Subidos en los hombros de gigantesBernd Dietz

Pintan bastos

«¿Cómo que nos toca poner en cuestión el cristianismo y recibir alborozados a sus enemigos?»

Actualizada 11:10

Yasin Kanza, el inmigrante ilegal que, antes de apuñalar a un sacerdote salesiano y asesinar al sacristán de La Palma, ayer en Algeciras, amedrentó a una mujer al grito de «¡Tu fe no es la correcta!», se parece sospechosamente a las agresivas turbas que afearon el acto académico en honor a Isabel Díaz Ayuso, y cuyo proceder ha obtenido el visto bueno del ministro Subirats, ese separatista catalán que ejerce la autoridad competencial sobre el conjunto de las universidades públicas españolas. No querremos saberlo, pero estamos en manos escasamente favorables al bienestar, la paz, el progreso y la democracia en nuestro país. Donde debería haber libertad, cunde la coerción. Donde esperaríamos disfrutar de sosiego, crece el hostigamiento. Donde querríamos hallar concordia, respeto y tolerancia, avanzan el odio y la violencia.
La diferencia entre autoritarismo y totalitarismo es clara. El primero ejerce un poder más o menos firme, al objeto de salvaguardar un orden aceptable, en el que no se consientan acciones destructivas para la convivencia civilizada; sin dejar de preservar espacios para la vida íntima, el pensamiento autónomo, la propiedad privada y la iniciativa individual. El segundo dice –con la boca pequeña-- querer lo mismo en lo tocante a la colectividad, aunque luego acentúe la represión y gobierne con cinismo y tiranía. Aun así, el contraste principal estriba en el trato que otorgan uno y otro a los ciudadanos concretos y a sus decisiones particulares, las que no afectan al conjunto. Y es que el totalitario no se limita a prohibir, sino que exige una adhesión activa y constante. El totalitarismo es como un pulpo con cien tentáculos, como una plaga de langosta, como una lluvia fina y persistente que lo impregna todo.
Su ideal es el panóptico de Bentham. Pero lo que este pensó como mecanismo supervisor para una cárcel, ahora se expande –gracias a la tecnología digital—hasta los últimos recovecos de la vida humana, so pretexto de cuidarnos, protegernos y evitar, como diría el mafioso que «vende» protección al atribulado comerciante, que «nos hagamos daño» con nuestra matraca de ser libres, adultos y emancipados. Olvidémonos del pluralismo, del debate, del contraste amable entre opiniones divergentes. El totalitarismo woke nos prescribe lo que debemos creer, pensar, decir, enseñar, comer y practicar, y nos obliga a repetir sus cantinelas periódicamente, para confirmar que obedecemos.
Parecen remotos los tiempos en que la Universidad Complutense admitía que un rector de derechas, Gustavo Villapalos, concediese un doctorado Honoris Causa a un mandamás comunista, Erich Honecker, quien había juntado más merecimientos para ser tildado de asesino que la actual presidente de la Comunidad de Madrid. No pasaba nada. No había algaradas. Éramos gente educada. Deseábamos levantar una democracia, no degenerar de Guatemala a Guatepeor. ¿Hacia dónde va España? ¿A una cotidianeidad de insultos, estacazos, censura, engatusamiento, persecución, mendacidad, ignorancia y totalitarismo?
Ya si entramos en la islamofilia, el asunto es de traca. ¿Cómo que nos toca poner en cuestión el cristianismo y recibir alborozados a sus enemigos? Se entiende que los podemitas no traguen a Isabel Díaz Ayuso, como se entiende que Yasin Kanza sienta que su fe es la única correcta. Pero un gobierno legítimo debe comportarse con decencia, ética y autoridad, no como simpatizante de quienes rompen la baraja y ejercen violencia sobre nuestros compatriotas. ¿Hemos olvidado que el cristianismo nació en el Próximo Oriente y se asentó en casi toda Asia Menor y Norte de África? Tristes ideologías políticas, y tristes religiones, son aquellas que renuncian a la persuasión pacífica y se basan en el matonismo, la ceguera fanática y el exterminio para conquistar su hegemonía.
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