Rafael González
Festividad de San RafaelAntonio Rodríguez

La capellanía de Andrés de las Roelas en el convento de Santa María de Dueñas

A mi amigo Nacho, hermano del Císter y vecino del pozo quebrado

Córdoba

Fuente ne la plaza de Las Dueñas

Fuente ne la plaza de Las Dueñas

Un año más, con ocasión de la festividad de nuestro custodio, me acerco con estas páginas a recordar la figura del sacerdote Andrés de las Roelas, testigo único de las revelaciones de San Rafael en Córdoba.

En el testamento de este presbítero, otorgado el 1 de septiembre de 1586, se puede leer:

«... que yo soy capellán, en el monasterio de Santa María de las Dueñas, de la capellanía que dotó e fundó la buena memoria de la Señora Doña Isabel de Montemayor, difunta, de que se me pagan de renta, en cada año, cuarenta e dos mil e doscientos e tantos mrs., la cual dicha capellanía está fundada sobre la Hacienda y bienes de los Ilustrísimos Señores marqueses del Carpio e su muger María doña María Ángeles de Belasco, difuntos...»

Una capellanía desconocida fundada por una mujer anónima de un monasterio olvidado. Merece la pena recuperar algunos datos que nos ayuden a recordar la vida del sacerdote que dio luz a la devoción más cordobesa.

La ciudad de los conventos

El desconocimiento convierte a monasterios y conventos en palabras sinónimas. Los religiosos de los conventos se mezclan con la sociedad en su labor social. Frente a los anteriores, los monasterios son lugares de clausura dedicados a una vida contemplativa donde la oración es el eje central de su misión.

La reconquista de la ciudad de Córdoba en 1236 abrió paso a la cristianización de la ciudad. Junto a la división en collaciones, con sus parroquias y santos al frente, durante los siglos bajomedievales (XIII a XV) se fundaron en Córdoba dieciocho comunidades religiosas, tanto masculinas como femeninas. El esplendor económico y el espíritu contrarreformista del siglo XVI supusieron una continuidad en la sacralización de la ciudad, sumando veintitrés nuevos cenobios. Con algunas diferencias, se aprovecharon espacios abandonados de la axerquía y donaciones de casas de la nobleza cordobesa para levantar monasterios y conventos. Hasta el siglo XIX, con la desamortización protagonizando la secularización iniciada en España, estos edificios definieron el urbanismo de Córdoba, otorgándole un marcado paisaje religioso. En esta realidad tuvieron especial protagonismo las comunidades femeninas, sosteniendo la profesora de la U.C.O. Sra. Olmedo Sánchez en un ensayo sobre la materia que la Córdoba de la época moderna fue una de las ciudades de España con mayor número de comunidades de monjas, con un total de veinte.

El Císter en Córdoba

La regla de los predicadores es la más antigua de las subsistentes en Córdoba. Los dominicos de San Pablo (1240-1835) y Scala Coeli (1427) llevan en los conventos de Córdoba 786 años. Pero si hablamos de monasterios, la presencia más longeva y abundante es la de las comunidades femeninas del Císter.

San Clemente (1260), Santa María de Dueñas (1372), de la Purísima Concepción (1506), de la Encarnación (1509), de la Inmaculada Concepción (1620), San Martín (1635)... Ninguna orden religiosa ha tenido en nuestra ciudad tantos cenobios como los femeninos del Císter. Testigo vivo de todo ello pervive el monasterio de la Encarnación, en la calle a la que da nombre. La orden femenina de san Benito y san Bernardo lleva rezando en Córdoba 749 años, 654 de ellos de manera ininterrumpida. Merece la pena tenerlas muy presentes y no olvidarlas.

El Convento de Santa María de Dueñas

Poco se conoce actualmente de uno de aquellos monasterios del Císter, el de Santa María de las Dueñas, recordado como «uno de los más nombrados de la Córdoba de su tiempo y uno de los más florecientes de la orden cisterciense, no solamente en la ciudad, sino en todo el ámbito religioso peninsular».

Fue una de las comunidades femeninas más antiguas de Córdoba, fundada en 1372 por don Enrique Venegas —alcalde mayor de Córdoba y primer señor de Luque—, junto a su mujer Beatriz de Tolosán, en promesa por haber salvado la vida cuando luchaba a las órdenes de Pedro I de Castilla.

Situado en la collación de El Salvador, ocupó la manzana que hoy está delimitada por las calles Carbonell y Morand, Ramírez de las Casas-Deza y plaza del Cardenal Toledo, dando su portería a la calle Obispo Fitero. Ramírez de Arellano, en sus Paseos por Córdoba, define al edificio que albergaba el convento como uno de los más grandes de nuestra ciudad, llegando a tener acceso a través de un pasaje subterráneo a un huerto con mirador a la Cuesta del Bailío.

