Personas bailando en la Ermita de la Virgen del Puerto, en Madrid
Cultura
El movimiento urbano de baile que congrega a cientos de personas en las calles de Madrid
Un grupo de amigos empezaría a bailar en las calles tras el confinamiento del COVID-19 y sin pensarlo crearían uno de los espacios de baile social más grandes que hay en Madrid
«Yo quiero hacer eso, no quiero pintar más», le dice Blanca, una niña de tres años, a su madre mientras iban saliendo del centro cultural. Ambas miraban a un grupo de chicas bailando a través de un cristal. Su madre sentía un ligero apretón de esa niña que sin ser consciente se iba acercando a ellas.
Blanca seguiría asistiendo al centro cultural. Eso sí, los pinceles los cambiaría por baletas y la pintura por ropa deportiva. El tiempo fue pasando. Ella iría creciendo. Rutinas de bailes clásicos, flamenco y bailes modernos conformarían en buena parte lo que sería ella. Aunque, con la llegada de la pandemia en 2020, tendría que dejar de bailar con sus compañeros por un período.
Con el tiempo, las personas volverían a salir a las calles tras el confinamiento. Muchos de ellos con ganas de sacudirse. Con la necesidad de recuperar todo el tiempo que estuvieron encerrados. «Nos reunimos un par de chicos con un altavoz muy pequeño a bailar en Retiro y poco a poco empezó a llegar gente», explicaba Marcos, uno de los líderes de la Asociación Callejeros Guaracheros.
«Los que bailamos en la calle»
Marcos junto a un grupo de amigos llegarían a Retiro. La intención era hacer lo que más les gustaba, bailar salsa. Aunque sin saberlo, terminarían creando uno de los espacios de baile social más grandes que hay en Madrid. Al verlos bailar, aquellos que pasaban se quedaban mirando. Muchos se unían. Se iban pasando la voz unos con otros hasta que decidieron crear un grupo de WhatsApp para facilitar la comunicación.
El espacio se estaba volviendo masivo. El volumen dejaba de ser suficiente para las personas que había, por lo que terminaron comprando otro altavoz. Para ese momento no tenían nombre, solo eran «los que bailamos en la calle». Después llegaría la Policía a sacarlos por el ruido que generaban. Pasaron por Embajadores, Matadero y Casa de Campo, este último donde asentarían su hogar.
Este grupo de personas encontraría su lugar en la Ermita de la Virgen del Puerto, cerca de la estación de Metro y Cercanías, Príncipe Pío. Ya con 26 años, Blanca asiste una vez por semana allí. «Nunca me había animado a hacer cosas en pareja ni bailes latinos. Empecé probando en clases y ya una vez que tuve un poco de base empecé a venir a los sociales».
Como muchos de los presentes, conocería el espacio vía redes sociales e influenciada por sus compañeros de aula: «en las clases siempre se habla, ¿no?, de dónde vas a bailar, dónde te gusta y así». Se podría decir que la vida de Blanca se ha basado en el baile. Bailes clásicos, flamenco, bailes modernos y ahora bailes latinos como la salsa y la bachata. Pero, independiente del género su manera de describir lo que más le gusta es: «el momento donde me siento libre».
La diversificación del espacio
En un inicio, en la Ermita el ritmo más común era la salsa y un poco de bachata. Aunque otros géneros irían ganando su espacio en el lugar. «Hay gente que le gusta otro tipo de música. Entonces, ellos mismos compraron sus propios altavoces e hicieron su propio grupo, se fueron dividiendo», explica Marcos.
Incluso, se generarían diferentes conjuntos centrados en diversos estilos de un mismo género. «Hay salsa cubana, salsa en línea y otros tipos de música. También compraron altavoces y se fueron dividiendo porque no les gustaba tanto un tipo de salsa y se fueron creando grupos para el domingo, para el jueves, miércoles».
Personas bailando en la Ermita de la Virgen del Puerto, en Madrid
En realidad, todas las tardes-noches hay personas bailando en la Ermita. Asimismo, se pueden encontrar géneros como el ‘swing’ y la ‘kizomba’. Eso sí, los reyes del sitio siguen siendo la salsa y la bachata. Donde se reúnen todo tipo de públicos, desde jóvenes hasta personas mayores, españoles y extranjeros, hombres y mujeres e incluso niños.
Intercambio cultural
Jefferson es uno de los que no puede faltar los viernes y domingos a la cita. «Inicié en el baile a muy temprana edad en mi país, mi padre me incentivaba mucho desde muy temprano». Él tiene 48 años, es ecuatoriano de nacimiento, hace 28 años llegó al país, lleva radicado 18 y ya cuenta con nacionalidad española.
En su caso conoció la Ermita por su grupo de amigos. «Mira, Gustavo, vámonos para la Ermita que hay un baile al aire libre», le decían. En su caso, el género no ha sido un problema: «sea tecno, jazz, rap, salsa, o cumbia. De todo bailo, me defiendo de todo un poco». Al final, para él estar allí es algo fuera de lo común: «este lugar es muy distinto, muy esplendoroso, muy suyo».
Personas bailando en la Ermita de la Virgen del Puerto, en Madrid
Mientras tanto, otras personas suelen llegar a la Ermita para desestresarse después de una extensa jornada. Este es el caso de Anabel: «el baile para mí es desconexión y disfrute. Algo que siempre apetece, incluso después de una semana larga o un día duro en el trabajo». Ella es madrileña y hace relativamente poco se adentró en el baile y se enamoró de los ritmos latinos.
«Llevo toda la vida viviendo en Madrid, y paseando por Madrid Río, y hasta este año no había conocido el espacio de baile de la Ermita», comenta Anabel. Ella enfatiza que «es un ejemplo perfecto de la versatilidad y las oportunidades que ofrece la ciudad. Aun siendo madrileña, la ciudad nunca deja de sorprender». Así como destaca el valor de que las actividades sean gratuitas: «en una ciudad donde se cobra por todo, espacios como la Ermita son reivindicativos en este sentido».
Todos los días, alrededor de las 19:00 y 20:00 horas, cientos de personas se reúnen para bailar hasta un poco más de la medianoche. El espacio estelar es el ‘social’ de los domingos, donde se puede ver mayor afluencia de público con música salsera de un lado y bachata del otro. Aunque, en cada día de la semana hay diferentes bailes sociales gratuitos y clases a cambio de una pequeña contribución voluntaria.