Legionario en Montejaque
Crónicas castizas
La calle de la borla
Así que Ronda descubrió que el legionario, además de desfilar, correr, cantar y cargar la mochila en las marchas, también bebía cerveza, tomaba copas, invitaba a los amigos y acudía con disciplinada regularidad a la barra
Nuestra llegada a Ronda estuvo acompañada el primer día por protestas lejanas a prudente distancia mientras salíamos de la estación de ferrocarril para ocupar el Cuartel de la Concepción, después vendrían El Fuerte y Montejaque. Nos acompañaban de lejos unos cuantos mozalbetes con una pequeña pancarta. Al poco tiempo, como suele ocurrir en España cuando las convicciones se tropiezan con la caja registradora, bares, tascas, pubs y alguna que otra discoteca cambiaron radicalmente de opinión.
Aquellos legionarios que habían llegado entre recelos y murmuraciones resultaron ser también unos cuantos cientos de clientes nuevos, con buenos emolumentos, juventud en el cuerpo y escasísima vocación por el ahorro. Después de pagar lo debido y guardar lo imprescindible, todavía quedaban unas sobras salariales nada despreciables buscando acomodo. Y para darles destino siempre ha tenido este país establecimientos de reconocido prestigio.
Así que Ronda descubrió pronto que el legionario, además de desfilar, correr, cantar y cargar la mochila en las marchas, también bebía cerveza, tomaba copas, invitaba a los amigos y acudía con disciplinada regularidad a la barra y otros comercios para comprar betún, agujas e hilo y alguna plancha, que mamá no estaba en el cuartel.
El dinero empezó a circular al paso acelerado de la Legión.
Hasta el tontódromo del pueblo, esa calle principal por donde los jóvenes paseaban de arriba abajo y de abajo arriba poniendo mucho empeño en encontrarse con quienes sabían perfectamente que iban a encontrarse, sufrió su particular transformación castrense.
La Calle de la Bola comenzó a conocerse entre propios y ajenos como la calle de la borla. Y no era difícil averiguar el motivo.
La borla roja del chapiri, aquel curioso penacho que acompañaba nuestras cabezas legionarias, había conquistado la calle. Bastaba asomarse cualquier tarde para verla balancearse de un lado a otro mientras sus propietarios hacían lo mismo que generaciones de rondeños habían hecho antes que ellos: pasear sin ir realmente a ninguna parte.
La Legión empezaba a formar parte del paisaje.
Y como algunos legías siempre han tenido una imaginación que no figura en reglamento alguno, a alguien se le ocurrió una manera bastante original de dejar constancia de que aquel dinero que alegraba las cajas de los establecimientos tenía procedencia legionaria.
Comenzaron a aparecer billetes sellados con el emblema del Tercio: la pica, el arcabuz y la ballesta. Era nuestra particular manera de marcar territorio.
Los dineros cambiaban de mano, viajaban por las barras, pagaban cenas, cafés y copas y, al hacerlo, dejaban detrás aquel pequeño emblema que venía a decir: «Este dinero procede y pasó antes por el bolsillo de un legionario». Y pasaron muchas pesetas.
También ocurrieron otras cosas que no aparecen en las estadísticas económicas. Algunas mozas rondeñas se echaron novio: «Qué calvario, mi novio es legionario». Algunos legionarios perdieron definitivamente la intención de marcharse.
Y por unas cuantas doncellas, y por otras que acaso ya no lo eran tanto, terminaron sonando tarde o temprano las campanas de boda. Porque los ejércitos pueden llegar a las ciudades en tren, pero la verdadera integración comienza cuando empiezan a llegar al altar.
Hasta los amigos de lo ajeno, según se contaba entonces, tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. Pronto comprendieron que convenía extremar las precauciones en un pueblo donde empezaban a abundar unos individuos singularmente poco inclinados a contemplar impasibles ciertas fechorías.
Así, poco a poco, lo extraordinario se hizo cotidiano.
Pasaron los meses. Después los años.
Y aquella Legión cuya llegada había despertado suspicacias terminó convirtiéndose en parte de Ronda.
Hoy me cuentan que la Legión es ya una de las instituciones sentimentales de la ciudad, una de esas presencias que parecen haber estado siempre allí. Salvando todas las distancias, casi una seña de identidad más del paisaje rondeño, como su serranía, sus calles empinadas o ese Tajo formidable que parte la ciudad en dos y, paradójicamente, lleva siglos manteniéndola unida.
Quedaron lejos las pegas, los temores y las protestas que acompañaron nuestra llegada en tren. También aquellos primeros tiempos de convivencia, cuando todavía había que aprender mutuamente dónde terminaban las costumbres de unos y comenzaban las de los otros.
El tiempo hizo lo que suele hacer cuando se le deja trabajar. Convirtió a los recién llegados en vecinos. Y ocurrió algo todavía más definitivo.
Muchos de aquellos jóvenes legionarios se casaron en Ronda. Algunos formaron allí sus familias. Tuvieron hijos. Y aquellos hijos crecieron, fueron al colegio, estudiaron carreras, comenzaron a trabajar y se hicieron rondeños sin necesidad de preguntarse demasiado de dónde procedía su padre cuando llegó por primera vez a la estación.
Ahí es donde termina realmente cualquier discusión sobre integración. Porque llega un momento en que uno deja de saber si fue la Legión la que llegó a Ronda o Ronda la que acabó entrando en la Legión. Quizá ocurrieron las dos cosas. Ceuta estaba allí. Melilla estaba allí. Ambas en la Historia del Tercio. La Legión en la historia de ambas. Y con los años, casi sin darnos cuenta, Ronda encontró también su sitio en el mapa. Hoy pertenece a esa memoria verde. A ese territorio que no figura en los mapas militares y que, sin embargo, conoce perfectamente cualquier veterano legionario.
Porque hay acuartelamientos que se abandonan, destinos que terminan y órdenes que se olvidan. Pero existen lugares que, después de haberlos vivido, uno continúa llevando para siempre cosidos al uniforme de la memoria. Y Ronda, para muchos de nosotros, terminó siendo uno de ellos.