Entierro clásico
Crónicas castizas
El cobrador de los muertos
Hay oficios que han desaparecido y cuyos integrantes se ganaban la vida de forma honrada y sacaban adelante una familia: los cobradores a domicilio y los practicantes
Ustedes no se acuerdan porque son muy jóvenes pero hace tiempo por las casas pasaba de vez en cuando «el de los muertos», también conocido y anunciado cuando llamaba a la puerta como el cobrador de los muertos, sin capa negra ni guadaña, que era un señor habitualmente bien afeitado y con americana que demandaba cortésmente con gesto de circunstancias el pago del seguro de entierro, piso por piso, y lo cobraba en mano, ni tarjeta de crédito ni bizum, entregando un recibo impreso que se guardaba en el cajón de los papeles esperando no tener que necesitarlo en breve. Era un seguro bastante corriente entonces y las empresas tenían por nombre El Ocaso, Santa Lucía o El edén infinito, desde luego no «el cocherito leré pompas fúnebres» ni "Funeraria Rosales (de aquí no sales)”.
Consistía el seguro en ir pagando una iguala mensual para en caso de fallecimiento tener el entierro cubierto con esquelas, recordatorios y ataúd incluido. Era tan habitual que mi padre, pesimista él, según nací un viernes de dolor me dio de alta en ello y desde entonces debo haber abonado pagos a esa compañía ya para una docena de entierros o más, con carroza fúnebre de cristal tirada por cuatro caballitos negros tocados con plumeros de avestruz en la testa además de una banda de cornetas y tambores ejecutando el réquiem de Mozart y si falta algo de eso puedo reclamar a la aseguradora tras mi sepelio.
Otro hombre temido por aquel entonces, de siniestra presencia en los hogares con críos, que pasaba por las casas antaño era el practicante. Llegaba con su maletín preñado de temibles objetos que transportaban nuestra imaginación al horror, mi hermana todavía se acuerda, y para alimentar el terror de la niñería iniciaba una perturbadora ceremonia consistente en ir sacando y depositando en una mesa cajas de metal plateado que contenían jeringuillas de cristal con afiladas agujas doradas en un cacharro con agua que ponía a hervir al fuego de un recipiente con alcohol, que prendía con un encendedor Ronson para desinfectarlas.
Ese rito era el preludio lento y aterrador del temido pinchazo posterior, sembrando el miedo en la niñería a quien iba destinado el inyectable, chavalería que buscaba refugio inútilmente y se escondía en los sitios más insólitos de la casa y los rincones más inaccesibles, donde solo cabían sus pequeños cuerpos y había que sacarlos para recibir en el culete rápido e inesperado un cachete previo que te despistaba para no sentir mucho el consiguiente pinchazo, truco de veteranos. La preparación del instrumental, cierto es, provocaba más pánico y padecimiento que el pinchazo en sí, mucho más breve en el tiempo y menos doloroso de lo imaginado.
Cuando se escapaba por ausencia en el hogar el cobrador de la luz o similar había que ir a hacer cola y abonar la factura a las oficinas de la compañía en cuestión para evitar que te cortaran la luz o el agua que entonces, como no había okupas, sí te la cortaban sin misericordia ni miramiento alguno.