De un tiempo a esta parte – tiempo ya largo – he llegado a la conclusión de que puede haber una persona que esté casi al nivel de tu confesor, director espiritual o, llegado el caso, de tu psicoanalista a la hora de conocerte: me refiero a tu librero – librera como es mi caso – de cabecera. Por esta suerte de providencia llegan hasta ti pequeñas y grandes joyas como la que he tenido el gusto de leer de una sentada. Se trata de una Vida de Jesucristo escrita por el mismísimo Charles Dickens. Sus no más de 134 páginas de sencillez y la más elegante ingenuidad son no la obra menor de un escritor universal sino el testimonio de fe profunda y de amor a Jesucristo de un padre hacia sus hijos.
No deja de ser un dato curioso en los tiempos que corren que aquel literato de alcance universal, del que Chesterton en su Autobiografía llegó a preguntarse «¿Quién soy yo para que mi vida esté mejor fechada que la de Dickens o Chaucer?», quisiese que esta obra no fuese publicada, por expreso deseo, mientras viviese alguno de sus hijos. Ser sabedor del dato da a la lectura del libro una «gracia» tan especial como la de poder adentrarte en la más «sacrosanta» de las tareas que uno jamás pudiera vivir como es la de un padre que habla así: «Siento gran impaciencia por que sepáis algo de la historia de Jesucristo, pues todos deberían conocerla». Confieso que la lectura de esta pequeña joya en cartoné y papel de suficiente gramaje traía permanentemente a mi memoria un curioso pasaje en la obra de otro ingles como John Henry Newman en el que se recoge lo que este presenta como el testamento del mismísimo Napoleón, en la soledad de su prisión y a la vista de la muerte: «[…] hay tan sólo un nombre en todo el mundo que realmente vive. Es el nombre de uno que pasó su vida en la oscuridad y que murió con la muerte de un malhechor. Han pasado mil ochocientos años desde entonces, pero todavía conserva su poder sobre el espíritu humano. Ha poseído el mundo y mantiene su posesión. Entre las naciones más diversas, en las circunstancias más distintas, entre los más cultos y en las razas y entendimientos más rudos, en todas las clases de la sociedad reina el que posee este gran nombre. Los altos y los bajos, los ricos y los pobres le reconocen. Millones de almas conversan con Él, se arriesgan por su palabra y están al acecho de su presencia. Suntuosos e innumerables palacios se levantan en su honor; […] Ciertamente murió y desapareció, pero continúa viviendo, viviendo como los vivos, pensamiento enérgico de sucesivas generaciones y terrible principio motor de mil sucesos grandiosos. Él ha hecho sin esfuerzo lo que otros no han podido hacer después de luchar toda su vida. ¿Puede ser Él algo menos que Dios? ¿Quién es Éste, sino el mismo Creador, dueño de todas sus propias obras y hacia el cual se dirigen instintivamente nuestros ojos y nuestros corazones, por ser Él nuestro Padre y nuestro Dios?»
El gesto de un padre hacia sus hijos que refleja esta «biografía de Jesucristo» queda perfectamente retratado en la advertencia que Chesterton hacía a través de una de sus habituales paradojas: «No dejemos que nadie se adule a sí mismo creyendo que abandona la vida familiar en pos del arte o el conocimiento; la abandona porque huye del desconcertante conocimiento de la humanidad y del imposible arte de la vida». Creo firmemente que para el escritor Dickens la tarea más inspirada y más en manos de las musas no era otra que la de remedar al Bautista a través de su prosa y poder decir a sus hijos en clara prolongación del vivo interés que muestran sus novelas por los pobres y deudores: «Las criaturas más miserables, feas, deformes y desgraciadas serán ángeles resplandecientes en el cielo, con tal de que en la tierra hayan sido buenos. No olvidéis esto jamás, conforme vayáis creciendo. No seáis nunca orgullosos ni groseros, queridos míos, para ningún pobre. Si son malos, pensad que hubieran sido mejores de haber tenido amigos cariñosos, hogares confortables y una conveniente educación […] pensad en que Jesucristo fue entre ellos y los enseñó, estimando que eran muy dignos de su atención» (56-57).
Al final siempre perdurará, mientras el mundo sea mundo, la máxima de san Pablo: «Podrán tener diez mil instructores, pero padres no tienen muchos» (1 Cor 4, 15).
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