El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

El virus del ocio conspicuo

Empieza con las primeras borracheras en la adolescencia, casi pubertad, y unos padres disimulando el miedo durante años, cada fin de semana

Actualizada 09:57

A propósito de la desgraciada muerte del cordobés Álvaro Prieto hay que pensar cuántas malas decisiones con consecuencias graves han podido partir de una noche de fiesta. Y separándonos ya de este luctuoso suceso, cuántas caídas, accidentes de tráfico, peleas, graves excesos etílicos, sobredosis, malos tratos, violaciones, agresiones con arma, robos o incluso asesinatos giran en torno a los pubs, discotecas y madrugadas. ¿Este joven hubiera intentado colarse en un tren de esa forma si viniese de un evento cultural o de jugar un partido de fútbol? Es una pregunta retórica, la respuesta la conocemos todos.
Pero insisto, nos apartamos de esta noticia que nos sirve como impulso inicial para dirigirnos al ocio conspicuo, al ocio ilustre, al ocio como medida de todas las cosas y principal acicate vital para muchas personas en los países occidentales. Es el ocio de noche, alcohol, droga y sexo promiscuo que cuenta con el añadido, como satélite, de los viajes intrascendentales, un tipo de ocio que se va popularizando poco a poco en el siglo XX para explotar con la llegada de la música rock y otros fenómenos (mayo del 68, movimiento hippy). En el caso de España, irrumpe con verdadera fuerza en los años 80 para ir incrementándose paulatinamente. En la actualidad, el lunes es luernes y el tiempo libre de ese estilo impera por encima de cualquier valor.
Las familias llevan más de cuatro décadas rendidas ante el tsunami del ocio conspicuo. Parecen hasta perder la ascendencia sobre sus hijos. Los padres tienen la potestad del niño hasta los 13 años y 364 días. A los 14 años la patria potestad la tiene un gin-tonic. A partir de ahí la pareja esperará durante años de forma angustiosa y con los ojos como platos a que llegue bien su hijo de madrugada, momento en el que respirarán aliviados. En el caso de tener varios hijos, este fenómeno se extenderá muchísimo tiempo, salpicando momentos en que uno de los padres sea un chófer a disposición de la recogida, con el objetivo de que la salida nocturna sea más segura.
Si hacemos el ejercicio honrado de verlo desde fuera… es una locura. Tal cual. El ocio conspicuo empieza con las primeras borracheras en la adolescencia, casi pubertad, y unos padres disimulando el miedo durante años, cada fin de semana, uno tras otro, confiando en que una noche de bar no termine con su hijo protagonizando algún suceso. Prácticamente todas las familias aceptan esto con absoluta mansedumbre y resignación. Pero hay algo atroz que genera el fenómeno: los padres que protegían a sus hijos el día de antes, o incluso los sobreprotegían, empiezan a comportarse de forma contraria en cuanto empiezan a salir. Dejan de proteger a sus hijos pese a que también vivieron el ocio conspicuo y lo conocen desde dentro. Pero algo los inmoviliza y convierte en sufridos testigos conformes con una situación que sin embargo saben indeseable por completo en su fuero interno. ¿Por qué? ¿Tal es la fuerza invisible del Dyc-Pepsi? ¿El Red Bull genera un campo magnético extraño? ¿La cocaína en la tapadera de un retrete expele fuerzas hipnóticas a distancia?
Debe ser algo así, porque es imposible un debate serio en el campo educativo o entre familias acerca del ocio conspicuo. Sin ir más lejos este mismo artículo puede ser tachado de excesivo, puritano o absurdo por el mismo padre que al siguiente fin de semana estará muerto de miedo en casa esperando a su hija mientras hace como que ve Forjado a Fuego, que justo hoy están repitiendo el episodio de la espada del Cid Campeador. Su cerebro está invadido por el virus del ocio conspicuo.
- Es que yo confío mucho en mi hija.
- Sí, caballero, ya era una niña con altas capacidades desde chica.
Este tipo de ocio además no concluye en la juventud, sino que es puerta de entrada para todo tipo de excesos alcohólicos y de drogadicción más tarde, pues la población ve como absolutamente cotidiano lo que no es sino desmesura. Una persona que toma varios cafés al día, fuma un paquete de tabaco y se toma un par de cervezas al salir del trabajo, aumentando cervezas y tabaco el fin de semana, quizá algún porrito, quizá alguna rayita, es considerado alguien normal. En rigor no pasa sobrio un solo minuto de su vida. En el futuro nos estudiarán sorprendidos como generaciones perpetuamente drogadas.
- ¿Y qué hacemos? ¿Prohibimos salir? ¿Prohibimos beber? ¿Prohibimos la diversión?
- Caballero, siga viendo Forjado a Fuego que me tiene usted contento.
Se trata sencillamente de atender y evaluar por qué los padres se encuentran inermes ante el ocio conspicuo, por qué no hay apoyo educativo ni institucional, por qué un sencillo intento de plantear todo esto sería rechazado paradójicamente por aquellos que lo sufren, atemorizados y genuflexos ante no se sabe muy bien qué, por qué aumenta y se extiende hasta envolver los valores más profundos que deberían guiar una vida. Y, sobre todo, por qué dejamos impasibles que dañe a los más jóvenes, prácticamente niños, con absoluto conocimiento de causa.
- Es usted un hipócrita santurrón.
- Sí, caballero, pero el que está esperando aterrorizado a su hija a las tres de la madrugada es usted.
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