Quien habla no sentenciaJulia Marín Martínez

El prestigio de lo ajeno

«Tenemos una cultura rica, una lengua que hablan cientos de millones de personas y una historia que no necesita la aprobación de ninguna productora estadounidense»

España tiene una capacidad extraordinaria para convertir en sofisticación todo aquello que viene de fuera, especialmente si viene en inglés. Basta con cambiarle el nombre a una costumbre, salpicar la conversación con tres palabras extranjeras y pronunciar la mitad de ellas como buenamente se pueda para sentirse ciudadano del mundo. Tenemos una facilidad pasmosa para importar tradiciones, aunque a veces parezca que la aduana cultural la atiende alguien que se ha dormido durante el curso de idiomas.

Normal que Vanessa dijera «feliz Jagüelin», o que Ana Botella tratase de convertirse en Isabel II invitando a nuestros visitantes a tomarse un coffeecito in the Plaza Mayor. Ambas entendieron, cada una a su manera, que para conquistar el mundo no siempre hace falta dominar una lengua: a veces basta con tener la audacia de intentarlo delante de una cámara.

Llega octubre y España se transforma. Las calabazas invaden los escaparates, los niños se convierten en pequeños cadáveres con purpurina y los adultos desempolvan sus disfraces para celebrar una tradición que, hasta hace no tanto, nos sonaba a película americana. De repente, toda la vida hemos celebrado Halloween. Como si nuestras abuelas hubieran abandonado sus visitas al cementerio para organizar concursos de calabazas en el patio. Como si el Día de Todos los Santos hubiera necesitado una campaña de marketing para convencernos de que recordar a nuestros muertos tenía algún interés.

Que cada uno celebre lo que quiera, faltaría más. El problema no es disfrazarse, salir de fiesta o descubrir las costumbres de otros países. El problema es esa fascinación por lo ajeno que nos lleva a sospechar que lo nuestro, por el mero hecho de serlo, vale un poco menos. Ya no tenemos ofertas, tenemos deals; no quedamos para tomar algo, hacemos afterwork; y cualquier reunión parece necesitar un nombre en inglés para adquirir cierta respetabilidad. Hemos descubierto que el castellano sirve para entendernos, pero que el inglés, incluso mal pronunciado, sirve para impresionar.

Lo de los anglicismos merece capítulo aparte. Hay quien los utiliza con la solemnidad de un diplomático en una cumbre internacional, aunque su pronunciación invite a solicitar la presencia de un intérprete. Se habla de branding, engagement, networking e influencers con una desenvoltura admirable. No siempre se sabe exactamente qué significan, pero se pronuncian con la convicción de quien acaba de descubrir la penicilina. Y cuidado con preguntar: quizá el problema no sea que uno no entienda el término, sino que el otro tampoco sepa explicarlo en castellano.

Aprender idiomas es una de las mejores maneras de ensanchar el mundo. Nos permite comprender otras culturas, tender puentes y salir de nuestros propios límites. Pero una cosa es aprender una lengua y otra utilizarla como quien se cuelga un bolso de marca para disimular que no tiene nada que llevar dentro. El idioma debería servir para comunicarnos, no para construir un personaje. Porque hay personas que no sabrían pedir indicaciones para llegar al baño en Londres y, sin embargo, te hablan de business con la seguridad de quien está a punto de comprar la City entera.

Y entonces aparece la tía Petunia. Una va caminando tranquilamente por la calle y se encuentra con su espíritu doblando la esquina; aunque, más que un espíritu victoriano, parece tu tía abuela volviendo de una rave a las seis de la mañana. Maquillaje corrido, mirada perdida y una pronunciación de happy Halloween que obliga a plantearse si estamos ante una celebración anglosajona o ante una sesión de espiritismo en Chamberí. Una no sabe si salir corriendo, santiguarse o preguntarle si necesita ayuda para llegar al más allá.

Mientras tanto, tenemos el Día de Todos los Santos, los cementerios llenos de flores, los dulces de nuestras abuelas y tradiciones que han acompañado durante generaciones a quienes nos precedieron. Tenemos una cultura rica, una lengua que hablan cientos de millones de personas y una historia que no necesita la aprobación de ninguna productora estadounidense. Sin embargo, parece que lo nuestro solo adquiere valor cuando alguien de fuera lo descubre, lo empaqueta y nos lo devuelve con una etiqueta en inglés. Entonces sí: lo castizo se convierte en tendencia y lo propio, en novedad.

No se trata de cerrar las fronteras ni de montar una aduana lingüística a la entrada de las discotecas. Se trata de perder el complejo de creer que todo lo extranjero es mejor y de entender que conocer otras culturas no exige renunciar a la propia. Podemos celebrar Halloween, aprender inglés y viajar hasta donde nos alcance el bolsillo sin necesidad de disfrazarnos también por dentro.

Porque quizá la verdadera modernidad consista precisamente en eso: en poder admirar lo ajeno sin avergonzarnos de lo nuestro. Y si algún día la tía Petunia decide volver del inframundo para felicitarnos Halloween, que sea bienvenida. Pero, por favor, que no necesite tres anglicismos para decirnos que viene del más allá. Bastante tenemos con los vivos que ya hablan como si vinieran de otro planeta.

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