Gente comiendo tierra en Bolivia.

Gente malcomiendo en Bolivia.Made with Google AI

Crónicas castizas

Nancy: dos países y ciento cincuenta despedidas

Ninguno sabía que aquella mujer que les atendía había comido tierra de niña porque no tenía otra cosa. Que había soñado con ser médico. Que había cruzado un océano. Que hacía un gazpacho memorable cuando se equivocaba

Nancy, la mujer sin lamento

Nancy vino de Bolivia, aunque decir que vino de Bolivia es contar solo una parte del viaje. Hay personas que llegan de un país y otras que llegan de una vida entera.

La suya se precipitó cuesta arriba.

Quedó huérfana de madre siendo niña y el padre no mostró demasiado interés por una cuestión tan prosaica como dar de comer a sus hijos. A Nancy y a su hermano, cuando el hambre apretaba y protestaban por esa manía infantil de querer alimentarse todos los días, el padre les daba patadas. Era su cruel manera de zanjar la cuestión de la intendencia familiar.

A veces comían tierra. Así, sin metáfora. Tierra.

Hay infancias que dejan fotografías, juguetes guardados en una caja y el recuerdo de una madre llamando a cenar desde la cocina. La de Nancy dejó otras cosas: hambre, golpes y unas carencias que muchos años después pasarían factura a los huesos y a algunos órganos.

Lo extraordinario es que no consiguieron pasarle factura al carácter.

Nancy habla, ríe, pregunta, cuenta historias y tiene esa facilidad de algunas personas para convertir al desconocido en conocido y al conocido en amigo. Lleva la sangre india dibujada en la cara y unos apellidos españoles que recuerdan que la Historia hizo en América tantas cosas nobles que todavía anda explicándolas cinco siglos después.

Quiso estudiar Medicina. No pudo. Los sueños de los desheredados tienen una curiosa tendencia a resultar más extenuantes que los de los potentados.

Estudió para auxiliar de clínica y después hizo cursos y más cursos relacionados con la sanidad. No llegó a vestir la bata de médico que imaginó, pero la vida terminó colocándola al lado de quienes más necesitaban una mano. Y un oído.

Cuidó primero de dos enfermos desahuciados. Los acompañó hasta ese lugar donde la medicina ya no puede curar y solo queda cuidar. No es poca cosa. Hay quien sabe estar en las fiestas y quien sabe estar cuando termina la música. Nancy pertenece a los segundos.

Después comenzó a trabajar para una familia. Allí descubrió, entre otras cosas, que la cocina española admite discusiones teológicas. Un día preparó un gazpacho equivocándose en las proporciones. El error salió magnífico. Los varones de la casa recibieron el invento con entusiasmo. Las mujeres, gente más respetuosa con el canon, corrigieron a Nancy y devolvieron el gazpacho a sus proporciones tradicionales. Los hombres jamás se lo perdonaron. A las mujeres, se entiende.

Porque el gazpacho heterodoxo de Nancy había tenido su instante de gloria y, como tantas revoluciones prometedoras, murió aplastado por la restauración del antiguo régimen.

Con los niños ocurría algo parecido. La adoraban. Nancy participaba en sus juegos, se ponía a su altura y, sobre todo, tenía una cualidad que la infancia aprecia muchísimo y los manuales pedagógicos bastante menos: casi nunca los regañaba.

España se convertía así en algo más que el lugar al que había venido a trabajar.

Hasta que llegó el momento de hacerse española. Le entregaron un buen tocho para estudiar. Leyes, sistema político, geografía y todo aquello que se supone que una persona necesita conocer para demostrar que merece pertenecer a España. Nancy se lo leyó. Más bien se lo aprendió. Estudió con la seriedad del que sabe que un examen puede decidir una vida.

Y llegó el gran día. Entonces en el salón donde las convocaron se fue la luz. España posee esas delicadezas.

Según recuerda Nancy, esperaron hasta que finalmente les indicaron que jurasen bandera. Y allí juraron sin que nadie les preguntara nada de aquello que llevaban semanas estudiando.

Todavía no sabe si tuvo buena suerte o mala suerte. Tal vez fue simplemente su primera experiencia completamente española: prepararse concienzudamente para una cosa y que, cuando llegue el momento, ocurra otra.

Después vino la pandemia. Y la pandemia no tuvo ninguna gracia. Sus estudios se truncaron y, con ellos, se fueron también las ganas de retomarlos. Hay sueños que uno abandona y otros que simplemente se cansan de esperar.

Nancy continuó trabajando en el mundo sanitario.

Durante aquellos meses del Covid en los que España aprendió a contar muertos antes que desayunos, llegó a embolsar hasta 150 cadáveres en poco tiempo. Ciento cincuenta.

Conviene detenerse en la cifra porque detrás de cada bolsa había alguien. Una familia que no podía despedirse, una cama que quedaba vacía, un teléfono que sonaba en alguna casa.

Nancy estaba allí. Ha sido la última persona que han visto muchos españoles antes de morir.

Quizá ninguno conocía su historia. Ninguno sabía que aquella mujer que les atendía había comido tierra de niña porque no tenía otra cosa. Que había querido estudiar Medicina. Que había cruzado un océano. Que hacía un gazpacho memorable cuando se equivocaba con las proporciones. No hacía falta.

En esos momentos importan poco los títulos y bastante las manos.

Nancy también intentó casarse. Para ello regresó a Bolivia. Pero el pretendiente resultó tener más entusiasmo por el patrimonio que por el matrimonio. Cuando quedó claro que el novio sentía querencias más económicas que sentimentales, la historia se terminó. Nancy volvió a España. Las personas que quería estaban ya, en buena medida, a este lado del Atlántico.

Porque emigrar tiene esas cosas. Uno cree que cambia de país y termina repartiendo el corazón entre dos geografías. Cuando regresa a Bolivia todavía le esperan aviones, autobuses, coches y casi dos días de viaje para llegar a Cochabamba. América es enorme hasta para los americanos.

Ahora tiene otro proyecto.

Quiere traer a España a su sobrina, graduada en Derecho en Bolivia. No será sencillo. Las leyes, las homologaciones y la burocracia se interponen entre el título boliviano y su reconocimiento español. Nancy ya sabe que en este país las fronteras a veces están en los aeropuertos y otras detrás de una ventanilla. Pero insiste.

Siempre insiste.

Porque su historia podría contarse desde la desgracia y sería verdad. Podría escribirse desde la inmigración honrada y también sería verdad. Desde la pobreza, la sanidad, la pandemia o la soledad.

Pero probablemente todas esas versiones se quedarían cortas. Nancy es, sobre todo, una mujer que quiere a la gente. Habla mucho. Se ríe. Se interesa por los demás. Es leal. Los niños se encariñan con ella. Los enfermos confían en ella. Y cuando llega esa hora en la que ya no queda nada que decir, sabe quedarse. No consiguió ser médico.

Quizá porque la vida había decidido darle otra especialidad, una para la que no existen facultades ni diplomas colgados en la pared. Nancy aprendió a acompañar.

De niña no tuvo quien le pusiera un plato de comida delante.

Muchos años después, a miles de kilómetros de aquella tierra boliviana que tuvo que llevarse a la boca, ella ha procurado que otros seres humanos no estuvieran solos cuando les llegó el momento de dejarla.

Y eso tampoco viene en el tocho del examen para hacerse español. Pero debería.

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