Así reescribe la izquierda el relato de la Guerra Civil: ocultación, apropiación y manipulación de la historia

Así reescribe la izquierda el relato de la Guerra Civil: ocultación, apropiación y manipulación de la historiaEl Debate (asistido por la IA)

Así reescribe la izquierda el relato de la Guerra Civil: ocultación, apropiación y manipulación de la historia

El divulgador Rubén CientoZero considera que sobre «la falsa asociación de la Segunda República con la democracia» se construye «absolutamente todo el relato que se ha impuesto sobre la historia de España del siglo XX»

¿Quién decide cómo debemos recordar la Guerra Civil? Es la pregunta que plantea Rubén García, más conocido como Rubén CientoZero, un joven divulgador de historia y estudiante de Derecho y Economía que acumula más de 314.000 seguidores en Instagram y que acaba de publicar La historia de la Guerra Civil que no te cuentan (Sekotia).

¿Por qué Federico García Lorca ocupa un lugar tan destacado en la memoria colectiva mientras que Ramiro de Maeztu apenas aparece en el recuerdo de buena parte de los españoles? Ambos fueron escritores e intelectuales de su tiempo y ambos fueron fusilados durante la Guerra Civil.

Lo que ha sucedido en España en los últimos años, según asegura este joven divulgador, es el intento de «parasitar la historiografía a través de la ley». Se refiere, en concreto, a la Ley de Memoria Histórica de 2007 y a la Ley de Memoria Democrática de 2022. A su juicio, ambas forman parte de un proceso que busca desplazar el debate historiográfico y académico.

«La ley no tiene la fuerza para transformar la realidad», afirma, aunque advierte de que lo que se está produciendo es «un intento de sustituir el relato histórico, el debate historiográfico y académico, por una verdad objetivizada, juridificada y legislada».

Pero estas leyes son solo la punta del iceberg y, para imponer su relato sobre la historia de España, la izquierda ha hecho gala de un mecanismo que consta de tres estrategias: «la ocultación, la apropiación y la manipulación». Esta estrategia les ha permitido construir una memoria colectiva en la que unos episodios y personajes ocupan el centro mientras otros quedan relegados.

Ocultar lo que incomoda

El primer paso consiste en dejar de contar determinados episodios. CientoZero considera que esa estrategia afecta tanto a figuras políticas como a autores y movimientos que, según su interpretación, han quedado fuera de los programas académicos y del relato cultural dominante.

Durante la presentación de su libro La historia de la Guerra Civil que no te cuentan, organizada por Proyecto Abantos en la Universidad CEU San Pablo, el estudiante de Economía y Derecho puso como ejemplo a Rafael Sánchez Mazas, al que contrapuso con Miguel Hernández: «Los dos fueron españoles, vivieron durante la primera mitad del siglo XX español. Lo que pasa es que uno era de izquierdas y el otro era falangista», señala.

Pero, además de Sánchez Mazas, menciona a «otros tantísimos teóricos de la tercera posición, del nacionalsindicalismo, que han sido completamente apartados de los principales programas académicos».

Pero este deseo de ocultar no solo se produce con personajes relevantes de la historia, sino que también sucede con acontecimientos. Como ejemplo tenemos el bombardeo de Cabra: «Carmen Calvo, originaria de Cabra, del PSOE, nunca jamás ha hablado del bombardeo que tuvo lugar en su pueblo. Nunca ha dicho palabras públicas sobre lo que pasó en Cabra. ¿Por qué? Porque los que bombardearon Cabra fueron los Tupolev de la aviación soviética y no los nacionales», subraya.

De esta manera, «cuando han encontrado una figura, un acontecimiento, un suceso histórico que era beligerante para con su relato», explica CientoZero, lo que ha hecho la izquierda es «hacer como si no hubiera existido y confiar en que con el paso de las generaciones se fuera diluyendo y perdiendo de la memoria».

Apropiarse de los personajes

¿Pero qué sucede cuando no se puede ocultar lo que es tan conocido y no cabe opción de silenciar? Entonces, llevan a cabo el segundo mecanismo: incorporarlo a un relato político distinto del que, según el divulgador de historia, representó durante su vida.

De este modo, destacó a Federico García Lorca y Clara Campoamor como ejemplos de esa apropiación. «Se hacen propias figuras que nunca le han pertenecido, ni históricamente, ni intelectualmente», sostiene.

Así, seleccionan determinados aspectos de su biografía y las convierten en símbolos de una tradición política, dejando en segundo plano los elementos que no encajan con esa identificación.

Solo basta con recordar el descubrimiento de una carta inédita de Campoamor en la que decía que deseaba «ardientemente el triunfo de Franco». Por ello, CientoZero considera que el problema es que la memoria, desde esta perspectiva, modifica el sentido con el que se recuerda a protagonistas incómodos para su relato.

Desfigurar a quienes no se pueden reivindicar

Y aquí es donde entra el tercer mecanismo: cuando no se pueden apropiar de un personaje porque es alguien que es manifiesta y formalmente beligerante con respecto a sus doctrinas, entonces inician el mecanismo de la manipulación, destruyendo por completo su imagen.

