El legionario BiciGustavo Morales

Crónicas castizas

El legionario abogado que prefiere ser agricultor

Dejó a sus padres, dejó el sentido común y con la mayoría de edad suficiente le sobró coraje para alistarse a La Legión en el banderín de enganche de Leganés, antes de que el general Pallás se lo llevase a Ronda

Había sido alumno del CEU, demasiado pronto, tenía sed de vida irrefrenable e incompatible con la disciplina académica, dejó los estudios, dejó a sus padres, dejó el sentido común y con la mayoría de edad suficiente le sobró coraje para alistarse a La Legión en el banderín de enganche de Leganés, antes de que el general Pallás se lo llevase a Ronda. Cuando sus padres se enteraron movieron Roma con Santiago para echar atrás el enganche. Fue inútil, lo había hecho irrevocable.

Para estar seguro de superar las exigentes pruebas físicas de ingreso, que incluían un examen médico personal, había hecho graduar unas gafas de sol Ray-Ban, que entonces era poco o nada habitual, y las justificó al usarlas en el examen de la vista diciendo que le hacía daño la luz porque estaba de resaca, algo comprensible en aquella fauna cuartelera. Logró entrar y firmó un contrato de dos años con el Tercio y lo cumplió día a día.

Ya en la Subinspección de la Legión conoció a un alférez rumano procedente de la Guardia de Hierro de Codreanu y tras él a muchos especímenes peculiares que hubieran hecho las delicias y la tesis doctoral de un psiquiatra o de sus escuderos los psicólogos. Hombre sociable y abierto formó una banda de legías, en la que estaba el secretario de una princesa carlista, a los que moteó como los Dacoy, los esbirros del legendario Fumanchú.

Fue bautizado por sus nuevos compañeros de armas como el Bici, por usar gafas (bicicletas en argot legionario), aunque muchos creyeron equivocados al oír el mote que era Vici, de vicioso. Superado el tiempo de recluta en manos de los instructores se enroló en la guardia fija, legionarios que estaban todo el día y la noche de servicio de armas a cambio de tener algunos días libres más que el resto. La guardia fija imprimía carácter, al menos chulería. Eso lo aprendí de recluta, cuando estaba estrenando taquilla y pasó un veterano haciéndose sitio a empujones: «Paso a la guardia fija, recluta», me espetó arrogante. Pregunté quién era ese y me dijeron: el Bici. Así nos conocimos porque no me dejé avasallar, aunque un empujón suyo te ponía en órbita. Como detalle, comentar que cuando salíamos de paseo, una apuesta con los camareros era «las copas gratis si mi amigo rompe la guía telefónica o pagamos el doble» y sonreían incrédulos hasta que el Bici les hacía cambiar de gesto cuando la partía en dos con las manos. Siempre fue fuerte, mucho. Lo han comprobado camareros del All Star en Marbella, vigilantes jurados y una patrulla de policía militar. En una ocasión levantó y mantuvo en vilo, carentes de gato, el coche del veterinario Javier, el de la jueza corsa, mientras él cambiaba la rueda pinchada del R12. Fuerte, pero no agresivo.

Tras licenciarse hizo muchas cosas, todas éticas porque sin ser melindroso ni de lejos la moral del Bici va en paralelo con su fuerza física. Y se sacó el carnet de conducir a la cuarta o la quinta, no sin esfuerzo perseverante suyo y del examinador heroico que quería huir cuando le vio subirse a una isleta: «¿Pero no me ha dicho usted que gire a la derecha?».

Y ayuno de aptitudes sociales logró casarse con Mercedes, ignoramos cómo lo logró, y tener dos hijos que son tema recurrente en su conversación de padre.

Y acabó la carrera de abogado que ejerce profesionalmente, aunque confiesa con honestidad a los amigos en la intimidad que propician las copas que prefiere cultivar la tierra que sus padres le dejaron en Jaén y que él ha enriquecido con sus esfuerzos, oficio duro el de agricultor, pero menos expuesto al desencanto que los abusos y sin sabores de los tribunales de justicia españoles, que en muchos casos hieren su humanidad de buena persona y hace suya la causa del cliente.

Luego tiene sus manías como todo el mundo, te puede recitar la alineación de la flota imperial nipona en la Batalla de Midway o la lista de los mejores tanquistas de la Segunda Guerra Mundial. Que es hombre multidisciplinar lo demuestra que en casa tengo un arco mongol que me hizo siguiendo de aquella manera las técnicas de antaño y, por variar, una temporada le dio por criar perros feroces y me daba pavor verle entrar y me invitaba a seguirle, de lo que me guardé mucho, en la jaula con aquellas bestias, que eran todo dientes y músculos y apartarlos de su camino dando collejas cuando se le echaban encima como si fueran traviesos chihuahuas. Aquellos canes le dieron un buen disgusto y hoy se han reducido a los dos de su hija Elena.

Durante la pandemia me decía sincero que él ponía todos sus recursos a disposición de la administración en favor de los españoles y me lo decía con el acento cristalino de la verdad. José Juan, así se llama en realidad, aunque para mí será siempre Bici. Parodiando al hermano de Manuel Machado, que bromeaba Borges, «es en el buen sentido de la palabra bueno» y a mí me honra ser su amigo desde hace décadas.