Resistió este lugar sagrado las desamortizaciones de José Bonaparte, las de las Cortes de Cádiz, el Trienio Liberal y las de Mendizábal y Madoz, sucumbiendo al fin tras la revolución de La Gloriosa, de 1868, siendo exclaustrado y dirigiéndose sus monjas al monasterio hermano de la calle Encarnación. Convertido primero en cuartel de la Guardia Civil, derruido en parte para abrir una plaza que hoy acoge al jardín de las Dueñas (fósil urbanístico de aquel convento), al final fue vendido a la especulación privada, incumpliendo las propias leyes desamortizadoras.

Entre el olvido y la leyenda

Poco más sabemos de este cenobio que, como otros conventos femeninos en España, toma el nombre de «las Dueñas» por acoger doncellas, damas y viudas de los linajes nobles de España que fundaban comunidades o se retiraban a la vida contemplativa en estos lugares.

Y ante la falta de estudios científicos, Córdoba cubre el olvido con leyendas que permiten imaginar uno de los lugares más protegidos de los sagrados de Córdoba. Ramírez de Arellano, en el texto ya referido, nos cuenta cómo, tras las tinieblas de un Miércoles Santo, Juan Francisco Díaz de Morales, en el mismo atrio del monasterio, se batió y venció a muerte para salvar el honor de una de sus monjas. Nos relata cómo san Álvaro de Córdoba (porque en esta ciudad no dudamos de su santidad), a base de rezos, consiguió salvar de las garras del diablo y justo antes de su muerte a otra monja de este monasterio. En muestra de frustración, Belcebú quebró el brocal del pozo de uno de sus patios, justo debajo de la actual fuente de las Dueñas, según cuentan. Nos refiere cómo don Luis Fernández de Córdoba engañó a otra religiosa hasta hacerle desobedecer su celibato. Enteradas sus hermanas de convento, denunciaron los hechos ante la autoridad, que miró para otro lado por pertenecer el seductor a la aristocracia. El fallo de la justicia mundana no impidió el acierto de la divina, y por haber abusado de aquel sitio religioso, poco después, don Luis murió atrapado en la estampida que provocaron los toros que de manera habitual se corrían los viernes por el Campo de la Merced en tiempos de Felipe II.

Las capellanías en la Edad Moderna

El Concilio de Trento afirmó que el purgatorio existía. Ello supuso un apogeo de las fundaciones religiosas con las que sus titulares pretendían aliviar las penas del purgatorio y asegurarse la salvación eterna. De entre ellas destacan las capellanías, que son definidas por Pro Ruiz como un legado de bienes metálicos o inmuebles vinculados, que el fundador instituye para mantener con su productividad el pago a uno o varios clérigos, quienes debían cumplir de forma perpetua las mandas religiosas establecidas en la fundación.

En la libertad del fundador instituyente se encuentra la primera y gran diferencia en las capellanías, distinguiendo entre las eclesiásticas y las laicas. En las primeras se le atribuía a la autoridad religiosa la facultad sobre la erección, innovación, provisión, obligaciones y demás extremos de la capellanía; la dote aneja al oficio pasaba a manos de la Iglesia, que gestionaba la capellanía. En la laica, los bienes gravados con la capellanía permanecían en poder de legos, con facultad para nombrar y remover al capellán sin intervención eclesial.

En todo caso, pero de manera más marcada en las laicales, en las capellanías confluyeron tres realidades: un plano espiritual de trascendencia, un soporte económico para sufragar lo mandado y una proyección social en doble vertiente: de ostentación (memoria/linaje) y soporte económico de sus herederos (patronos y capellanes).

En el plano material fueron comunes las capellanías que nombraron como patronos a familiares cercanos, ordenando que los capellanes fueran clérigos de su mismo linaje. Aquí la capellanía se convertía en una especie de mayorazgo religioso para segundones. Este abuso pudo determinar su apogeo (fijando en más de 200.000 las existentes en España en el siglo XVII) y su posterior desaparición con las leyes desamortizadoras del siglo XIX. Todo pecado lleva su penitencia.

Estas capellanías podían servir para construir capillas y lugares de enterramiento en ostentosa memoria de los fundadores. Permitían el acceso a la condición de capellán a clérigos de orden menor que podían vivir sin estudiar ni trabajar. Los requisitos de acceso a la capellanía (cristiano viejo, pertenencia a linaje...) dieron lugar a falsificaciones, conflictos y pleitos judiciales entre los aspirantes a este beneficio. Hubo patronos y capellanes que abusaron de los bienes y rentas en provecho propio. En no pocas ocasiones se utilizó la capellanía como fórmula de ascenso eclesial. En esta utilización fraudulenta, se dispensó al capellán de residir en la misma localidad y de dar misa, siendo un tercero el que asumía el mandato previo pago.

Pero también las capellanías sirvieron para levantar lugares de culto y garantizarlo en espacios religiosos ausentes de clero regular o secular. También se exigió la formación y la condición de sacerdote como requisitos de acceso y mantenimiento en el cargo. También se mandaba en ellas el control de la iglesia o el patrono para el fiel y correcto cumplimiento de lo mandado, permitiendo la remoción. También hubo patronos y capellanes, personas de prestigio social y virtuosas, que cumplieron fielmente con lo encomendado.

