El portalón de San LorenzoManuel Estévez

El queso americano

A partir de entonces la leche en polvo se hizo inseparable para nosotros en todos los recreos, por la mañana y por la tarde

Todo el mundo estará de acuerdo en considerar la película de Luis García Berlanga «Bienvenido Mr. Marshall» como una de las grandes obras maestras del cine español. Se trata, en efecto, de una película enormemente divertida, aunque también amarga, en la que demostraron su gran oficio actores clásicos de nuestro cine como José Isbert y Manolo Morán.
Cómo ignorar aquellas imágenes desoladoras de los americanos pasando de largo por un pueblo esperanzado que había montado una quimera con la llegada de aquellos ricos amigos. Un pueblo que, tras la decepción, volvía, al día siguiente, a su dura rutina.
Evidentemente la película no es, ni pretendió serlo, un alarde o lección de historia económica. Berlanga, como director de cine, en principio es menos riguroso que los profesores y expertos académicos en el tema. Sin embargo, sus imágenes nos sirven perfectamente para situar, de forma vívida, la realidad histórica de lo que fue la llegada «real» de los americanos a España a partir de los acuerdos de 1953, tras la visita oficial de su presidente «Ike» Eisenhower a nuestro país.
Fue un hecho de una importancia extraordinaria para nuestra economía, y en general para nuestra historia. A diferencia del desengañado pueblo que nos muestra Berlanga, España no permaneció como antes, sino que cambió de forma decisiva. Según los eruditos en la materia, se puede destacar como consecuencia fundamental de esos acuerdos la introducción de elementos de racionalización económica como contrapeso al intervencionismo nacional-sindicalista previo, lo que, unido a la magnitud relativa de la ayuda directa, apuntaló de forma decisiva al Régimen de Franco.
Pero todo eso formaba parte de un cuestionario teórico de los acuerdos que la gran mayoría de a pie no conocíamos, pero es que además escaparía de nuestra comprensión. Por el contrario, sí que conocíamos bien el estado en que estábamos los famélicos chiquillos de aquellos barrios populares antes de dichos acuerdos. La avitaminosis y otros signos de privación hacían estragos. Había escasez de lo más básico. Era imposible que con un cuartillo de leche de aquellos tiempos hubiera para toda una familia, por citar un simple ejemplo.

Bidones de leche en polvo

Por eso, para el hombre de pie, la «joya de la corona» de aquella ayuda, lo más evidente y de primera necesidad, era la afluencia masiva de bidones de leche en polvo que, con una organización ejemplar, llegaron a todos los lugares sensibles de la sociedad cordobesa. Colegios, hospitales, parroquias y otras instituciones sociales se encargaron de su distribución. A partir de entonces la leche en polvo se hizo inseparable para nosotros en todos los recreos, por la mañana y por la tarde, dándonos un aporte de vitaminas básico que combatió eficazmente nuestra predisposición a las pupas y los sabañones.
Bidón de leche en polvo

