Rebelión contra la dictadura totalitaria de las pantallas
Crónicas castizas
Revuelta contra el mundo moderno
El combate comenzó un martes a las nueve de la mañana. Yo sólo quería cambiar una domiciliación bancaria de un seguro del hogar y llegar allí sin convivir con osos blancos.
Uno sale de casa o no para hacer una gestión sencilla y acaba enfrentándose a más pruebas que un caballero andante. Entre aplicaciones caprichosas, firmas digitales incomprensibles y máquinas que nunca se equivocan aunque siempre fallen, el ciudadano contemporáneo vive en permanente estado de sitio. El progreso, al parecer, consiste en complicar lo que antes funcionaba.
Desaparece el papel. Desaparece lo permanente. Y no me refiero únicamente a los documentos, sino a la propia certidumbre de las cosas, al menos desde que los hombres dejaron de escribir en piedra, como hacían nuestros antepasados con más sentido común del que hoy presumimos tener entre pantallas y contraseñas.
Cualquier gestión que uno necesite realizar como ciudadano pasa ahora por una aplicación. Ya no hay ventanillas; hay pruebas iniciáticas. Uno entra en ellas como quien penetraba antiguamente en el laberinto del Minotauro. Primero le piden una contraseña. Después una verificación. Luego un número que envían a otro dispositivo que, naturalmente, no es el que usted está utilizando. Sale entonces de una pantalla para entrar en otra, busca el código, regresa, se equivoca de pestaña, desaparece el formulario y vuelta a empezar.
Cuando por fin logra introducir el dichoso número, el sistema le comunica, con esa cortesía mecánica tan propia de nuestro tiempo, que ha ocurrido un error. Solicite uno nuevo. Y allí continúa el ciudadano, rodeado de SMS que ya no sabe si pertenecen al banco, a Hacienda o a la compañía telefónica, mientras una inteligencia artificial le recuerda que todo resulta extraordinariamente sencillo y que usted es idiota si no le parece así.
En este nuevo universo también se firma sin saber qué se firma. En la pantalla del banco, en la del repartidor o en la del cartero digitalizado. Basta con deslizar un dedo sobre un cristal y aceptar. ¿Aceptar qué? Eso ya es secundario. Lo importante es aceptar.
Algo parecido ocurre cuando uno devuelve un router, un decodificador o alguno de esos artilugios tecnológicos que exigen, para su instalación, conocimientos equivalentes a segundo curso de Ingeniería de Telecomunicaciones. Usted entrega el aparato. Entrega incluso el justificante. Pero quien conserva la constancia documental es la empresa. Usted sale del establecimiento con la misma seguridad jurídica con la que saldría de una partida de póquer.
Todo depende de la electricidad. Todo depende de Internet. Una interrupción mínima y el mundo entero se detiene como un gigantesco reloj al que se le hubiera agotado la cuerda.
Leer el periódico, por ejemplo, exige una perseverancia heroica. Ya no basta con abrirlo. Hay que registrarse. Después volver a registrarse porque la aplicación le ha olvidado. Recuperar la contraseña que usted juraría haber escrito correctamente. Aceptar cookies. Rechazar cookies. Aceptar de nuevo otras cookies distintas. Entrar, salir, volver a entrar y comprobar finalmente que el artículo que deseaba leer ha desaparecido bajo una avalancha de ventanas emergentes obsesionadas, según afirman, con proteger su intimidad mediante la cesión de todos sus datos personales.
Y mientras tanto, los nuevos censores, invisibles y sin rostro, vigilan desde algoritmos que jamás dan la cara. Aprueban o desaprueban opiniones con el movimiento digital de un pulgar inexistente. No saben quién es usted. Tampoco parecen muy interesados en saberlo.
Fuera de las pantallas, la experiencia humana tampoco mejora demasiado.
Los autobuses y los comercios han firmado, sospecho, una alianza estratégica con los esquimales. El aire acondicionado funciona con tal entusiasmo que uno entra en agosto y sale en noviembre. Los restaurantes mantienen temperaturas aptas para conservar pescado durante semanas, obligando a los clientes a refugiarse en terrazas donde disputan el almuerzo a las palomas. Todo parece orientado a garantizar un catarro permanente, en provecho sucesivo de farmacéuticas, hospitales y vendedores de sobrecamisas.
Y, sin embargo, lo más inquietante no es el frío sino la deshumanización.
Hace pocos días, un vecino de un pueblo cercano a Palencia llamó a los bomberos porque su vivienda estaba ardiendo. El camión llegó cuarenta y cinco minutos después con media carga de agua. La explicación fue impecablemente moderna: si hubiese salido con el depósito completo habría tardado dos horas.
Acudía además una dotación de voluntarios noveles. Su primera pregunta al llegar fue dónde se encontraban los hidrantes. Los vecinos tampoco lo sabían. La casa terminó ardiendo hasta los cimientos.
Es difícil imaginar una metáfora más precisa de nuestro tiempo.
Tenemos tecnología para reconocer un rostro entre millones de fotografías, pero no sabemos dónde está el agua cuando hace falta apagar un incendio.
Tenemos aplicaciones para todo, pero cada vez menos personas para resolver nada.
Tenemos seguros que cargan recibos en cuentas equivocadas; bancos que incrementan beneficios mientras reducen empleados; plataformas digitales que sustituyen conversaciones por formularios y seres humanos por respuestas automáticas.
Lo humano retrocede.
Y quizá esa sea la verdadera noticia de nuestro tiempo. No que desaparezca el papel, sino que desaparecen las personas. Que lo permanente deja paso a lo provisional. Que el sentido común es vencido por el procedimiento. Que la realidad acaba subordinada a la pantalla.
Nos prometieron comodidad y nos entregaron dependencia.
Nos prometieron libertad y nos dejaron contraseñas.
Nos prometieron progreso y nos acostumbraron a obedecer lo que dicta una máquina.
Por eso, cuando escucho aquella célebre sentencia informática, «Computer says no», ya no me parece una broma británica. Me parece el lema no escrito de una época.
Y empiezo a sospechar que 1984 no fue una novela de anticipación.
Fue, sencillamente, una crónica enviada desde el futuro. Y el futuro ya ha llegado.