Ambulancia

Ambulancia

Crónicas Castizas

El club de la ambulancia

Se reúnen en cuartos del hospital, apiñados en sillones, camillas, sillas de ruedas propias o prestadas, conectados a botellas de oxígeno, con bastones blancos evidentes. Hay una mujer de piel cetrina, tocada con un gorro negro de lana y mascarilla sanitaria. Irreconocible tras unas gafas de pasta grandes de actriz de incógnito

Se reúnen algunos cuartos del hospital los miembros del club de la ambulancia, cerca del gimnasio de rehabilitación, apiñados en sillones, camillas, sillas de ruedas propias o prestadas del sanatorio, conectados a botellas de oxígeno, con bastones blancos elocuentes. Entra aquella mujer de piel cetrina, tocada con un inverosímil gorro negro de lana ajada con rayas que fueron plateadas, y mascarilla sanitaria. Irreconocible tras unas gafas de pasta grandes de actriz de incognito, en la boca la palabra amable precisa a cada cual de los habitantes del cuarto. Otras se muestran más apocadas con bolsas de colostomía recelosas de ser reveladas, algunas, las menos, acompañadas, la mayoría solas. Todas se saludan y conversan, casi todas allí saben sus nombres, se han visto en esas esperas muchas veces, mucho tiempo del poco que tienen tasado. Los más afortunados entre ellos son abuelos en quienes un niño ha depositado alguna vez su mano cálida y confiada, han visto prolongarse su estirpe. Son esos enfermos de hoy que nutren el club de la ambulancia excedentes de una sociedad utilitaria, puentes vivos con un pasado que no figura en los libros de Historia, son artesanos no reconocidos del mundo moderno, arquitectos desdeñados del presente.

Los técnicos de emergencias sanitarias uniformados de estridentes colores, parecen subrayadores, van organizando las ocupaciones de las ambulancias por orígenes próximos, por destinos cercanos. Los hombres de los vehículos sanitarios son amables, humanos, a pesar de algunos aspectos falsamente feroces, algunos lucen tatuajes o aros de plata, mantienen siempre una sonrisa compasiva ante el dolor ajeno y tratan a los enfermos con amabilidad: meten sus camillas en la ambulancia, ignoran sus diatribas y maledicencias, que algunas hay, anclan las sillas de ruedas y conducen orientándose con una aplicación GPS que serán útiles para dirigir misiles de crucero intercontinentales pero en la ciudad te meten en más de un enojoso laberinto.

A un señor mayor, quien luce una cabeza con perfil de senador romano, de maneras pausadas y sin tuteos impuestos, con cabellos blancos algo engominados, le explican concienzudos en el control que se define por dos mesas, un portátil y un teléfono, que los vehículos no se asignan por orden de llegada a la sala de espera de los pacientes, nunca mejor dicho, sino por destinos reunidos.

Uno de los coordinadores telefonea al médico que figura en el informe de una paciente, que le pide con todas las garantías de privacidad que rozan lo absurdo en este mundo transparente, y le pregunta cuándo y cuanto tiene que llevar el oxígeno puesto, informando de ello a una señora escuálida, las gordas escasean allí, que se expresa lenguaraz con desparpajo, quejándose de que nadie le hará los recados de comida y farmacia al día siguiente porque no hay nadie más en su vida. Un ángel cruza la sala y se hace el silencio.

Soy uno más de la tribu, empecé en ella involuntario con las ambulancias por excelencia, las de las urgencias, a sirena aullante y con el acelerador a fondo, cuando acarrean el dolor ajeno. Hace casi medio siglo una ambulancia atronó la noche devorando la calle General Ricardos mientras me llevaba con una legionela al hospital militar Gómez Ulla cuando era legionario y otra hace un par de años tal día como hoy, contribuyó a salvarme la vida conduciéndome rauda al quirófano del Clínico. Ahora soy sólo un mero acompañante, un extra del paciente y efímero club de las ambulancias que no tocan la sirena.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas