Composición de IA  sobre el texto

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Crónicas Castizas

No me gusta trabajar

Le habían engañado como los traficantes sarracenos de esclavos hicieron siglos antes con sus ancestros, cazándolos en el interior para venderlos en las costas, antepasados a los que seguro que tampoco les gustaba trabajar y menos sin ayudas ni perrito que les ladre excepto los bulldogs británicos, y escuchando el sonido del látigo al restallar sobre sus espaldas y órdenes imperiosas en inglés, holandés o francés. Unos no pagan y otros pegan

Camino de la Universidad para ganarme algo que meter dentro del pan, paso el otro día, hace poco, delante de la boca del metro de Moncloa, apenas a doscientos metros de mi indigente favorito, cuando escucho a un tipo de color, de color negro, alto y delgado pero no famélico, gritando con toda la fuerza de sus pulmones una y otra vez marcando las sílabas: «no- me- gusta tra-ba-jar» con expresión dolida e intensa. El numeroso público que pasaba a su lado algo contrito por el vocerío mañanero y también por el destino laboral al que se dirigían entrando en el metro o arremolinándose en las paradas de autobús que pueblan las aceras de la zona, parecía darle la razón aunque en silencio con gesto hosco, caray, a ellos tampoco les gusta trabajar, por eso sus patronos se ven obligados a pagarles todos los meses porque en otro caso, pásmense, no irían y se quedarían en su casa «jugando al juego que mejor juegan y que más les gusta». Nunca medró Max Weber y su ética luterana en los páramos de España.

A ese individuo, el de las voces, que no era un nativo de este continente indudablemente, escuchó a alguien interesado y movido por la avaricia y el beneficio propio le debía haber prometido con afán seductor, (por el interés te quiero, Andrés) que en España se atan a los perros con longanizas y el duro contraste con la realidad cotidiana hispana que se encontró aquí le provocó un acceso de ira que reclamaba una explicación pública que nadie deseaba ni ofrecía, pero al hombre le salía así. Después de haberse dejado los dineros escasos sin duda para el viaje con los traficantes de carne africana que se enriquecen con ello, cayó en manos de una organización no gubernamental, así definidas porque viven casi en exclusiva todas ellas de las subvenciones del Gobierno: ya sea ministerio, ayuntamiento o comunidad autónoma. Y en esa ONG, cualquiera de tantas, le habrían prometido el oro y al Mohamed VI para meterlo en sus estadísticas y añadirlo a la factura para el subsidio correspondiente de Pedro, Isabel o José Luis, que al final y al principio todo sale de los bolsillos paganos de los contribuyentes. Y visto el percal con respecto a lo que había soñado el inmigrante en base a esas informaciones y recortes de prensa que corren por África, pensó sagaz y con acierto que le habían engañado como los traficantes sarracenos de esclavos hicieron siglos antes con sus ancestros, cazándolos en el interior para venderlos en las costas, antepasados a los que seguro que tampoco les gustaba trabajar y menos sin ayudas ni perrito que les ladre excepto los bulldogs británicos, y escuchando el sonido del látigo al restallar sobre sus espaldas y órdenes imperiosas en inglés, holandés o francés. Unos no pagan y otros pegan.

Este africano de hoy al menos, sin las muñecas laceradas por las cadenas, se expresa con total libertad y en el idioma local.

Su frase era el inicio de una canción de un grupo que ensayaba en La Nave al lado del de mi hermano, se llamaban Montana , el grupo, y la letra decía: «No me gusta trabajar, levantarme a las siete para ir a currar, perder mi juventud y una miseria ganar» y concluía: «No me gusta trabajar».

Con el africano de Moncloa perdieron a un gran vocalista motivado, si no en armonía, sí en potencia de voz.

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