El impulso que se le está dando al aborto o asesinato de embriones humanos en la atención primaria, el también asesinato institucional de Noelia Castillo hace unos meses amparado en otro eufemismo, eutanasia, la imposibilidad de defender las fronteras como se observa en Ceuta y todo tipo de desmanes recientes, que se suman a una verdadera miríada desde hace medio siglo, muestran la pavorosa degradación de una España que no hace tanto era una nación católica. Algunos hablan de secularización o de libertad religiosa, pero se diría más bien que amplias capas de la población, incluidos dirigentes de todo tipo, mueven ya sus vidas en un mundo que invierte todos y cada uno de los mandatos de la ley de Dios, y que tienen en los pecados capitales la columna vertebral de sus existencias. El resultado es asistir a una especie de teatro de la locura en el que una minoría de cuerdos son tachados de intransigentes, opresores o ultras.

Existen diversos factores que han librado al país, de momento, de una apostasía general, o más bien de un ambiente anticristiano asentado, destructivo y agresivo. Entre ellos se pueden contar la labor diaria de muchas parroquias y párrocos contra viento y marea, la red de colegios concertados o privados pertenecientes a diversas organizaciones (a pesar de su indudable infiltración modernista), diversas actividades de las diócesis o, la que nos ocupa: la religiosidad popular de Castilla y Andalucía vertebrada a través de las cofradías.

Recientemente hablaba con el hermano de una cofradía, acerca del aspecto demasiado secundario, incluso a veces accesorio, que había cobrado la propia práctica religiosa en estas entidades. Tras una sonora carcajada, me indicaba que muchas veces ni tan siquiera se había tenido en cuenta. Era residual o había desaparecido.

Ante este estado de las cosas se erige un curso de formación cofrade que dará comienzo el próximo sábado día 10 de octubre en la capital y varios puntos de la provincia, y que incluye todo tipo de asignaturas relacionadas con la doctrina, sacramentos, mariología, liturgia o sagradas escrituras. Pero también acerca de leyes, economía o comunicación y redes sociales. Se han apuntado unas 527 personas. La mayoría de ellas forman, o han formado parte, de los órganos de dirección de las cofradías.

Durante varios sábados de dos años, estas personas irán adquiriendo una serie de conocimientos adecuados para verterlos posteriormente y regar sus organizaciones. Si la misión de todo católico es ser, en la medida de sus posibilidades, un transmisor de la Palabra, más importante aún puede ser la tarea de los cofrades ante la situación de la fe en nuestra patria.

Precisamente, y durante siglos, España ejerció de particular katejón, es decir, de contención o freno al Mal, antes de verse abocada a esta suerte de descomposición moral aceleradísima. Se podría decir que estos más de 500 hermanos pasarán a ser katejoncitos, o si se prefiere en cordobés, katejonsitoh en su ámbito. Esta pequeña broma quiere sencillamente resaltar la importancia del cometido que tienen por delante. Nada más y nada menos que predicar con el ejemplo, favorecer la propagación de la sana doctrina en las cofradías y fortalecer unas organizaciones destinadas a reprimir la podredumbre y la iniquidad, tal cual. No es poca cosa. Aquí no habrá aprobados ni suspensos, ni insuficientes ni sobresalientes. Lo que está en juego es algo mucho mayor.