La tercera Córdoba
«La ciudad creció y creció de forma deslavazada, sin planes estéticos para los bloques que iban surgiendo aquí y allá»
En el conocido artículo ‘Apresúrese a ver Córdoba’, publicado en la revista Triunfo en 1973, el célebre psiquiatra Carlos Castilla del Pino hacía un recorrido por aquellas construcciones y edificios que habían sido malogrados por un concepto del progreso arquitectónico poco respetuoso con diversas joyas del casco histórico. De esta manera, se recordaban en el texto los palacios del conde de Priego (siglo XVI), del conde de San Calixto (XVIII), del marqués de Valdeflores (XVIII), del vizconde de Miranda (XVIII), del marqués de la Fuensanta del Valle (XVI), la casa de los Ceas, popularmente conocida como ‘Casa del Indiano’ (del XV); el Ayuntamiento (siglos XVI-XVII) «y un conjunto de casas solariegas que sería prolijo enumerar (por ejemplo, en la plaza de San Juan, en la calle de San Pablo, en la Trinidad». La lista seguía, y la llorada ciudad bella y perdida afloraba entre una mezcla de nostalgia y lógica indignación. La última muestra de esta serie fue publicada en la propia página de La Voz de Córdoba. Se trata de la modificación de la fachada de un edificio de Rafael La Hoz situado en Jesús y María. La intervención ha retirado el gresite que favorecía el juego cromático, algo que ya se ha repetido con otros inmuebles del mismo arquitecto en diversos barrios de la ciudad.
Pero al margen de esta Córdoba a la que debemos ver apresuradamente antes de que desaparezca por falta de respeto a nuestro patrimonio, hay otra que ni siquiera llegó a ser, y que por tanto tampoco exige prisa por observarla. Basta con salir de la amplia zona del casco histórico, quizá incluyendo al centro comercial, para toparnos con una absoluta locura arquitectónica de la que sólo se salvan Parque Figueroa o la Fuensanta, concebidos como barrios obreros uniformes y coherentes, aunque modestos y humildes. O Cañero, que sigue la tónica de un pueblecito. El interés de muchos chalés del Brillante o el Calasancio también pueden suponer una excepción. Al margen de tales zonas, la ciudad creció y creció de forma deslavazada, sin planes estéticos para los bloques que iban surgiendo aquí y allá, llenando espacios en planos que cambiaban sus nombres de siempre por letras y números. Y así, con el supuesto desarrollo se iba ahondando en un contraste cada vez mayor. A un lado la ciudad histórica, con su hermosura y medidas humanas. Al otro un cajón de sastre donde a un edificio le sucedía otro distinto, y otro distinto y otro distinto... No se puede contemplar más diferencia entre los valores de la tradición y la modernidad que observando primero a la Judería, San Basilio o las calles conectadas por las diversas iglesias antiguas y pasar luego a mirar Ciudad Jardín, Santa Rosa, Valdeolleros, Levante, Fátima, Sector Sur o Huerta de la Reina. El efecto equivale a una sucesión incomprensible entre respetuosos constructores a un lado y, al otro, arquitectos que ni siquiera han tenido en cuenta dónde están. Es un caso similar al de muchas ciudades de España, donde existen estropicios mucho más sangrantes, siendo sobradamente conocidos los de Ciudad Real y, todavía peor, el de Albacete. Allá quedaron devastados los cascos históricos directamente.
Estamos ante la Córdoba que nunca fue, pero que podría haber sido con un sentido constructivo en el que primase el respeto a la idiosincrasia de la ciudad, generando nuevos barrios armónicos con ese carácter. Se ha hecho todo lo contrario, hasta el punto de que la Córdoba histórica es preciosa, pero extramuros absolutamente horrenda. Los nuevos barrios han seguido esa tónica con un punto añadido: el destrozo del patrimonio natural que permite la cercanía a la sierra. Si los barrios alzados entre los 60 y los 80 ya hacen sangrar los ojos, los que han venido desde entonces repiten el esquema mientras, además, aniquilan cualquier posibilidad de aprovechamiento de la inmediata naturaleza. Y así, todo el Vial, Poniente Sur, Santa Isabel Este, Huerta de la Marquesa o Turruñuelos, además de lo que está por venir junto a Las Palmeras, abundan en ese auténtico sindiós, con el comentado ingrediente añadido de impedir para siempre el buen uso de un privilegio: la riqueza campestre conectada a la urbe. Se podría haber puesto en marcha un verdadero cinturón verde, no aquel que lleva su nombre y que ha quedado en un conjunto disperso de parques sin sentido que sirven actualmente de retrete para perros como auténticos secarrales: el anillo marrón.
Si Federico García Lorca hiciera hoy día de nuevo su poema ‘San Rafael’, tendría que añadir una tercera Córdoba a las «dos Córdobas de hermosura» que describía en octosílabos como «Córdoba quebrada en chorros» y «celeste Córdoba enjuta». Seguiría sin duda con una tercera Córdoba inane, en verso blanco, fuera de lugar y que estropearía todo el trabajo métrico anterior. Pues no otra es esa tercera Córdoba: la ciudad fea, irracional e insensata que nos hemos dado sin que apenas nadie haya levantado la voz.