Saint-Cirq-Lapopie cerca de Cahors, uno de los más bellos pueblos de FranciaGetty Images/iStockphoto

El primer 'pueblo favorito de Francia', una maravilla medieval que sedujo a André Breton y a todo el país

Ubicado a poco más de tres horas de la frontera de España, este precioso pueblo fue el ganador indiscutible cuando los franceses eligieron por primera vez su «pueblo favorito»

No es solo una etiqueta turística; es todo un veredicto nacional. En 2012, cuando Francia buscó entre sus miles de comunas para elegir su primer «pueblo favorito», el ganador indiscutible fue Saint-Cirq-Lapopie. Encaramado a un acantilado de 100 metros sobre el río Lot, este enclave de la región de Occitania es, para los propios franceses, el estándar de oro de la belleza medieval.

El escritor André Breton, padre del Surrealismo, describió al pueblo como «una rosa imposible en la noche»

La silueta de Saint-Cirq-Lapopie parece un desafío a la gravedad. Sus casas de piedra marrón y tejados de fuerte pendiente se amontonan en una cascada arquitectónica que culmina en las ruinas de su fortaleza. Al recorrer sus calles, el viajero entiende por qué batió a todos sus rivales: aquí no hay cables a la vista, ni asfalto que rompa el hechizo.

Conjunto histórico

Casas medievales en Saint-Cirq-LapopieGetty Images

Lo primero que llama la atención de este pueblo es su estado de conservación. Pasear por sus calles empinadas es entrar en un conjunto histórico coherente, sin grandes estridencias modernas. A cada paso aparecen fachadas de los siglos XIII al XVI, entramados de madera, portales de piedra y ventanas geminadas que hablan de la prosperidad de la villa. Durante la Edad Media fue un centro destacado de artesanos, especialmente ligados a la madera, y esa tradición se percibe hoy en talleres y pequeñas tiendas donde todavía se trabajan piezas y se mantienen técnicas antiguas, más allá del souvenir rápido.

Y André Breton dejó de buscar

Turista en Saint-Cirq-LapopieGetty Images

El magnetismo del pueblo es tal que sedujo al padre del Surrealismo, André Breton, que describió al pueblo como «una rosa imposible en la noche». El escritor quedó tan impactado al llegar que compró una casa y sentenció una de las frases más famosas de la región: «He dejado de desear estar en otra parte». No es extraño; la luz que baña el valle del Lot al atardecer, reflejándose en la piedra caliza del acantilado, crea una atmósfera onírica que sigue atrayendo hoy a pintores y escritores de todo el mundo. Y eso se refleja en las galerías, estudios de artistas, pequeñas librerías y el ambiente bohemio que aparece en el pueblo sobre todo cuando cae la tarde y se reduce el número de visitantes.

Entre el cielo y el agua

El pueblo vive suspendido sobre el río LotGetty Images/iStockphoto

La visita a Saint-Cirq-Lapopie se vive en dos niveles. Hay un arriba del todo obligatorio: la subida hasta la Roca de la Lapopie, donde queda la iglesia fortificada y las ruinas del antiguo castillo y los restos del sistema defensivo. No es una caminata larga, pero sí con pendiente, y conviene hacerla cuando el sol no aprieta. Desde allí se ve el meandro del Lot, las laderas boscosas y el paisaje del Parque Natural de las Causses du Quercy: una panorámica amplia, limpia, de las que justifican el viaje incluso si ya vienes curtido en pueblos bonitos franceses.

Paseos y gastronomía

Puerta medieval de acceso al puebloGetty Images

En la parte baja, a orillas del río, se encuentra el Camino de Sirga (Chemin de Halage). Es un sendero espectacular tallado directamente en la roca del acantilado en 1845, por donde antiguamente los caballos tiraban de las barcazas de comercio. Caminar por este túnel abierto al río es, sin duda, una de las experiencias senderistas más singulares de Europa.

Calle de Saint-Cirq-LapopieGetty Images

Para completar el día, lo lógico es comer y beber como manda la zona. A pocos kilómetros estás en territorio de Cahors, así que una copa de su tinto potente encaja perfectamente con la cocina local: productos de pato (confit, magret, foie), quesos y platos de fondo rural. Un buen colofón a la visita al que será, para siempre, el primer pueblo favorito de Francia.