Parque infantil en la avenida de Vallellano

Parque infantil en la avenida de VallellanoJC

Crónicas castizas

Dame la mano, abuelo

El problema es que el mundo infantil está lleno de peligros. Los parques, por ejemplo. Lo que para los niños es un lugar de aventuras, para un abuelo es un catálogo completo de amenazas. Donde ellos ven diversión, él distingue traumatología

Hay frases que no caben en ningún diccionario porque significan más de lo que dicen. Frases pequeñas, apenas tres palabras que valen un mundo entero. Una de ellas es esa que pronuncia una niña de dos años y poco cuando levanta la vista hacia su abuelo y le ordena con la autoridad de la inocencia:

—Dame la mano, abuelo.

No existe condecoración comparable. Ninguna medalla, ningún cargo, ningún reconocimiento público alcanza la importancia de esa confianza absoluta depositada en una mano ya surcada por los años.

La nieta avanza convencida de que el abuelo puede con todo. El abuelo, en cambio, sabe que no puede con casi nada. Y lo de casi es para animarse. Le duelen las rodillas al levantarse, cuando no las caderas, resopla en las cuestas y consulta el tiempo como quien consulta el oráculo de Delfos. Pero aprieta aquella manita diminuta y se siente, durante unos instantes, capaz de desafiar al mundo.

El problema es que el mundo infantil está lleno de peligros. Los parques, por ejemplo. Lo que para los niños es un lugar de aventuras, para un abuelo es un catálogo completo de amenazas. Donde ellos ven diversión, él distingue traumatología.

Aquella estructura de juegos no tendrá más de dos pisos de altura, pero a ojos de un abuelo alcanza dimensiones alpinas. La niña escala por las redes y las plataformas con una serenidad pasmosa, mientras él la sigue desde abajo con el alma suspendida. Cada peldaño es una preocupación nueva. Cada paso hacia arriba, una negociación con el destino.

Luego vienen las escaleras.

Escaleras estrechas, empinadas, amenazadoras, pensadas para niños que aún desconocen el concepto de vértigo. Al final aguarda el gran monstruo del parque: el tobogán.

El abuelo intentaría prohibirlo. Lo prohibiría todo, de hecho, si por él fuera. Las alturas, las carreras, los saltos, los charcos y hasta los días de viento. Pero entonces aparecen los padres, que representan la sensatez de otra generación, y decretan la derogación inmediata de todas las normas impuestas por el Gobierno Provisional del Abuelo.

Y la niña se tira. Una vez. Y otra. Y diez más. Mientras tanto, abajo, hay un viejo con el corazón encogido que finge tranquilidad y sonríe para ocultar que cada descenso le resta varios días de vida.

Naturalmente, la infancia cumple sus leyes. Porque los niños están hechos de energía, de curiosidad y de costras. Y la aventura acaba traduciéndose en una rozadura en la rodilla. Una herida mínima, de esas que apenas merecen un soplido, pero que se incorpora de inmediato al museo universal de las costras infantiles, donde han ingresado generaciones enteras desde que el mundo es mundo. Que así siga siendo.

Ella llora apenas un instante. El abuelo sufre por los dos.

Más tarde llega la playa: polvo, sudor y arena. Y entonces vuelve a sonar la frase.

—Dame la mano, abuelo.

Delante esperan los 137 escalones que descienden hasta la mar. Son muchos más de los que uno recuerda cuando los baja y bastantes más todavía cuando toca subirlos a la vuelta. El sol aprieta. Hay polvo, sudor y cansancio. Los huesos protestan con la elocuencia propia de la edad.

Pero la niña camina confiada. Lleva la mano agarrada a la del abuelo.

Y el abuelo baja detrás, como ha bajado tantas veces por la vida: despacio, atento, procurando que los suyos no tropiecen. Porque al final los abuelos descubren algo hermoso y doloroso a la vez. Que los años pesan. Que los achaques llegan. Que las fuerzas ya no son las mismas.

Pero también descubren que el amor tiene una extraña capacidad para dejar en segundo plano el dolor. Por eso bajan los 137 escalones. Por eso soportan el calor. Por eso vigilan toboganes que les parecen abismos y curan con mimo heridas que apenas son rasguños.

Por eso, cuando una voz pequeña les pide la mano, la ofrecen sin dudarlo, sintiéndose agradecidos por haber vivido hasta ese instante.

Porque el amor de los abuelos tiene algo de milagro cotidiano: cuanto más envejece el cuerpo, más joven se vuelve el corazón.

Por eso también está presto aunque no ha blindado el alma cuando ella le echa de sus juegos: Fuera, abu, fuera.

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