El mendigo de Fuencarral

El mendigo de FuencarralGustavo Morales.

Crónicas castizas

El mendigo Miguel y el perro Miki, historias de la calle

Me contaba que es viudo, está solo, tenía por toda compañía a su pequeño animal, hermoso y peludo, su perro Miki, hasta que unos desalmados se lo llevaron a la fuerza y por sorpresa ante la indiferencia de los transeúntes, me detallaba entonces entre lágrimas, y la soledad de Miguel se acentuó

Antes del jamacuco que un aciago día de finales de febrero marcó un antes y después en mi vida, hubo otras cosas que también dejaron huella en mí. Una de esas «pequeñas cosas», que cantaba aquel, quizás sea el tema de hoy.

Solía ir y volver andando al trabajo. Para no hacer monótona la ruta cambiaba de camino con frecuencia. En esas saludables caminatas conocí a Miguel, un mendigo que está casi ciego, cuyo difícil rostro enmarcan unas feas gafas de gruesos cristales que no alivian su apariencia de desheredado. Pedía en la entrada de un aparcamiento cerca del número 121 de la madrileña calle Fuencarral, antaño reino de las zapaterías. Me contaba el hombre en cuestión que es viudo, sus hijos se fueron lejos, está solo, tenía por toda compañía a un pequeño animal hermoso y peludo, su perro Miki, hasta que unos desalmados se lo llevaron a la fuerza y por sorpresa ante la indiferencia de los transeúntes que circulan afanosos sin ver –me decía entonces entre lágrimas–, y la soledad de Miguel se acentuó. Miguel rezaba para que le devuelvan su perro. Es una persona real, con problemas reales y la solución también debió ser real. No es una cadena de llantos y lamentos. Le conozco, hablaba con él casi todos los días mientras su perro me hacía fiestas y zalamerías saltando y bailando alegre en torno nuestro. Hoy Miguel estaba solo, llorando en silencio, todo el mundo estaba muy ocupado para fijarse en un diminuto anciano mal vestido y triste, con el pelo cortado al rape.

No sabemos ni lo sabremos nunca, si a Miki se lo robaron para venderlo, era una preciosidad, o son fanáticos de los que quitan animales a ancianos porque se mueren y se quedan solos, los animales, los otros animales, los irracionales, para llevárselos a refugios desangelados donde están desamparados y perdidos en jaulas. En cualquier caso, desalmados que no se atreven con los perroflautas que sí les pueden dar problemas.

Pregunté en una red social: Con tantos amigos de los animales que hay por aquí, ¿alguien podría darle un perrito? No puede ser grande, Miguel es pequeño, sin fuerzas y no ve bien ni regular. Más que las monedas, agradece los ratos de conversación humana sentados en el pretil de la barandilla. Los ratos que le hablan y deja de ser invisible, cuando hay miradas que no se apartan de la suya, no la esquivan.

Me contestaron almas caritativas, una bondadosa periodista, y también para mi estupor personas con cuentas pendientes con un anciano cegato. Unos explicaban que sus hijos quisieron llevárselo con ellos a Canarias, donde vivían, pero Miguel no quiso y siguió con la golosa habitación que tiene cerca de la glorieta de Quevedo. Otros me mascullaron que era un viejo verde que lanzaba miradas libidinosas a las chavalas que pasaban por la zona, que a veces se convertían en palabras.

Miki y Miguel ya están separados. Los autoproclamados justicieros, que saben más que los demás lo que le conviene al mundo y a todos, se llevaron al perro en un coche aprovechando su indefensión, la de ambos. Otros que quizás decían la verdad, la suya, me denigraron en redes al pequeño mendigo de gafas gruesas y feas, y quizás les asista alguna razón y algo de autenticidad en ciertas falacias que me han transmitido o sean verídicas, pero desde luego adolecen de parca caridad y misericordia exigua con alguien desvalido como el protagonista de nuestra historia, como decía mi compañero Eduardo, «intenciones no preñan».

El caso es que Miguel y Miki ya no están en esa acera desde hace mucho, tampoco en mi ruta. Dios sabrá su paradero actual, y la ausencia de ellos dos me lleva a evitarla para no evocarles y recordar que existen Mikis secuestrados y Migueles desechados. No soporto más jamacucos que me rompan el corazón.

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