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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

A eso llaman un ministerio

¿De verdad, fue ministro de Transportes Ábalos? ¿Lo ha sido, de verdad, Puente? O fue todo la ilusión escénica, tras la cual existió tan sólo la franquicia más rentable del difunto Sabiniano? A eso llaman un ministerio: ¡qué negocio!

¿Era eso un ministerio? De «transportes», dicen. ¿No sería, más bien, una franquicia de los lúdicos trances de Sabiniano Gómez? Y herederos. Tan rentables. Intemporalmente. Hay cosas que nunca cambian. Y negocios que jamás desaparecen.

Lo que reveló ayer Alejandro Entrambasaguas, en estas mismas páginas del Debate, es difícil decir si mueve más a estupor o a carcajada. En transcripción sucinta: Existe acta notarial en la que un comensal narra las aventuras gastronómico-sexuales que cierto empresario versado en el comercio de patatas habría financiado para mejor disfrute del ministro de Transportes y de su cúpula. Versión actualizada de aquellos pretéritos hábitos del muy feminista hoy presidiario José Luis Ábalos.

Es difícil, desde luego, entender cómo, tras el bochorno de asistir a la condena de un ministro por pasar la cuenta de sus consumos genitales al Estado, su sucesor haya podido dejarse cazar en similares escenas. Con cuenta pagada, esta vez, por un patatero. El cual noble empresario del tubérculo, es de suponer que no iba a invertir su capital excedente en festejos sin rentable contrapartida. El asunto –no digo todavía el caso– parece, además de grotesco, lo bastante vidrioso como para que la justicia proceda a investigarlo. Lo de Ábalos no empezó con menos ni más ridículo que esto. Y Ábalos –tome nota el señor Puente– reside ahora en donde reside. Y en donde residirá. Mejor aclarar las cosas cuanto antes. Y, si el acta notarial miente, pedir cuentas por falsedad en documento público. Y, si no miente… Si no miente, las responsabilidades penales no acaban en la decapitación política.

Pero no es Puente lo que a mí me sorprende. De un epítome de vulgaridad como el ya no ministro, no hay nada que pudiera resultar inesperado. Con determinadas gentes, hacer uso de categorías morales es, claro está, perder el tiempo; y el tiempo es lo único valioso en esta vida. El enigma que me fascina reside en otras coincidencias. Anecdóticas. Puede. Tratemos de enunciarlas sin proyectar sobre ellas valoración alguna.

Un empresario –en el seno de una familia de empresarios– del comercio de la genitalidad venal resulta, por azares de este curioso país nuestro, verse un día en la peculiar condición de suegro del presidente del gobierno, cuya carrera política contribuyó él generosamente a financiar. Nada más noble. Hasta ahí. A partir de ahí, empiezan a suceder cosas llamativas en el más acaudalado de los ministerios, dentro del gobierno del agradecido yerno. Y un par de pícaros –ministro salido de la nada el uno, portero de burdel el otro– descubren, de la noche a la mañana, la mágica propiedad del ministerio de transportes: proveer el uso de señoritas estupendas sin pagar por sus prestaciones ni un céntimo. Descubrimiento colosal, a cuyo eficiente desarrollo se entregan, de inmediato, en cuerpo y alma. ¿Quién dijo que la política no es placentera?

Violaron la contabilidad ministerial. Los trincaron. El yerno de Sabiniano lamentó verlos tan innoblemente difamados. Primero. Luego, los tiró por la borda. Tampoco es plan de arruinar la gloriosa carrera propia por la tacañería copulativa de un par de siervos torpes. Los siervos torpes andan ahora a la sombra. No parece que la sombra vaya a serles efímera. Su carrera carcelaria apenas si ha comenzado.

El yerno del traficante en valores genitales salió indemne de aquel primer penal embrollo. Pasado el tiempo, en ese tan peligroso ministerio acabó por colocar al más hosco de sus fieles. ¿Quién mejor que un insultador poco letrado, para sustituir a un bocazas sin más objetivo que el de ahorrar costes en libido? Insultador, puede que lo fuera el sustituto. Y excelente. Tanto como para levantar la admiración del hasta entonces patán mayor del parlamento. Rufián dixit: «has sido un gran ministro». Grande, sí. Incompetente, también. Tanto como para causar, en menos de un año, ciento veintitantas muertes. Entrambasaguas nos revelaba ayer que su destitución por el yerno de Sabiniano Gómez se produjo a las dos horas de recibirse en La Moncloa el acta del prostibulario festejo.

¿De verdad, fue ministro de Transportes Ábalos? ¿Lo ha sido, de verdad, Puente? O fue todo la ilusión escénica, tras la cual existió tan sólo la franquicia más rentable del difunto Sabiniano? A eso llaman un ministerio: ¡qué negocio!

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