Vamos a contar una historia. Esta comienza con una decisión, difícil, arriesgada y, como casi todas las que se toman en la vida, con consecuencias. Así, cuando nuestra protagonista -pongamos que se llamaba Natalia- decidió cambiar su trabajo por su vocación causó asombro, entre unos; admiración, entre otros; estupefacción, en algunos; sacrificio, para otros; y odio, para un grupito.
Natalia decidió entregarse a un ideal y todo era casi nuevo. La gente la paraba por la calle, la animaba, le pedían que no fuera como todos y le aseguraban que triunfaría. Otros se mordían las uñas trazando la V de Vendetta y aguardaban, agazapados, su momento.
Los que antes fueron grandes amigos no entendieron a Natalia y la maldijeron por ello. Ella lo sabía, pero era una mujer valiente, una feminista de verdad, de esas que no van de progres ni poses y defienden su ideal hasta el final. Mirándome en su espejo supe que si quería ser periodista (y no un sopero más) debía fijarme en ella.
Pero la protagonista de esta historia es ella, Natalia. Cuando llegó el momento no ganó, pero tampoco tampoco perdió. Y, durante cuatro largos años, luchó por su ideal, casi como un verso suelto, con el mérito de hacerlo en una sociedad de borregos. Natalia no era joven, pero la rebeldía no tiene edad y su vigor y determinación fueron implacables.
Recorrió barrios, tiendas, sedes de colectivos, procesiones y su virtud fue que los escuchó a todos y los ayudó en lo que pudo. La gente confió en ella y ese pecado no se perdona nunca, desde los tiempos de Caín. Así que, una mañana de invierno, a Natalia le dieron las gracias por los servicios prestados y le dijeron aquello de Puerta, Camino y El Viti. Natalia siguió caminando con sus manoletinas y dejó que otra persona se pagara de su trabajo con los zapatos de charol bien abrillantados.
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