«El ejemplo más claro es José Antonio Primo de Rivera». De él «han vendido que fue fundador de la falange, que fue hijo de un dictador, que fue un golpista… No se habla por ejemplo del gobierno de concentración desmilitarizado con amnistía para ambos pandos que propone estando encerrado en la prisión de Alicante», destaca.

Tampoco se menciona que José Antonio no responde con violencia al fusilamiento de once falangistas entre octubre de 1933 y junio de 1934 por la simple razón de que no quería «que su movimiento fuera una banda de asesinos».

Y recurrió a las esculturas de Largo Caballero y José Antonio para ilustrar lo que considera un tratamiento desigual de la memoria pública. «Esto es lo que se produce cuando se establece un relato sobre la historia», afirmó.

La Segunda República como piedra angular del relato

Para CientoZero, estos mecanismos tienen un fundamento más profundo: «la falsa asociación de la Segunda República con la democracia». El autor considera que esa asociación funciona como punto de partida para juzgar los acontecimientos posteriores y establecer quiénes quedan situados del lado de la legitimidad democrática: «Sobre esa gran mentira se construye absolutamente todo el relato que ha venido después a imponerse sobre la historia de España del siglo XX», sentencia.

Con ello, cabe preguntarnos si la Segunda República fue en algún momento un régimen que pudiéramos entender democrático: «La Según República en España, que se proclama a raíz de unas elecciones del 12 de abril de 1931, se proclama de forma ilegítima». Y añade: «No solamente peca y está viciada de ilegitimidad de origen, sino que se va deslegitimando por cada año que pasa».

Las elecciones del 31 «son elecciones municipales sin alcance para modificar la organización territorial del Estado. Piensen ustedes que esta Segunda República no contó jamás con ningún referendo popular». Lo mismo sucede con la Constitución del 31.

Por otro lado, acentúa el hecho de que la Segunda República se convirtiese «en el régimen que más diarios censuró en toda la historia de nuestro país». Según el estudiante de Derecho, más de 100 diarios fueron censurados y explica que «con la aprobación de la ley de orden público y la ley de la defensa para la República, se establece un supuesto muy amplio para que se pueda incluir dentro cualquier acto que se considere beligerante o disidente para con el régimen establecido».

Y detalla que la censura «era el mejor de los casos ante los que podía enfrentarse un diario relativamente disidente. En el peor de los casos se podía llevar a la quema de la redacción o incluso al asesinato del propio director, como sucedió con Manuel Delgado Barreto, quien fuera el director del diario 'La Nación'».

«La Segunda República nunca fue una democracia»

Menciona las elecciones de 1933 y el golpe de Estado de las izquierdas en octubre de 1934: «Dan un golpe de Estado por negarse a aceptar un resultado electoral, que tenía vocación [el golpe de Estado] de hacerse en toda España, pero que consigue focalizarse y canalizarse principalmente en Asturias y en Cataluña».

Pero el culmen de la vulneración de los sistemas y los procedimientos legales durante la Segunda República sucede, según el divulgador de historia, durante las elecciones de febrero de 1936.

Para ilustrar la violación de la legalidad en estas elecciones, el autor leyó un fragmento de un artículo escrito en 1937 por el propio expresidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, quien se había negado a entregar el Gobierno a las derechas por considerar peligroso que gobernaran.

Parafraseando el texto citado, la situación que describe es la siguiente: al principio se creyó que el Frente Popular había sido derrotado, pero el voto masivo de los anarquistas cambió el resultado. Aun así, obtuvo legalmente poco más de 200 escaños de los 473 del Parlamento, sin alcanzar la mayoría absoluta.

Sin esperar al final del recuento electoral, desencadenó una ofensiva de violencia en las calles para reclamar el poder. En muchos lugares se falsificaron documentos electorales y, posteriormente, la comisión encargada de validar las actas actuó arbitrariamente, anulando victorias de la oposición y proclamando diputados a candidatos derrotados.

«Ustedes creen que unas elecciones que se desarrollan como decía el propio Alcalá-Zamora con la violación de todos los escrúpulos de la moralidad o de la conciencia pueden ser unas elecciones democráticas. Unas elecciones donde el recuento va antes del cierra del escrutinio, donde se obliga a dimitir a candidatos para poner a los allegados de los comités revolucionarios que están conformados por socialistas, anarquistas y comunistas», analiza CientoZero.

Con todo ello, el divulgador de historia asegura que la Segunda República «nunca fue una democracia» y que «desde entonces hasta ahora lo que hemos visto es la propaganda de manipulación, las estrategias arquetípicas de las izquierdas», que pasa necesariamente por «parasitar los medios de comunicación y la educación».

La historia no se repite, pero sí rima. Noventa años después del comienzo de la Guerra Civil, el debate sobre cómo contarla sigue abierto. Porque, como plantea el divulgador, no hace falta borrar los acontecimientos para cambiar su significado: basta con decidir cuáles merecen ser recordados.

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