Es la paradoja del cristianismo, inaceptable signo de contradicción: entre el pecado y el perdón, entre la leyenda negra y el Estado confesional, entre la herejía relativista y la maniquea, entre el mártir y el cruzado. De «comprar el cielo» a olvidar la oración de intercesión. En las misas de funeral y difuntos hemos pasado de rezar por su alma a pregones lacrimosos de su vida terrena.

La capellanía del padre Roelas en el monasterio de Santa María de Dueñas

Y de las dos posibilidades descritas, ¿a cuál corresponde la del protagonista de este artículo? Difícil respuesta con la escasa información conocida, sin haber tenido suerte por ahora en la búsqueda a través del Archivo Histórico Provincial de Córdoba (A.H.P.C.), el Archivo General del Obispado de Córdoba o los de la Casa de Alba, a la que pasó a formar parte el marquesado del Carpio. Algunas consideraciones que dejan abiertas futuras investigaciones:

Consultado un trabajo sobre los precios en la Sevilla de la primera mitad del siglo XVI, leo que la cesta de consumo de un varón adulto ascendía a 14.100 maravedíes anuales. Según estos datos, una capellanía de 42.000 maravedíes al año permitiría a un clérigo una vida desahogada. Otra cosa es el destino que a ello se le diera.

Por la información aportada en el testamento, parece no haber dudas de que la fundación analizada estaba soportada con los bienes del I marqués del Carpio, don Diego López de Haro y Sotomayor (1559-1578), y su esposa María Ángela de Velasco y de la Cueva. Tras ocho generaciones de señorío, la casa del Carpio había conseguido en este momento elevar su estatus social con la concesión del marquesado, llegando a obtener la grandeza de España en el siglo siguiente.

La fundadora de la capellanía era Isabel de Montemayor. ¿Quién fue esta mujer y qué relación tenía con el patrimonio que soportaba la capellanía? Buceando en internet encontré dos candidatas en la segunda mitad del siglo XV: por un lado, Isabel Fernández de Montemayor Hinestrosa, casada con el V señor de Luque, Egenas Venegas, descendiente de los fundadores del monasterio de Dueñas, pero sin relación conocida con la casa del Carpio. Por otro lado, Isabel de Montemayor (en la mayoría de fuentes, Isabel de Sotomayor), hija de Luis Méndez de Sotomayor (VI señor del Carpio) y de Marina Solier y Córdoba, tía abuela del I marqués del Carpio y prima hermana de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, del que también era primera hermana.

Isabel de Sotomayor es de esos personajes que se pierden en la nebulosa de la historia: un matrimonio de conveniencias rubricaba el apoyo de la casa del Carpio a la de Aguilar (Fernández de Córdoba) en su enfrentamiento con la casa de Cabra. Un matrimonio que obtuvo como amargo regalo de bodas la alcaldía de Santaella, donde a la postre el Gran Capitán acabaría preso. Y un matrimonio sin descendencia que duró poco; unos escriben que por muerte prematura de Isabel y otros por el repudio de Gonzalo.

Sea cualquiera de las dos, a ninguna se le conoce relación familiar con Andrés de las Roelas, por lo que la protección linajuda de la capellanía se diluye de alguna forma. ¿Y si la relación del presbítero cordobés con la capellanía viniera de la propia orden del Císter? Aquí el único dato tangencial lo obtenemos de las revelaciones escritas por Juan del Pino. Allí de las Roelas refiere la influencia que durante su niñez tuvo para él un tío suyo, «fraile Benito». Eso nos recuerda que la orden del Císter es conocida como la de san Benito y san Bernardo y que estuvo presente en Córdoba hasta 1531 en el monasterio de los Santos Mártires, precisamente de los Santos Mártires. Todo es posible.

¿Y qué beneficio tuvo para Roelas esta capellanía? El de la renta anual, seguro, pero a cambio sí podemos intuir que el monasterio de Santa María de Dueñas se benefició de la capellanía de este presbítero. En el libro 1.129 del fondo de clero del A.H.P.C. se pueden consultar varios censos constituidos en la segunda mitad del siglo XVI y que gravaban viñas y tierras del pago del Torilejo, de la localidad de Posadas, en favor del monasterio de Dueñas. Incluso la hija de uno de los otorgantes, Isabel de Toledo, aparece como monja de este cenobio. El Torilejo fue ese mismo pago donde los padres de Andrés de las Roelas cedieron un cortijo y unas tierras para que su hijo fundara el originario convento de los basilios, también en la segunda mitad del siglo XVI. Puede ser que la labor apostólica en aquella serranía de Posadas empezara a obtener frutos entre sus vecinos.

Nada más he conseguido saber, si bien pienso que lo expuesto puede servir de ayuda para seguir interesándonos por aquel Andrés de las Roelas, sacerdote que San Rafael eligió para revelarse como custodio de Córdoba.

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