Junker Ju52 en Cuatro VientosGustavo Morales

Crónicas castizas

De alas, trenes y navíos

El veterano piloto alemán dijo en voz alta: “Volamos sobre Creta", y los periodistas a bordo nos regocijamos con la broma histórica recordando a los 4.500 paracaidistas de la Lutfwaffe del general Kurt Student, en la Operación Mercury

He viajado a lomos de algunos animales como camellos y elefantes y también en muchos vehículos. Algunos me han encantado, como el Junker Ju 52 trimotor, justo el de la foto, capaz de planear con los motores parados, dicen, gracias a Dios no tuvimos que verificarlo, donde un hombre en la cabina de pilotaje se afanaba en accionar una y otra vez con evidente esfuerzo una larga palanca. Luego supe que con ello inyectaba combustible en los motores que una vez en marcha lo succionarían solos, o eso esperábamos. Los asientos de la aeronave estaban muy lejos de los cómodos y modernos aviones de pasajeros aunque con más espacio alrededor. Era una lona enganchada a unos tubos pero, en cambio, se podía bajar la ventanilla, sacar la cabeza fuera y ver la sombra inconfundible del aparato que era adelantada por los coches que circulaban por las carreteras que sobrevolábamos. Hubo un momento en que el veterano piloto alemán dijo en voz alta: «Volamos sobre Creta», y los periodistas a bordo, lo suficientemente peculiares para apuntarse a ese viaje, nos regocijamos con la broma histórica recordando a los 4.500 paracaidistas de la Lutfwaffe del general Kurt Student, en la Operación Mercury. Cuando llegamos al aeródromo de Cuatro Vientos nos salió a recibir una escuadrilla de aviones memorables variopintos de la Fundación Infante de Orleans.

Con todo, ese vuelo en una nave vetusta de Lufthansa fue, con mucho, bastante más seguro que el que realizamos en Nepal una avioneta bimotor desde Katmandú, sobrevolando el Himalaya, hasta Pokara. Entre los pasajeros de la avioneta había uno que llevaba lo que asemejaba una paella pegada en la frente, nos explicaron que así reducía su espanto al atribuir hechizos mágicos a los granos de arroz que adornaban con profusión su cara en un permanente rictus de pavor. Al llegar a nuestro destino, donde aterrizamos en un campo de hierba, uno de los negociantes locales, que me hizo una prenda en una noche, nos contará que él llevaba años viviendo allí y nunca había cogido esa avioneta, prefería hacer un penoso viaje de varios días por tierra aún sin carretera digna de tal nombre antes que arriesgarse a ese vuelo, que teníamos que repetir para volver a la ciudad de la Kumari, la diosa viva niña con fecha de caducidad.

Otra travesía memorable fue en el tren bala para ir de la antigua Kioto a la moderna Osaka en Japón. Doy fe de que si tu reloj marca una hora y el tren llega con una diferencia de uno o dos minutos, tu reloj va mal. Allí no opera Renfe ni los trenes italianos que me dejaron aburrido y al borde de la desesperación con la vista prendida de un cronómetro. Es un espectáculo ver a los revisores nipones entrar en cada vagón, impolutos, haciendo una reverencia señorial y solicitando los billetes con la mayor de las cortesías en vagones silenciosos donde todo el mundo lleva teléfonos móviles y ninguno suena ni molesta.

Aviones antiguos

He navegado en un barco de vela con el psiquiatra Matute, gran coleccionista de armas de avancarga que adornaban profusamente su despacho, «una está cargada», aseguraba, que me enseñó lo que era la orza y otras cosas que ya olvidé. En diferente ocasión surqué el Atlántico en un crucero soviético del Konsomol hacia Cuba y he volado en avioneta ultraligera sobre el Valle de los Caídos con Curro de piloto tocando, torpe de mí, botones y palancas que no debía.