estaba a punto de finiquitar su existencia como para el protagonista de La hoja roja, de su paisano Miguel Delibes.

Todo obedece a la lógica de banda imperante en este PSOE refundado por Sánchez en los prostíbulos de su suegro, cuyos fondos sirvieron para financiar su carrera política, y que conforma una cuadrilla de patibularios a su imagen y semejanza. Así, sus malandrines deambulan de las putas de Ábalos a costa del erario a las prostitutas de las fiestas con las que un empresario beneficiado por Puente, como ha revelado Alejandro Entrambasaguas en El Debate, agradecía los favores del entonces alcalde de Valladolid.

Es tal la degradación que, tras caer ayer el chófer de «la banda del Peugeot», que perpetró pucherazos a pares para que Sánchez llegara a la secretaría general del PSOE y luego retornar a ella luego de fracasar su intento de no ser desalojado de la misma usando esas trampas en el Comité federal de su destitución, el único que se libra por ahora es el número 1. Como los condenados José Luis Ábalos y Koldo García Izaguirre, así como el imputado Santos Cerdán, Cristian Corvillo se benefició igualmente de la adjudicación de material sanitario en el COVID y de obra pública en Adif como parte de la trama. Al final, las «inventadas» del comisionista Aldama se están confirmando implacablemente.

Ahora, en plena precampaña, estalla todo el material inflamable de una legislatura fallida que descarrila en todas direcciones. Como en Adamuz y Urda en el decurso de nueve meses, pero que podría haberlo hecho alguna vez más atendiendo a las revelaciones en curso, cuando la propaganda publicitaba que el tren vivía sus mejores días y se pregonaban planes que disparaban su velocidad a 350 kilómetros por hora cuando enviaba a la muerte a 115 al desviarse el dinero para mejorar su viario a coimas y a gasto electoral con el que comprar el voto joven con descuentos en viajes estivales para menores de 30 años.

Entretanto, se laminan pruebas como la caja negra de uno de los trenes de Adamuz y se filtran grabaciones a la prensa amiga de la mortandad de Urda para buscar chivos expiatorios manipulando pruebas judiciales para que los españoles sean «peces sin memoria», como el podcast de ese nombre al que Sánchez ha acudido tras la penalidad de Urda, en vez de a las Cortes. Además, para borrar el cuerpo del delito, el presidente incorpora las competencias del ministerio de Puente al vicepresidente Carlos Cuerpo para reactivar una estrategia fallida cuando reemplazó a Marisú Montero para que esta se estrellara en Andalucía.

«Ahí tenéis a Cuerpo de vicepresidente para desfogaros con él, estúpidos!», me permití escribir hace ocho meses. Después de fracasar su primer intento del trampantojo Cuerpo con sus zapatillas deportivas, su chaleco de antiguo labriego rico y su barba de varios días, Sánchez vuelve a asirse a ese palo para sucederse a sí mismo si pierde el Gobierno. Empero, en esta España destrozada por gobernantes a quienes no parece molestar nada «esos cuerpos en la tierra ya sin calor» , su política Netflix deviene en tragedia al no tener otra pretensión que la de Frank Underwood: «Si imagináis lo difícil que ha sido llegar hasta aquí, calculad de lo que estoy dispuesto a hacer para quedarme».

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