Autobús de Madrid
Crónicas castizas
Circular uno
Desde una anárquica parada en que las colas son abolidas por los usuarios partidarios de la anarquía y el desorden, cojo el siguiente autobús más multitudinario, escucho lo que van comentando los variopintos acompañantes, pues hace fácil la identificación. Unos estudiantes...
Cuando por la mañana parto a laborar a las minas de la universidad a buscar y extraer vetas de conocimiento que impartir a las reatas de estudiantes, concluido ya el privilegio que me concedió una compañera y a pesar de ello amiga, de acarrearme en su coche durante los inestables días posteriores de mi convalecencia, tomo autobuses, dos, cuando no camino una parte de la ruta, uno me lleva hasta Argüelles. En ese trayecto, aunque me afano, me es difícil identificar a dónde van y quiénes son los demás viajeros. Excepto uno que va vestido de bombero, me es arduo colegir a qué ocupaciones acude el resto de mis compañeros de viaje circunstanciales cuando el sol ya ilumina los caminos.
En la segunda parte del trayecto, desde una anárquica parada en que las colas son abolidas por los usuarios partidarios de la confusión y el desbarajuste, cojo el siguiente autobús más multitudinario, escucho lo que van comentando los variopintos acompañantes, pues hace fácil la identificación. Unos estudiantes, pienso por la edad que lo son aunque van ayunos de libros y carpetas, comentan que «no les gusta el románico», aunque para no ser piedra de escándalo aclaran que son esos cristos hieráticos sin expresión, cual esculturas egipcias, lo que les deja fríos. Aunque sin duda una profesora de arte se escandalizaría como fue mi caso hace décadas. No debí decir que no me gustaba el románico delante de una docente de historia en mi instituto Cervantes, Trinidad Ortuzar, de grato recuerdo. Me dio una chapa de cuarenta y cinco minutos. Ni siquiera me dejó aclarar que me refería a las representaciones humanas, pues me parecen muy rígidas e impasibles, cual adustas cariátides.
Otros más audaces aún vierten en el oído de las compañeras de viaje, que probablemente lo sean de clase y ellos aspiran a algo más todavía, que no les gusta el fútbol, moderna blasfemia que ya no cometen ni las señoritas desde el caso Rubiales. Otro alza la voz hablando por teléfono, la moderna tizona que nos acompaña a cualquier parte, a esa también, para decir a una voz desconocida y mendicante que le parece curioso que las ONG tan no gubernamentales vivan todas del Gobierno y paguen sus cuchipandas con los presupuestos generales del Estado. Miro sus muñecas y no observo una pulsera identificativa de la fachosfera.
Otros comentan en alta voz las legendarias sentencias de las madres: «Y si tus amigos se tiran de un puente, tú también»; «esto no es un hotel», «a ver si te crees que soy el Banco de España». Hay un de ellas, de las frases, «como vaya yo y lo encuentre...», que otro mozo, con gorra y capucha calada dentro del autobús, dando una inquietante imagen de malote, desmonta uno de los tópicos con fingido acento brasileño, o eso presumo. «Pues claro que lo encuentran porque son ellas las que lo han cogido de donde tú sabes a ciencia cierta que lo dejaste y lo han guardado donde les plugo, por eso lo encuentran, ¿cómo no lo van a saber si te lo escondieron ellas?». Una chica airada que le acompaña le da la réplica solidaria con su sexo: «Los tíos no encontráis la fuente de la ensaladilla rusa en el frigorífico aunque esté a la altura de vuestros ojos».
También se suelen bajar del autobús ante la plaza que alberga dos hospitales a la vez un grupo de mujeres, donde ninguna cumple los cincuenta ya, cuya conversación con visos sindicales previa al desalojo del transporte en su parada gira en torno a los ascensos, los días libres y los cambios de destino, siendo muy apreciado el de los neonatos, decían, por la escasa exigencia de los clientes.
En medio de ese océano de naderías oigo una perla de sabiduría de la boca de un chica delgada de ojos luminosos: «El que fía de las alforjas de otro tarde almuerza». Y ese recuerdo me llevo para evocarlo, rumiarlo pausadamente cuando bajo del Circular a comenzar la jornada. Me he saltado una parada mientras garabateaba esto en los márgenes del periódico con letra ilegible porque mi memoria no es de fiar a corto plazo.