Mercado de las mujeres en Nepal
Crónicas castizas
Tiempos perdidos
Un mundo donde Antón, el hijo del ciego a quien un barreno mal puesto le cambió la profesión de minero por la de vendedor de cupones de la ONCE, corría en algún rally y cuando bajaba al moro
Era un tiempo perdido en un ayer luminoso, en que las mujeres y sus hijos más voluntariosos que voluntarios se dedicaban entre otros menesteres de amor al próximo, a limpiar lentejas, sí, limpiarlas. Se extendía el contenido, mayormente lentejas crudas pero no solo, sobre una mesa y se iba seleccionando una a una o por grupos las lentejas sanas, apartando piedrecitas, algún bicho y restos vegetales variados e ignotos para desecharlos antes de poner a las elegidas en remojo previo a la olla. Un mundo donde se partían a mano las judías verdes, entonces más españolas que Ayuso, y se las quitaba una hebra que tenían a lo largo. No era raro llegar a una casa y encontrarse a las señoras, que aún no eran charos, sumergidas en alguna de las dos tareas.
Eran tiempos distantes en que la esposa del responsable de la residencia de verano de Gredos se tomaba tan en serio el ahorro que tras las recepciones rellenaba los botellines de cerveza que se habían quedado a medio consumir unos con otros y les volvía a poner la chapa como su magín le daba a entender para volver a servirlos, sin fuerza ni gracia, en otra ocasión. Un mundo donde Antón, el hijo del ciego a quien un barreno mal puesto le cambió la profesión de minero en Asturias por la de vendedor de cupones de la ONCE, en Madrid, otra creación del Innombrable cuyo origen también falsearán.
Antón, corredor en algún rally automovilístico, no dudaba de tarde en tarde en coger su coche Ford Escort para bajar a Cádiz como una exhalación y subirse medio kilo de hachís en tabletas de prensa mora que deshacía en molinillos de café baratos para luego introducirlo en bolsas, y con calor, una plancha y mucho cuidado, disponerlo para cortar las posturas para su venta en menudeo al público en las fiestas de las Vistillas y otras verbenas.
Las ventanas del patio de la casa de Antón donde estaban las fresqueras y la cuerda de tender daban a un taller mecánico, desconocido para Hacienda, donde había que entrar a la carrera para recoger las prendas que se caían de la cuerda correspondiente al entonces habitual sistema de secado ecológico por energía solar. Y había que hacerlo como un rayo para evitar a los perros que allí moraban y el mal humor de los mecánicos molestos por las interrupciones en su faena y la ruptura de su clandestinidad fiscal.
La paz del barrio sólo se turbó cuando la miseria física y el abandono familiar, quién lo juzga, llevó a doña Elisa a caerse o tirarse, nunca se supo, por el hueco de la escalera de su casa en la calle Antonio Leyva de Carabanchel. Ahí cerca estaba y sigue estando el local donde sirven los Minutejos, así llamados te explicaban verbalmente porque son trozos de orejas metidas en pan, regados antaño por una salsa naranja picante cuya receta otrora era tan enigmática como el hundimiento del Maine que dio origen a la agresión de Estados Unidos y la guerra de Cuba.
Todo ese mundo que sólo mora en nuestros recuerdos desenfocados está perdido hoy, un cosmos donde no había gitanas con teléfonos móviles superferolíticos ni mendigos en las esquinas que aceptan tarjetas de crédito o bizums para recibir limosnas.
Era un presente pasado inadecuado a la racionalidad ruinosa y rauda infectada hoy de tecnología donde no era artificial la inteligencia.