En una antigua viñeta que, como guionista, realizó quien suscribe estas líneas junto al dibujante zaragozano Daniel Miñaña (nuestro alias fue Danuto y Martingo), se podía ver una comparativa entre los carriles-bici de Córdoba y Sevilla. En una se veían dos ciclistas, padre e hijo, bien felices. En la otra a un pobre diablo que, tras tropezar con un coche que obstaculizaba su camino... terminaba cayendo en un contenedor. El texto rezaba: «averigüe en menos de cinco segundos cuál es el carril-bici de Sevilla y cuál el de Córdoba». Me ha venido a la mente aquel pequeño trabajo al leer el reportaje que, con motivo del Día Mundial de la Bicicleta, ha publicado La Voz de Córdoba. En él, el presidente de la plataforma carril-bici, Julián Blanco, realiza un certero análisis del estado de los carriles y ciclo-calles.

Carriles-bici comparadosDanuto & Martingo

Árboles, quioscos, contenedores, paradas de autobús, a veces coches... obstaculizan unos carriles que, tras ser reclamados durante décadas, no terminan de funcionar. El uso de la bicicleta es reducido en comparación con la población cordobesa, y las hostilidad de muchas personas hacia este sencillo vehículo más que manifiesta, desde los vecinos que ponen pegas a cualquier nuevo carril hasta los automovilistas del claxon loco y ojos inyectados en sangre en cuanto ven a alguien sobre dos ruedas que invade lo que consideran sus dominios.

Pero, ¿qué es lo que funcionó en una ciudad como Sevilla? Al margen de la multiplicación de carriles-bici, de su buena conexión y de la separación entre el carril y la calzada, la columna vertebral estuvo en algo que falló estrepitosamente en Córdoba: el sistema de alquiler público. Mientras en Sevilla se puso en marcha un servicio excelente, Córdoba contó con uno deficiente, inaugurado en 2003, con muy pocos puntos de aparcamiento, lo que hacía inviable su uso. En Sevilla, ese sistema generó un efecto contagio que multiplicó el uso de la bicicleta, gracias a su comodidad. En Córdoba se convirtió en el enésimo caso de chapuza, con cuatro puntos de estacionamiento sin sentido y mantenimiento deficiente. Lo que pudo ser un proyecto pionero, pronto se tornó en algo más parecido a una estafa.

Urge, por tanto, ese servicio en una ciudad demasiado apegada al coche y con la comentada hostilidad a la bicicleta, y sin embargo con una trazado más que idóneo para utilizarla. El servicio de alquiler público es el necesario incentivo para romper con esas dinámicas desfavorables a las dos ruedas, en una ciudad donde habría que combinar los carriles y la calzada -e incluso la acera- de manera coherente, debido a la estrechez de las calles. Resulta curioso que en una ciudad andaluza, tan afortunadamente andable y «bicicleteable» como Córdoba haya arraigado el enfermizo apego a los automóviles. Siempre se pone como ejemplo para superarlo a algún país del centro de Europa. Pero sus características y condiciones no son las mismas. Tenemos a la vuelta de la esquina lo que funcionó, en Sevilla. Y lo que no funcionó: lo que se hizo aquí. Para corregirlo ya llevamos 23 añitos de nada. Esperemos que no tengan que pasar otros tantos, o posiblemente nos metamos ya en una época en la que hablaremos sobre carriles-drones.