Bidón de leche en polvoLa Voz

En esos años estábamos de monaguillos mi hermano y yo en la parroquia de San Lorenzo. Su párroco, el popular cura Novo, «Látigo Negro», solía mandarnos cada quince días con el sacristán Pepe Bojollo a la «fábrica de la mica», una antigua nave que estaba ubicada en el llano que había frente a la fábrica de Cementos Asland, hoy Polígono de Pedroches. Dicha nave, de ladrillo visto, era el almacén central en Córdoba de los bidones de leche en polvo, latas de mantequilla, queso americano y latas de carne, que formaban parte de la ayuda americana. Allí se recogían los suministros que correspondían. Nosotros, desde la parroquia, siempre utilizábamos para el transporte el camión con la cabina color verde que gentilmente nos cedía Rafael Ordóñez Barea, dueño de las bodegas del mismo nombre. Más de una vez ese camión lo llevó su propio nieto Rafael Ordóñez Domingo, dueño actual del restaurante «Rafaé» en la calle Deanes de la Judería de Córdoba. El ambiente interno de aquello nave era particular: su encargado llevaba una pata de palo, y dormía y hacía su vida allí mismo dentro una caseta que tenía por encima un transformador de poste que había servido en sus tiempos para alimentar de electricidad la actividad de aquella nave cuando fue una fábrica de la mica.
Lo que le correspondía a la parroquia de San Lorenzo era administrado en todo momento por el párroco. Con la leche en polvo había esplendidez total, en cambio en lo tocante al queso, mantequilla y latas de carne era otro cantar. Puedo certificar que nosotros, como monaguillos y transportistas de la mercancía, jamás recibimos de su parte una simple lata de mantequilla, carne o queso. En cambio, su madre Doña Victorina, que era una señora de gran corazón, sí nos dio varias veces de tapadillo algo de mantequilla.
Entre estas idas y venidas, un día de 1956 el cura Novo mandó a mi hermano y a mí a que fuésemos a recoger un queso «americano» a las oficinas del antiguo Obispado. Ignorantes de su magnitud, nos plantamos allí con un simple triciclo. Nos recibió Don José María Padilla que, viéndonos con el triciclo, se echó las manos a la cabeza, cogió el teléfono y llamó enseguida a Novo para recriminarle que «el queso era demasiado grande para que lo llevasen dos chiquillos». Entonces el advertido cura, después de un buen rato, envió a un transportista experimentado, el simpático Manuel Serrano «El Artillero», que acababa de volver con su carrillo para su casa después de toda la jornada de mañana transportando chivos y pavos.
Llegó el «Artillero» a la puerta del Obispado con su carrillo y le hicieron entrar por la puerta que daba frente al Seminario. Entró en el patio donde estaba ubicado el Colegio para niñas llamado «El Colegio del Obispo», y desde allí accedió finalmente a las dependencias donde estaba el queso «americano». Como se pudo, cargamos entre varios aquella mole enorme que más que un queso parecía una piedra de molino. (como la que hay al final de la calle Los Molinos), Sólo habían empezado las dificultades, porque el transporte del queso iba a ser toda una odisea. Para empezar, por las calles Cardenal González y Lucano fuimos literalmente asaltados por la chiquillería que, acompañada a veces de sus madres, disfrutaba con quitarnos pedazos de aquel queso «llovido del cielo». Los arrancaban y se los comían en el acto. La preocupación de mi hermano y la mía propia iba en aumento al comprobar cómo poco a poco iba menguando aquella «rueda de molino».
El «Artillero», en cambio, estaba muy tranquilo. Se limitaba a llevar el carrillo, y no decía ni pío. Es más, al pasar por la taberna «Los Palcos” en la calle Cardenal González, que era de la familia Bellido quiso parar un momento para darse un «calmante», dejando inconscientemente el vehículo con su atractivo queso en medio de la calle con la sola vigilancia de dos chiquillos. No pudimos evitar que le arrancaran más pedazos. Reanudado el transporte, en la misma calle Don Rodrigo, a la altura de las Cinco Calles, nos quitaron un buen pedazo bastante grande. Un vecino, que salió huyendo para la calle Mucho Trigo, por toda explicación nos comentó «que tenía hambre».
Como era de esperar, el queso llegó al fin a San Lorenzo bastante menguado: más que una piedra de molino parecía ya una rueda dentada por los bordes.
Al llegar a la Casa Parroquial para localizar al cura nos dijo Ana, la portera, que la única persona que había en la casa era Don Marcelino, padre del cura y que éste había salido a la taberna de Ordóñez para echar su partida de dominó habitual con «Platerito» y Francisco Serrano. El simpático «Artillero”, deseoso de buscar a alguien para que se hiciera cargo del dichoso «Queso Americano» y, sobre todo, que le pagasen el porte, se dirigió con el carrillo hacia dicha taberna cercana. Entró y de nuevo cometió el craso error de dejarlo abandonado fuera. Como un resorte surgieron chavales de la calle Escañuela como Miguel Blancart «El Migui», Manuel Torres «El Zarra”, Guerra Manu «El Triburcio» y hasta su hermano Antonio al que apodaban «El Canuto”, arrancando todo el queso que les vino bien. Cuando «El Artillero» salió de la taberna el queso ya había perdido definitivamente una parte considerable de su peso, quizás una quinta parte. No supimos si ante aquel espectáculo llegó a cobrar todo el porte convenido, pero por si las moscas, él mismo aprovechó y también se llevó un buen pedazo del dichoso queso para su casa.
Ya puestos, también cogimos nosotros. Tenemos que decir que el queso estaba bueno, sobre todo si se comía con hambre, aunque para mi gusto era excesivamente empalagoso.
Por otra parte hay que significar lo ingrata que es a veces la vida, porque muchos de aquellos que pudieron nacer entre los años de 1940 y 1950, les faltó tiempo con llegada la Democracia en 1979, para realizar las famosas «Marchas a Rota» para echar presuntamente de allí a los que nos habían quitado los «sabañones» y las «pupas», y que nos permitieron entre otras cosas desarrollar nuestros cuerpos como seres normales.
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